La capital pirata o la suma de todos los males jamaiquinos

Nos metemos en el submundo mítico de Port Royal.
<a href="https://elintransigente.com/espectaculo/2019/07/12/la-capital-pirata-o-la-suma-de-todos-los-males-jamaiquinos/" rel="bookmark"><time class="entry-date published" datetime="2019-07-12T23:15:15-03:00">julio 12, 2019</time><time class="updated" datetime="2019-07-12T23:15:16-03:00">julio 12, 2019</time></a>

Alguna vez existió una ciudad muy rica que llegó a ser conocida como la Sodoma del nuevo mundo. Anfitriona de los más grandes y famosos piratas y bucaneros de la historia, una cantidad increíble de prostitutas y el mayor consumo de alcohol en el planeta. Incluso, llegó a tener una taberna cada diez habitantes. En su haber cuenta con una innumerable cantidad de sucesos desafortunados. Johann Arndt te los cuenta.

Era mi último día en Jamaica y lo había reservado para conocer Port Royal, y es que su historia es de película. Había logrado salir de Kingston, la peligrosa capital del país, sin mayores problemas. Cuando estaba en camino a mi prodigioso destino, me detuve en una de las ruinas de un antiguo fuerte a tomar fotografías, cuando un patrullero de la policía se acerca hasta mis pies (estaba yo a unos 10 metros de la solitaria ruta). Me preguntan si estaba bien o si necesitaba algo. ¡Qué atentos!, pensé sorprendido, hasta que segundos más tarde, como no podía ser de otra manera, me pidieron plata.

– “Officials are thirsty” (los oficiales tienen sed)- me dice uno. Me acerco a su ventana para que repita lo que en realidad ya había entendido. – “We want money for a drink. We want Wata” (Queremos plata para una bebida. Queremos Wata) – me dice, mientras frotaba su pulgar por arriba de los dedos mayor e índice en ese gesto universal que significa dinero. Baksheesh.

Yo me encontraba bien vestido, pues estaba pronto a tomar un avión de regreso a Miami. Sabía exactamente cuántos dólares Jamaiquinos llevaba en el bolsillo, y los quería todos para mi. -“¿Así que queres agua?” De casualidad, tenía dos botellas sin abrir de la marca “Wata”, así que fui hasta el auto y se las entregué.

Esa no se la esperaban. De todos modos, me pidieron plata, pero me hice el desentendido, les di las gracias y me fui cruzando los dedos para que no quieran revisar mi valija o algo que me hiciera perder el preciado tiempo que tenía reservado para Port Royal, la ciudad de pomposo nombre y pasado rufián.

Una enorme flota inglesa venía de fracasar en su intento de tomar la ciudad de Santo Domingo y, como tenían claro que era mala idea volver con las manos vacías, se decidieron por conquistar algún territorio de la corona española. Cuando en 1656 los ingleses llegaron a lo que más tarde denominarían Port Royal, se encontraron con un puerto natural de aguas profundas, con una bahía cerrada que protegía las aguas de los fuertes vientos. 

Mientras la flota se reagrupaba frente a las aguas del puerto, fueron vistos por los pobladores españoles, quienes vaciaron la ciudad de cualquier objeto de valor y se fueron con todos los animales de la zona hacia el área montañosa presente en todo el Centro de la isla.

Los ingleses encontraron el lugar ideal para la construcción de un fuerte, ya que desde allí era muy fácil su defensa. Los piratas de mayor renombre como Captain Morgan (un rey sin corona), Calico JackJohn Davis o el bravísimo holandés Roche Brasiliano, salían desde Port Royal a saquear ciudades como Panamá, Maracaibo o Porto Bello, o para robar los bienes de las naves españolas, ya que estaban cerca de las rutas comerciales más importantes de la época.

Port Royal seguía recibiendo gente de la peor calaña y no paraba de crecer, pese a que los piratas morían como moscas en sus expediciones o en las frecuentes riñas en las tabernas. Además, sufrían constantemente ataques tipo guerrilla de los españoles, quienes lograron matar a más de 2.000 ingleses en esta isla, que ya estaba perdida para siempre.

Menos de cuarenta años más tarde, la ciudad se había enriquecido notablemente y era por esos días la más importante a nivel comercial del nuevo mundo. Port Royal contaba con 6.500 habitantes. Casi todos delincuentes.

Como ya no quedaban terrenos libres, ni espacio en el pueblo, los habitantes comenzaron a construir en las zonas más bajas, ganando terreno al agua y haciendo más altas y pesadas las viviendas existentes, y todo sobre un suelo un tanto blando y arenoso. En junio de 1696, un terremoto, seguido por un fuerte Tsunami, casi borra a Port Royal de la faz de la tierra.

Tres cuartas partes del pueblo se hundieron para siempre en el mar. La mitad de la población murió en este acontecimiento, y algunos miles más con las pestes que siguieron a la destrucción. En el resto de Jamaica y otras islas del Caribe se consideraba a este suceso como un “Acto de Dios” destinado a limpiarla de la escoria y los pecados.

