Fernando De La Rúa: Réquiem por un hombre honesto

Guillermo Leguizamón Mayol reflexiona tras el fallecimiento del expresidente.
<a href="https://elintransigente.com/politica/2019/07/11/fernando-de-la-rua-requiem-por-un-hombre-honesto/" rel="bookmark"><time class="entry-date published" datetime="2019-07-11T12:18:46-03:00">julio 11, 2019</time><time class="updated" datetime="2019-07-11T12:19:42-03:00">julio 11, 2019</time></a>

( Por Guillermo Leguizamón Mayol):- El fallecimiento del ex presidente Fernando De La Rúa no sólo es un acontecimiento luctuoso desde lo humano sino que constituye el resumen más sombrío de una Argentina expuesta a la voluntad de los poderes que operan en la oscuridad y de los cuales este hombre fue una víctima propiciatoria.

De La Rúa fue uno de los políticos más trascendentes desde el punto de vista de la militancia y de la trayectoria; que contaba con un “Cursus Honorum” que no pocos podían exponer ostentando incluso la nominación como el senador nacional más joven de la historia. Pero todo ese caudal de sapiencia y vivencia democrática no le sirvió a la hora de intentar manejar a este país que todavía regurgita ancestrales complejos de identidad política, de fragilidad económica y de sustentabilidad democrática.

Para más, De La Rúa asumió la presidencia de la nación en un momento de inflexión, cuando la ilusión de una Argentina que había ingresado por decreto a la ilusión de un “Primer Mundo” se desvanecía brutalmente cuando el dólar recuperaba su sinceramiento. La consigna “Dicen que soy aburrido” se oponía a la “Pizza con champagne” menemista, el electorado quería un hombre honesto, clásico, formado para reemplazar a la frivolidad neoliberal de Carlos Menem que había dejado destruido hasta los sindicatos y al peronismo mismo.

Fue un error constituir una Alianza para desplazar a Menem, la historia enseña que las alianzas siempre se han formado “en contra de” y una vez en el poder nunca pudieron gobernar porque no había programa, fines ni objetivos, pero la coyuntura exigía un modelo así y él asumió la responsabilidad. No fue el mejor estratega y su gobierno comenzó a sufrir inmediatamente múltiples ataques.

El más frontal fue el del peronismo bonaerense con Eduardo Duhalde a la cabeza, del Senado Nacional en la persona de Antonio Cafiero y por supuesto, los sindicatos con Hugo Moyano a la cabeza: la tijera perfecta del PJ que cuando no está en el poder se ocupa de recortar gobiernos y a De La Rúa comenzaron a mutilarle la gobernabilidad.

Supo de la traición más cercana, su propio vicepresidente, Carlos Alberto “Chacho” Álvarez, renunció dejándolo prácticamente en una soledad que se agravó con el abandono de sus propios correligionarios. Raúl Alfonsín y el partido radical jugaron la partida de los grandes intereses llegando a tocar las puertas –no de los cuarteles como había sido una tradición radical- sino de los organismos financieros internacionales para cerrárselas a su correligionario presidente.

Cuando por fin, agobiado por los hechos y una situación económica y social insostenible fomentada por la oposición renunció, entonces lo llamó Alfonsín para explicarle por qué no había hecho más para defender a su gobierno. Un testigo cuenta que lo escuchó con toda educación e incluso le agradeció el llamado, un episodio que pinta la talla del hombre que en la derrota mantenía la grandeza.

Terminó en los estrados de Comodoro Py, acusado por el caso de las coimas en el Senado, pero no pudieron comprobarle ningún delito, simplemente porque no los había cometido.

Su gobierno fue el ejemplo más patético de que a la horda conspirativa no le importa el país sino solamente sus inconfesables prerrogativas, que el interés por el bien común no está en su diccionario ni en su gramática electoral. De La Rúa era el hombre que representaba los valores de la República, esos que a las mafias que medran en los subsuelos de la política argentina no les interesan.

Las cumbres a las que llegó no le privaron de seguir frecuentando cada primer jueves de mes la mesa de amigos del Senado en el Jockey Club del cual era socio. Como abogado fue excelente, como legislador brillante, como ser humano hizo de la honestidad de procedimientos un culto, fue más allá de las magistraturas que ocupó un buen hombre. Tenía todo para fracasar en un país como la Argentina.

Hoy no despido a un ex presidente, sino que le digo adiós a un gran amigo, en la seguridad de que no pasará mucho tiempo para que el juicio de la historia reconozca su trayectoria y dictamine en su favor honrando su memoria. ( Por Guillermo Leguizamón Mayol)