El duro camino que transitó Héctor Herrera para convertirse en futbolista

Fuente: Twitter Atlético Madrid.

El flamante refuerzo del Atlético Madrid dio detalles de sus inicios en la disciplina.
<a href="https://elintransigente.com/deportes/2019/07/14/el-duro-camino-que-transito-hector-herrera-para-convertirse-en-futbolista-profesional/" rel="bookmark"><time class="entry-date published" datetime="2019-07-14T10:44:24-03:00">julio 14, 2019</time><time class="updated" datetime="2019-07-14T10:45:45-03:00">julio 14, 2019</time></a>

Antes de iniciar su carrera como futbolista profesional, Héctor Herrera tuvo que afrontar situaciones muy complicadas a lo largo de su vida. En una larga entrevista con el periódico AS de España, el nuevo refuerzo del Atlético Madrid dio a conocer algunos detalles de sus inicios en la disciplina.

“Yo nací en Tijuana pero siempre viví en Rosarito. La calle Ébano es donde vive mi abuela, donde pasé mi infancia. La playa está a cinco cuadras y me gusta. El surf, el agua, la pesca, que a mi padre le encanta. ¿Por qué el fútbol? Mi familia era muy futbolera. A mi papá le encantaba jugar. No profesional, pero en el barrio jugó muchísimo. Desde que tengo uso de razón me recuerdo jugando. Los campos eran todos de tierra. Con piedras y arbustos. Donde yo vivía había alguna que otra cancha de cemento, de las que ponía el Gobierno, pero era más divertido jugar en las de tierra. Te podías tirar, no pasaba nada, ja”, comenzó explicando el protagonista.

En esos momentos, al mediocampista nunca se le cruzó por la cabeza emigrar a Europa. “Lo veía lejísimos. No sé si a esa edad sabía ni que existía. A lo mejor, cuando estudiabas en la escuela, te nombraban Europa y pensabas: ‘Eso debe ser muy lejos’. Futbolísticamente no tenía ni idea que existiría o que yo podía llegar hasta aquí”, confesó.

Posteriormente, el mexicano recordó sus primeros pasos por el Pachuca. “El club tiene muchos centros de formación por toda la república mexicana. En Rosarito había uno. Yo jugaba en contra con el equipo Rosarito, el tradicional de allí, donde jugó mi papá, mi tío, quien me llevó. Pero el profesor del centro de formación siempre me estaba llamando para jugar con ellos y poder tener una oportunidad en el fútbol profesional. Cuando decidí irme ya me habían visto, me habían probado”, manifestó.

Por eso es que, a la corta edad de catorce años, Héctor se mudó a México DF, muy lejos de su hogar. “Eso pasó tras pasar un tiempo en el centro de formación. Fue una decisión difícil, pero lo tenía clarísimo. Me acuerdo cuando lo hablé con mi padre, mi madre, de la oportunidad que tenía, de poder salir. Ellos no querían. De la Ciudad de México a Tijuana son tres horas de avión. Que pudieran venir a verme era complicado económicamente”, aseguró.

Sin embargo, ni bien arribó a los Tuzos, fue cedido al Atlante, donde no disfrutó para nada: “Lo pasé fatal. Aunque a esa edad todo lo pasas bien por más que haya dificultades, que había, el club no nos ayudaba nada y estuve prácticamente seis meses solo. Jugaba con botines rotos, a veces sin tres comidas al día. Y dormíamos tres o cuatro en cada colchón. Éramos muchísimos los que no éramos de la Ciudad de México y la casa club era pequeña, con mucho frío. Pero sabía que tenía que pasar esas dificultades para después merecer los frutos. Hoy, todo eso que pasé, me ha valido muchísimo para ser lo que soy: una persona fuerte y consciente de que las cosas no son nada fáciles”.

No obstante, pese a que en muchas oportunidades pensó en retirarse, el esfuerzo surtió efecto y alcanzó su objetivo: consolidarse como futbolista profesional. “Pasé por la Cuarta, por la Tercera y por la Segunda de México. Después de estar cedido en varios clubes, al final volví a Pachuca, tuve la oportunidad y todo cambió. Yo me acuerdo, perfecto, de no recibir nada en Tampico. De no poder ir a cenar, no poder comprarte ropa. Yo ya vivía con mi esposa y no podía ni invitarla al cine. Y justo empecé a jugar en Pachuca, porque desde el inicio empecé de titular, y ya podía salir a cenar, comprar algo. Fue un cambio muy, muy drástico. La gente te empezaba a ver, a conocer. Y yo decía: ‘¿Por qué ahora me ven si yo no he cambiado?’. Yo me sentía la misma persona”, valoró.