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El Intransigente
Mami chichi día de la madre

SOCIEDAD

Tercer domingo de octubre: día de la madre

El tercer domingo de octubre celebramos un día inolvidable para el recuerdo, que perdurará Dios mediante hasta la consumación de los siglos.

(Por R. Federico Mena-Martínez Castro).- En el día de la madre: no hay sentimiento en el hombre más fuerte que el amor de una madre, el más sublime y santo de los seres que fuera instituido por primera vez en la ciudad de Nueva Orleáns en los Estados Unidos de Norteamérica. Domingo Faustino Sarmiento, aquél del aspecto tan adusto, desnudaba y ablandaba su corazón al hablar de su madre. En una parte de su libro “Recuerdos de Provincia” decía: “Siento una opresión al estampar los hechos de los cuales voy a ocuparme». 

“La madre es para el hombre la personificación de la Providencia, es la tierra viviente que se adhiere al corazón como las raíces al suelo. Todos los que escriben acerca de su familia hablan de su madre con ternura”. “La mía, Dios lo sabe, es digna de los honores de la apoteosis, y no hubiera escrito estas páginas si no me diese para ello aliento, el deseo de hacer en los últimos años de su trabajada vida, esta vindicación contra las injusticias de la suerte… ¡Pobre mi madre!”.

“… ¡A los setenta y seis años mi madre ha cruzado la cordillera de los Andes para despedirse de su hijo antes de descender a la tumba! Esto sólo bastaría a dar una idea de la energía moral de su carácter”.

 María Elena Walsh cantaba con su voz de melodía, como si fuera un réquiem, a su madre: “Aquí yace una pobre mujer/ que se murió de cansada. / En su vida no pudo tener jamás las manos cruzadas”.  “No lloréis a esta pobre mujer/ porque se encamina/ a un hogar donde no hay que barrer, / donde no hay cocina. / Aleluya esta pobre mujer/ bienaventurada, / ya no tiene más nada que hacer/ y ya no hace nada”, finalizaba la canción grabada en el disco Como la cigarra, de 1973.

Para quienes tienen la suprema bendición de tenerla, es preciso recordar hasta el cansancio, esa mirada fuertemente humana con que una madre mira a sus hijos vigilando atentamente el desarrollo sano de su sangre. Esa mirada se extiende a muchas vidas, o quizá al cansancio de muchas noches en duermevelas angustiosas en pro de sus hogares.

Madrese asocia indefectiblemente a la caridad puesta de manifiesto en cada uno de sus actos, donde se refleja quizá la imaginaria circunstancia en que un niño pobre de los tantos que hoy más que nunca siembran las villas de emergencia, acaso enfermizo él, y doblado por penas inciertas e injustas de la cual es inocente, es socorrido por una madre sufrida que aprieta al hijo en la desolación de sus senos venerables.

Madre, cuyos ojos acaso vertieron lágrimas aún insuficientes para lavar la conciencia de los que mandan. 

En un largo peregrinar por esta patria del desconsuelo, he visto a ese niño infeliz para quien la vida acaso carezca de primavera. También he contemplado en el vórtice de los variados barrios pobres de mi patria, niños desheredados y humildes donde la madre los contempla impotente, con los ojos absortos de estupor, y donde esa mirada acaso tenga  más preguntas que respuestas.

Recuerdo con insistencia hoy a las madres del dolor y la injusticia, cuyos ojos agonizan en sus cuencas y las ojeras que la consumen languidecen como si fueran un largo epitafio presagiado. 

Vi también en la otra orilla de las circunstancias, madres vigilantes donde ella misma es una infinita corriente de amor, y su mirada trasunta maravillosas fulguraciones, donde la caridad pareciera haberse complacido en esculpirlas. Son madres que haciendo honor a la palabra, van directo a remediar las llagas, para convertir el infortunio en misericordia dentro de una escala perpetua de altas vibraciones, erradicando así las amarguras de este mundo.

Un niño sin madre, abandonado en la vida, es como una rosa sin perfume, sin el arrullo placentero de una caricia, entonces ese niño soñará una madre con las pupilas rebosantes de perplejidad.  En este día no puedo dejar de pensar en la mía y en los años de felicidad que a cada instante me diera a raudales.

Para ella, la caridad era no sólo un sentimiento, sino también un arte, quizá una ciencia, ejercitada por ella con tesonera nobleza en los puestos que le tocara ejercer. Lo hacía con la obstinación de quién cumple un mandato y, acaso así lo fuera, donde los dedos del Dios de los hombres la impulsaran a mitigar los dolores del alma. Su exquisita manera de ser, no era un cliché más con el que se adorna una determinada personalidad, era en verdad una contundente realidad, puesta de manifiesto en la multitud de amistades que supo cosechar.

Era la justa combinación de los tiempos que ya fueron y a la vez el prólogo de los que vendrán. Pienso también en mis cavilaciones, que Dios no puso en vano rayos de piedad dentro de su alma, pues brindaba corrientes de amor a sus hijos y a todos aquellos que necesitaran de su auxilio. En ella galopaban cual caballos desbocados todas las armonías del mundo, ausentes de cobardías cotidianas, para abrir las puertas a una feliz beneficencia.

Hoy mantengo con ella un diálogo imaginario, porque sé que me escucha, diciéndome como tantas veces: 

“¿Quieres que te adivine lo que sientes?!

“Ven para aquí pilluelo que, con un par de besos en la frente disiparé las nubes de tu cielo”. 

Al repetirme los versos de Olegario Víctor Andrade siempre renacía la calma ante las inconsistentes turbulencias de la niñez.

Los tiempos de bruma no pueden hacerme olvidar cuando le decía: 

«Te veo Madre, /engalanando aquél verano/, azul de lejanías/, neblinoso y ciego/ con que el olvido muerde con dentelladas de tiempo/, el cuerpo grácil / de algún recuerdo querido…».

Miro hacia el pasado desde este presente, y el cristal de una lágrima impiadosa resbala mi mejilla junto al eco dispersado de mis cosas.

Vaya mi homenaje como una peregrina constelación, en esta hora precisa, hacia las Mater que transitan su día habitando el labio de sus hijos que le aman con devoción.

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