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Domingo Faustino Sarmiento

SOCIEDAD

Domingo Faustino Sarmiento: escritor, maestro, político, periodista, presidente de la República

Nació en la provincia de San Juan el 15 de febrero de 1811 y falleció el 11 de setiembre de 1888, motivo por el cual se conmemora en este día el Día del Maestro.

(Por Ricardo Mena-Martínez Castro).- El gran maestro Domingo Faustino Sarmiento nació en la provincia de San Juan el 15 de febrero de 1811 y falleció el 11 de setiembre de 1888, motivo por el cual se conmemora en este día el Día del Maestro. Llegó al mundo bajo el nombre de Faustino Valentín Quiroga Sarmiento. El nombre de Domingo fue impuesto en la pila bautismal por su madre, doña Paula Albarracín, devota del Santo homónimo. Su padre, don Clemente Sarmiento, fue un ex soldado del Ejército de los Andes y Chacabuco. Aquí debemos consignar que el apellido de su progenitor era simplemente Quiroga Sarmiento, pero, por esas circunstancias de la vida y de las genealogías, el apellido Sarmiento se extinguía por varonía en su padre, de modo que decidió cambiarlo a fin de dar continuidad a la estirpe Sarmiento.

Nació solamente nueve meses después de la Revolución de Mayo y era frecuente oírlo decir que en su fecundación figuraba también el estremecimiento ciudadano del 25 de Mayo. Otra anécdota interesante contada por él mismo decía que prácticamente nació sobre el caballo. Su madre, estando en un estado de gravidez avanzado, al ser invitada por una amiga a una quinta vecina, comenzó a experimentar los dolores de parto y no más al llegar a su destino y al sentarse al borde de la cama, sin esperar a la comadrona, dio a luz. Se jactaba siempre de haber nacido sobre el caballo.

Se ha difundido hasta el cansancio pormenores de su vida, pero consignamos aquí que su padre, Don Clemente, lo instruyó en los deslumbrantes acontecimientos de la epopeya sanmartiniana, mientras su madre se ocupaba sin desmayos de su telar como manera de ayudar a la subsistencia del hogar. Era tal la vocación de Domigo Faustino por aprender que su preclara inteligencia lo llevaba a devorar cuanto libro se encontrara en su presencia. Los libros, como siempre ocurre, sembraron la semilla de su vasta cultura. Él mismo decía: “No supe nunca hacer bailar un trompo, rebotar una pelota, como tampoco encumbrar una cometa”.

Él mismo trazó su biografía con breves palabras: “Partiendo de las faldas de los Andes nevados, he recorrido la tierra y remontado todas las pequeñas eminencias de mi patria. Hice la guerra a la barbarie y a los caudillos en nombre de ideas sanas y realizables, y llamado a ejecutar mi programa. Si bien todas las promesas no fueron cumplidas, avancé sobre todo lo conocido hasta aquí en esta parte de América”.

“He recorrido todo lo que hay de civilizado en la tierra y toda la escala de los honores humanos, en la modesta proporción de mi país y de mi tiempo; he sido favorecido con la estimación de muchos de los grandes hombres de la tierra; he escrito algo bueno entre mucho indiferente; y sin fortuna que nunca codicié porque era bagaje muy pesado para la incesante pugna, espero una buena muerte corporal. Deseé dejar por herencia tranquilizado nuestro país, asegurando las instituciones y surcado de vías férreas el territorio, cubierto de vapores los ríos, para que todos participen del festín de la vida, del que yo sólo gocé a hurtadillas”, relató.  

Fue un hombre de romances apasionados, como correspondía a su temperamento volcánico. Buscó vertiginosamente amores clandestinos, pero pareció serenarse al conocer a su último amor y compañera en la vida, doña Aurelia Vélez Sarsfield, hija de don Dalmacio Vélez Sarsfield, autor del Código Civil.

Mucho es lo que se ha escrito acerca de la vida del gran Sarmiento, pero decimos que, en el mes de mayo de 1888, partió con destino al Paraguay acompañado de su hija Faustina y su nieta María Luisa. El 5 de setiembre comenzó a sentirse mal y en estos momentos decía: “Siento que ya que el frío del bronce invade mis pies”. Sentado en un sillón que la posteridad se ocupó de reproducir con el cuerpo del prócer descansando en él hasta su último aliento, respiraba con dificultad y era veloz el progreso de su enfermedad. Una junta médica de 10 integrantes, diagnosticó una lesión orgánica del corazón y, aproximadamente a las once de la noche, pidió que lo trasladaran a la cama.

En 11 de septiembre de 1888, dirigiéndose a su nieto Julio Belín, dijo: “Ponme en el sillón para ver el amanecer”. Quería ver su última madrugada y acaso sentir sobre sus mejillas la caricia verde de la selva paraguaya. Intentó con ansiedad beberla, pero su corazón de gran hombre cesó de latir. Respetando su deseo, su cadáver fue envuelto en las cuatro banderas de los países que sirvió: Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay. 

Biógrafos y críticos han hecho prolijas disecciones de su obra: impregnadas de cariño unas, como la de Belín Sarmiento, y otras, con filoso escalpelo como la de Octavio Bunge. Pero lo cierto es que nadie puede olvidar sus extraordinarios valores, puestos de manifiesto en sus monumentales obras, entre las que se mencionan “El Facundo” y la importante polémica con otro grande como Juan Bautista Alberdi en “Las ciento y una” o “Cartas Quillotanas”.

Hoy lo recordamos como el gran Maestro, el docente por antonomasia. Fue indiscutiblemente un inefable resplandor celeste y blanco en los cielos de la patria. Ojalá su espíritu de progreso pueda asentarse en las mentes obnubiladas de algunos políticos febles que conducen este alicaído país. 

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