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POLÍTICA

Repercusiones del banderazo en contra de las decisiones gubernamentales

Reflexiones de un ciudadano común. Quien quiera oír que oiga.

(Por Ricardo Mena-Martínez Castro).- La mitad del país estuvo en vilo ante la multitudinaria convocatoria realizada a lo largo y a lo ancho del territorio nacional, en cada ciudad, en cada municipio y hasta en los más pequeños poblados de esta Argentina que parece desperezarse de un letargo infundido por la prepotencia de la cúpula gubernamental. El banderazo del 17 de agosto fue una masiva reacción largamente incubada por este sector de la población que constituye nada menos que un 41% de los votantes de las últimas elecciones y que, en esta oportunidad, una vez despierto, quiere hacer escuchar su voz en sus más disímiles facetas y manifestaciones.

El ciudadano común se pregunta si, después de esta demostración de supino descontento, el binomio de los Fernández, como así también de la pléyade de interesados y ciegos seguidores, escucharán el clamor de una ciudadanía que solo quiere justicia, paz y trabajo, lejos de las componendas a las que el kirchnerismo nos tiene acostumbrado.

Se podían ver en la multitud de documentos fotográficos las consignas que estaban solicitando en una marcha pacífica, donde no se veían policías, tropas de asalto ni consignas políticas. Tampoco colectivos estacionados, humareda de choripanes y belicosos integrantes. Era solamente la manifestación de un profundo rechazo a la conducción política de este Gobierno bifronte o, al menos, lo que hasta hace poco parecía. Hoy solo hay una única cabeza, mimetizada pero cada vez más visible entre los meandros inciertos de la política. Alberto a la presidencia y Cristina al poder. Esta parodia ya la hemos visto.

Se hace difícil comprender cómo las irregularidades manifiestas en distintos actos maquiavélicos de corrupción no parecen hacer mella en el otro 50% de los votantes, aunque hoy, si se hiciera una compulsa electoral, seguramente, los números variarían grandemente a favor de los descontentos. Las consignas de las pancartas y de los banderines hacían referencia a la fementida inocencia pregonada por la actual vicepresidenta. Se la veía ataviada simbólicamente con el traje a rayas y con la inscripción de 678.

Esta manifestación, seguramente, también servirá dentro de la coalición opositora para acomodar las cargas entre quienes pusieron la cara y el cuerpo para el rechazo. Seguramente, hubo dentro de los miembros de la oposición quienes no se atrevieron a poner el pecho a las balas (valga la metáfora) ante el avance sin tregua del oficialismo cristinista que, con decididas actitudes, “va por todo”, como ellos mismos dicen.

No olvidemos las asonadas prepotentes de la delincuencia gremial que, sin arredrarse, continúa impertérrita su marcha en consecución de la impunidad. La ciudadanía está harta de ello, más cuando los índices de pobreza debido a un desgobierno sin plan, ayudado por un mal manejo de la cuarentena, nos pone como argentinos al borde mismo del abismo.

La marcha por la dignidad, el respeto a las instituciones, el desacuerdo con los presos en las calles, el manejo espurio entre las sombras dejó pasmados a los jerarcas de la dirigencia del abuso y la depredación. El Gobierno quedó con la guardia baja y no tuvo más remedio que contestar que la misma era el resultado de una irresponsabilidad supina sin temor a las consecuencias. El ciudadano común, aun los mismos que votaron tanto a Massa como a los Fernández, se sienten defraudados en sus más íntimas esperanzas. Como telón de fondo, se encuentra la más ignominiosa arremetida contra la Corte y la reforma judicial.

Dentro de las repercusiones, se encuentra también el ridículo pedido de perdón de Santiago Cafiero a los médicos que nos protegen de la pandemia y el valiente y atinado acto de colocar una bandera sobre el balcón esquina donde vive Cristina, bóveda muda de los bolsos repletos de dólares. La bandera decía: “República Argentina Democrática”.

Dentro de las reflexiones, también la ciudadanía asiste estupefacta al desatinado comentario de Ricardo Alfonsín, que pareciera no haber entendido el ejemplar derrotero de su padre.  También Luis Brandoni se expresó de esta manera: «Hay varios reclamos, pero la preocupación es conservar la república y la democracia». Lo hacía con la voz quebrada por la emoción patriótica.

En definitiva, hoy la calle no solamente es del patoterismo sindical, sino de la clase media, otrora pujante nervio del progreso del país, que ha perdido el miedo y se moviliza motorizada por la angustia. Quién iba a pensar que los estratos inferiores de esta porción de la patria tengan que concurrir a los merenderos para satisfacer sus necesidades básicas. Esto es vergüenza nacional, más porque se produce en un país capacitado para alimentar a una considerable parte del mundo. La angustia de los sectores más desprotegidos llegó hasta las mismas puertas de la residencia presidencial en Olivos. Las cachetadas las recibió el presidente en ejercicio, mientras que la gran titiritera se refugiaba en las sombras, alimentando su rencor y sed de venganza. Ya decía un expresidente uruguayo en off the record que “era más difícil tratar con ella que con el tuerto” (sic).

De todos los reclamos que se le efectúan a la conducción de los Fernández, uno que no es menos importante que los otros es, como decíamos anteriormente, la Justicia, con la persecución de jueces y fiscales no adictos, los temas de Lázaro Báez, Cristóbal López, Amado Boudu, junto con el repugnante patoterismo del clan Moyano y la ya expresada ampliación de la Corte, que quizá debió hacerse en otro tiempo y con otras cláusulas que impidan la corrupción.  

Una fotografía vale más que cien palabras y en miles de documentos fotográficos vemos cómo el pueblo, sin choripanes y sin miedo, sale a la calle otrora de la patota y hoy, de los ciudadanos que no quieren más imposiciones de la gran titiritera. Terminamos esta breve reflexión, la de miles de ciudadanos comunes, que aspiran a no consolidar directa o indirectamente el actual orden de las cosas.

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