Lübeck, la reina del Hansa: enclave alemán y ciudad encantadora

Otro sitio Unesco, Patrimonio histórico de la humanidad, que tenés que conocer.
<a href="https://elintransigente.com/mundo/glam/2019/06/07/lubeck-la-reina-del-hansa-enclave-aleman-y-ciudad-encantadora/" rel="bookmark"><time class="entry-date published" datetime="2019-06-07T20:10:47-03:00">junio 7, 2019</time><time class="updated" datetime="2019-06-07T20:10:48-03:00">junio 7, 2019</time></a>

Seguimos viajando por el mundo con Johann Arndt. Esta vez, nos vamos a Lübeck, ciudad que es Patrimonio histórico de la Humanidad declarado por la UNESCO e impacta por su estado de conservación. Y es que esta urbanización no fue borrada por las bombas de la Segunda Guerra Mundial como tantos otros lugares en Alemania

Estaba en Hamburgo, y no podía ir muy lejos por motivos personales, pero sí podía hacerme una escapada y visitar la cercana y hanseática ciudad de Lübeck, bien al norte del país. Salí expulsado en mi auto por la Autobahn 1, haciendo uso y abuso del carril rápido. Kilómetros antes, cuando asomaban de frente las zonas industriales que rodean a la metrópoli, disminuí la marcha para absorber todo lo posible esta nueva ciudad que estaba por conocer.

Me salí de la Autobahn y fui apuntando hacia la parte vieja de la ciudad. Estacioné sin problemas apenas superé el primer Tor (Burgtor) y, tras admirarlo, me largué a caminar. Antiguamente, se podía ingresar a la ciudad solamente por alguna de sus cuatro puertas. Hoy quedan dos.

Lübeck está a orillas del río Trave, que va serpenteando la ciudad para unirse con el Wakenitz en los alrededores del casco antiguo. Ahí todo está cuidado al detalle, pero sin perder su propia esencia, ya que en el lugar viven poco más de 200.000 habitantes, siendo la segunda urbe más poblada de todo Schleswig-Holstein.

Sobre los márgenes, vemos las antiguas construcciones que funcionaron como depósitos de sal, cuando esta ciudad controlaba muchas rutas comerciales en el mar Báltico. Las edificaciones en ladrillo son típicas del Gótico Alemán. Fue muy importante en la edad media, siendo Lübeck la capital de la Liga Hanseática.

Durante los SXII y XIII, nacieron muchos pueblos alemanes sobre zonas menos desarrolladas del mar Báltico, como Danzig (actual Gdansk en Polonia), Reval y Dorpat (Tallin y Tartu en Estonia), Rostock o Riga  (Letonia), solo por nombrar algunas. Todas estas ciudades independientes se enriquecieron mediante el comercio marítimo y la creación de una federación que unía a los gremios, o Hansa.

Enseguida empecé a visitar sus iglesias más importantes y las mismas calles por donde caminaba años atrás el escritor Thomas Mann. Les muestro un detalle de las figuras de terracota de la Katarinen Kirche, iglesia franciscana construida entre 1300 y 1370.

El Alstadt, además de encantarme, me pareció muy original. Es un mix de estilos ya que algunas de sus construcciones son del SXII y otras posteriores, pero siempre viejas. Además, me gustó que las dependencias administrativas se siguen usando hoy en día para las mismas funciones.

Muy cerca, estaba la casa de marzipan Niederegger, la más famosa del planeta en su tipo, que ya es un museo en sí mismo. Allí compré cantidades siderales de marzipan para regalarle a mi hermana, que es la fanática número uno. Recorrimos desde ahí algunas de sus calles comerciales, donde la calidad de lo que se vende está siempre presente. La atmósfera era animada en el centro y muy tranquila en sus calles aledañas.

Esta ciudad tuvo dos ganadores del Premio Nobel de Literatura. Thomas Mann (“La montaña Mágica”, “Los Buddenbrook”) lo ganó en 1929 y Günther Grass (“El tambor de Hojalata”), que si bien no había nacido en Lubeck, vivió ahí durante casi toda su vida. Ambos tienen su casa-museo. La Buddenbrookhaus, está dedicada a Mann y a su hermano Heinrich, también escritor, y la de Grass.

La ciudad estaba fortificada durante la Edad Media, y esta era su puerta principal, la de Holstentor que data de 1477. La misma es un símbolo y fue restaurada en varias oportunidades. Desde el 1200, existía también una puerta en el Oeste de Lübeck.

Hay cultura donde se mire. Se come bien, la cerveza es rica como siempre en Alemania, y recorrer las calles es como un viaje al pasado, con el río siempre cercano que invita a acercarnos. Quedé gratamente sorprendido por esta ciudad a la que volveré sin dudas, y con tiempo, para hacer un tour en barco y comer en otras de sus muchas terrazas.

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