La ciudad comenzó a reconstruirse de inmediato. Estaba llena de materiales y una mano de obra esclava dispuesta a reedificar el centro pirata, que por este tiempo oficiaba como la capital virtual de la isla. No pasó mucho tiempo hasta que, en 1705, un fuego, seguido de varios huracanes, la dejó, esta vez, en ruinas y cenizas.

Los Puertoroyalinos, si es que vale el gentilicio, no bajaban los brazos, ya que los piratas seguían haciendo de las suyas y el oro y el cacao seguían llegando en buen número a este puerto, por lo que Port Royal, el paraíso del hampa, seguía, como se dice, vivito y coleando.

Mientras los pobladores seguían haciendo maldades, fueron sorprendidos nuevamente por un gigante incendio, esta vez en 1750. Las enfermedades, el caos, la falta de esperanza y la miseria volvieron a aparecer con fuerza, pero Port Royal no quería dejar de ser el paraíso que era para tantos.

Los ingleses ya se habían encargado de aniquilar a la población indígena, que contaba con al menos 100.000 Arawaks, que fueron los primeros esclavos de la isla hasta que comenzaron a importarlos de África. La mano de obra ya era más cara, como así también los materiales, ya que los pobladores se habían enamorado del ladrillo y ya no querían las viejas casas de madera. Quizás por los incendios, no sé.

Parecía como si de verdad hubiera habido una intervención divina, ya que solo unas décadas más tarde, en 1815, la ciudad volvió a arder, una vez más, en un voraz incendio de gigantes proporciones. Cada intento de reconstrucción de Port Royal, en los últimos 200 años, había fracasado y miles de personas seguían pereciendo por causas evitables.

Para este entonces, la cercana ciudad de Kingston ya había crecido considerablemente, por lo que el cada vez más pequeño Port Royal fue perdiendo de a poco su importancia, aunque siguió cumpliendo un clave rol comercial, mientras lentamente se iba recuperando y re inventando.

La fortuna de Port Royal volvió a verse afectada una vez más por un nuevo terremoto, esta vez en 1907. La tierra se tragó, famélica, a las nuevas construcciones, que desaparecieron nuevamente bajo el dominio de las aguas. Port Royal ya nunca volvería a ser la misma hoguera de gloria pirata, próspero comercio, rienda suelta y descontrol.

Cuando uno llega a Port Royal, lo primero que siente es que está ante un pueblo fantasma. Un pueblo que ya (casi) no lo es, aunque, cada tanto, alguno de sus actuales 2.000 habitantes se deje ver, como el borracho pesado este de la foto al que lamentablemente me encontraba cada tres esquinas.

Escuché de planes de convertir al lugar en un puerto para grandes cruceros, dada su cercanía a Kingston, pero no sé si es verdad, ya que me pareció que nada ocurría por aquí aunque, sin dudas, Port Royal, “La ciudad que se hundió” (y más de una vez), tiene cuento y material de sobra para convertirse en una nueva atracción turística que serviría para fomentar el turismo en la menos visitada costa Sur de Jamaica, y también en su capital, para aquellos que se animen a conocerla.

Sospecho además que un gran numero de los visitantes de Jamaica, la mayoría, llegan en crucero y solo permanecen por el día, como en el caso de los que arriban a Ocho Ríos, para hacer un poco de playa y/o la excursión a las Dunn´s Falls.

Como siempre sintieron el riesgo de que los españoles vuelvan a tomar Jamaica, los ingleses mandaron a construir el primero de sus fuertes ya en 1650, cuando pudieron hacerse del control de Jamaica. Durante los dos siglos siguientes, fueron agregando cañones y ladrillos, ladrillos y cañones, a Fort Charles, que llegó a tener una guarnición para 500 hombres. Solo fue el primero de los cinco fuertes que tuvo la ciudad, antes de que estos quedaran hundidos o arruinados y abandonados.

El de Fort Charles era resistente y casi imposible de sortear y, pese a que Port Royal llegó a contar con otros cuatro fuertes, las autoridades sabían que en realidad no tenían tantos hombres para defender de modo eficaz el pujante núcleo urbano. Por esa razón es que la corona inglesa decidió darle tanto poder a los piratas, ya que eran ellos los que en realidad podían defender mejor estas costas, y así lo demostraron durante años y años.

Esto permitió que Port Royal se convierta en un centro de distribución de materiales apreciados tales como esclavos, azúcar, cacao o finas maderas como la caoba, práctica que continúa hasta el día de hoy. Los españoles, antiguos dueños de estas tierras, también se veían obligados a adquirir insumos y artículos de quienes antes les habían robado las tierras.

Hoy el pueblo está casi muerto pero, si visitás Jamaica, sigue siendo un destino imprescindible de la isla. Es más que un excelente lugar para dejar correr la imaginación y caminar por las calles que alguna vez conociera el mismísimo pirata Morgan. Encontrá más historias de Johann en su instagram.