Conecta con nosotros

Hola, ¿Qué estás pensando?

El Intransigente
Jorge Luis Borges

SOCIEDAD

Retrato intelectual de un grande de las letras del mundo: Jorge Luis Borges

Hablar de él es adentrarnos en el vórtice mismo de la gran literatura de habla española del siglo XX. Nació en la Ciudad de Buenos Aires en el año 1899 un 24 de agosto y falleció en Ginebra en el año 1986.

(Por Ricardo Mena-Martínez Castro).- El talento desbordante de Jorge Luis Borges le permitió el cultivo y la creación de varios géneros, que fusionaba con premeditación. La literatura del mundo le venera y admira a pesar de no haber obtenido el premio mayor o sea el Nobel, por razones no literarias y presuntamente acomodaticias, plenas de pecado original. No obstante, es considerado mundialmente como si lo hubiera recibido, tal es la excepcionalidad con la que es considerado que el Nobel, casi podríamos decir, es una cuestión menor en su trayectoria.

Son notables sus ficciones que transitan la intimidad de la condición humana, donde el equilibrio de sus argumentos extraordinariamente construidos aparecen en una prosa cargada de sentido. Su brillantez le hacía apelar a invenciones o quizá tergiversaciones que llevaban su ficción a una jerarquía de fantasía filosófica.

Es notable la recurrencia, quizá obsesiva, del tiempo, ya sea circular, ilusorio o tal vez inconcebible. También, de los espejos, los libros imaginarios y los laberintos. La fantasía de sus ficciones se vincula con alguna representación que, en definitiva, significa otra, en una imaginación razonada que acaricia lo metafísico. Sus libros más leídos fueron Ficciones, El Aleph y El Hacedor, escritos en los años 1944, 1949 y 1960, respectivamente, y constituyen tres colecciones de relatos imperdibles.

Su familia

Escarbando en su composición familiar, sabemos que provenía de una familia que había contribuido a la independencia de este país, pues un antepasado suyo, el coronel Isidro Suárez, condujo sus tropas hacia la victoria en la batalla de Junín. Fue su abuelo el coronel Francisco Borges y, rompiendo la tradición militar, su padre, Jorge Borges Haslam, trabajó como profesor de psicología e inglés. Compuso su familia con Leonor Acevedo Suárez.

El matrimonio se trasladó al barrio de Palermo y fructificó en dos hijos, Jorge Luis y Norah. Su abuela Fanny Haslam le enseño inglés. Jorge Luis jamás se olvidó de aquella infancia feliz, y esos recuerdos le acompañaron durante toda la vida.

Comenzó a escribir desde muy temprano y a los seis años, tomando como referencia un pasaje del Quijote de la Mancha, redactó su primera fabula a la que tituló La visera fatal. Cuando contaba apenas diez años, tradujo la obra de Oscar Wilde El príncipe feliz. Su padre peregrinó por diferentes lugares, como Milán y Venecia, hasta radicarse en París. Su vocación de lector le impulsó a leer apasionadamente a Voltaire, Victor Hugo, Baudelaire y Mallamé, entre otros. En sus lecturas, descubrió el expresionismo alemán y procedió de inmediato a aprender el idioma traduciendo la novela El golem, de Gustav Meyrink

Tampoco descuidó la lectura de grandes escritores de la lengua española, como Evaristo Carriego, Lugones y José Hernández, entre otros. Existen unos versos nunca publicados donde exaltaba la revolución soviética y que titulara Salmos rojos. Fue amigo de notables escritores españoles como del Valle Inclán Juan Ramón Jiménez y Ortega y Gasset.

Estando ya en Buenos Aires, junto con otros jóvenes intelectuales, fundó las revista Prismas y Proa, y procedió a fundar el primero de los manifiestos ultraístas argentinos. Como sabemos, el ultraísmo es un movimiento poético que aglutinó a poetas españoles e hispanoamericanos que propendían a una renovación radical de la poesía, tanto en espíritu como en la técnica. Sus libros de poesía son Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente, Cuaderno San Martín, Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza y El idioma de los argentinos, entre otros.

En el país fue amigo de grandes escritores como las hermanas Victoria y Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares y otros no menos notables. Al fallecer su padre, trabajó como bibliotecario en Buenos Aires. Ese año sufre debido a su falta de visión un grave accidente que casi lo conduce a la muerte. Junto con Silvina Ocampo y Bioy Casares, publica una Antología de la literatura fantástica y Antología poética argentina. Con el seudónimo de H. Bustos Domecq, publican él y Bioy cuentos policiales con el título de Seis problemas para Isidro Parodi. Borges sigue publicando numerosos títulos, para luego acceder a la eminencia de maestro internacional en su ya consagrada madurez erudita.

Completó su situación familiar al casarse por poder en segundas nupcias con María Kodama, también escritora.

Un relato corto de Borges

El libro de arena

Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.

Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.

Jorge Luis Borges

El libro de arena, un relato corto de Borges

La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes… No, decididamente no es éste, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.

Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.

Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.

-Vendo biblias -me dijo.

No sin pedantería le contesté:

-En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.

Al cabo de un silencio me contestó:

-No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.

Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.

-Será del siglo diecinueve -observé.

-No sé. No lo he sabido nunca -fue la respuesta.

Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.

Fue entonces que el desconocido me dijo:

-Mírela bien. Ya no la verá nunca más.

Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.

Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí.

En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:

-Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?

-No -me replicó.

Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:

-Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen principio ni fin.

Me pidió que buscara la primera hoja.

Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.

-Ahora busque el final.

También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:

-Esto no puede ser.

Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:

-No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita aceptan cualquier número.

Después, como si pensara en voz alta:

-Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.

Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:

– ¿Usted es religioso, sin duda?

-Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.

Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.

-Y de Robbie Burns -corrigió.

Mientras hablábamos, yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:

– ¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico?

-No. Se le ofrezco a usted -me replicó, y fijó una suma elevada.

Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.

-Le propongo un canje -le dije-. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.

-A black letter Wiclif! -murmuró.

Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.

-Trato hecho -me dijo.

Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.

Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.

Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descalabrados de Las mil y una noches.

Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. En ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.

No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía.

Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.

Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.

Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.

Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.

Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.

El Intrasigente, República Argentina © Copyright 2020 // Todos los derechos reservados