La Vida del Conde Matt: Da Vinci, Guggenheim y cantar los 40

Una recorrida detallada por la cosmovisión de un flaneur
<a href="https://elintransigente.com/vida-estilo/2019/08/15/la-vida-del-conde-matt-da-vinci-guggenheim-y-cantar-los-40/" rel="bookmark"><time class="entry-date published" datetime="2019-08-15T14:05:30-03:00">agosto 15, 2019</time><time class="updated" datetime="2019-08-15T14:05:31-03:00">agosto 15, 2019</time></a>

Una semana de muchas sensaciones encontradas. Recuerdos, nostalgia, reclamos personales, felicidades y tristezas; sacar cuentas de lo que hice y lo que aún adeudo en la vida. Todo esto pasó la semana pasada por mi cabeza al cumplir los famosos cuarenta. Al fin y al cabo, estoy mucho mejor: sé lo que quiero, soy lo que soy, aunque más viejo.  Pero nada de nada me quita las ganas de compartir eventos y salidas con los míos o viajar alrededor del mundo, así que aquí les dejo unas líneas de lo que viví en estos momentos de cambio

El seis de agosto, un día antes de mi día estelar, tuve la astucia de hacer por primera vez un curso de pastelería en la glamorosa tienda de mi querida prima Delfina Menéndez, Delfinette, en San Isidro.  Allí aprendí a hacer mi propia Number Cake (torta de letra o número) con masa sablé. Éste es el segundo curso que hago de cocina en lo que va del año, ya que mi fin es lograr desenvolverme con más fluidez en el área culinaria.  Una gran experiencia en un lograr donde se respiran manjares. Realmente recomiendo el local y sus cursos.

El siete fue mi cumple, por lo que el mismo día a las 00 de la noche festejé con Gonzalo y mi empleada el primero de los ágapes, el más personal y con mi propia torta.  Al día siguiente, recibí a los más íntimos en un resumen de aquellos allegados más ilustres de cada uno de los perfiles de mi vida actual. El gran festejo se realizará antes de la entrega de mi manoir citadino de Belgrano, cuando logre venderlo (ver fotos en mi Instagram).  Al otro día, volví a festejar en una última comida con mis amigos del colegio (St. George’s Quilmes), a quienes quiero tanto.

Con respecto a mi último viaje, no quería dejar de compartir con ustedes mi experiencia de Venecia, más allá de la Biennale, de la cual escribí la semana pasada.  La gran ciudad de los canales está en su máximo apogeo. Me fascinó más que nunca. Con el agua verde transparente, buen olor marino, sin tantas palomas y los pintorescos y cálidos paisajes, me enamoré de ese lugar como nunca. 

Tuve la oportunidad de ver el Vitrubio de Leonardo da Vinci, el cual se encuentra en La Academia, museo de arte renacentista de la ciudad. Esta obra es expuesta al público muy de vez en cuando y está prohibido sacarle fotos por cuestiones de conservación. Toda una gran experiencia, aunque fue el único high light de ese museo, ya que la colección permanente de Tintoretto, Canaletto y demás artistas venecianos, se pueden encontrar en varias de las iglesias locales.

Por último, antes de detenerme en la joya de la ciudad, también visité la Fundación Pinault, que me pareció que presenta un edificio excelente para grandes muestras, con salas muy buenas en sus dos edificios, pero cuya muestra en ese momento no era para mi de gran relevancia, aunque es uno de los nuevos must de la ciudad y el cual recomiendo visitar, ya que para criticar hay que ver.  Finalmente, no podía perderme hacer mi viaje en góndola, pero lo hice de noche, ya que tiene mas charme. Visité la iglesia Santa María de la Salud, el Puente del Rialto, la Piazza San Marco, el Palazzo Duccale y la catedral. Unos tips: ir a comer a Timón y ver cualquier cosa en el Teatro de la Fenice. Valen la pena.

El museo que más me fascinó a mí en lo personal por su historia, las obras y el edificio es el de Peggy  Guggenheim. Un edificio al cual se accede entre las callecitas camino a Santa Maria de la Salud. Al entrar, uno se encuentra con un patio empedrado con esculturas modernas en el centro y una casa estilo “villa” de Beverly Hills, con una base italiana, pero modernizada, fastuosa e impecable, con rejas negras y motivos art deco que me hacían acordar a Sunset Boulevard.

Adentro, las salas eran ultra modernas, con pisos de granito, paredes blanquísimas y toda la colección personal de ella y su hija. Al otro lado, la terraza más linda de todo Venezia que da al gran canal, en las cuales se realizaban grandes fiestas para los artistas y celebridades más renombrados del siglo XX. En el jardín, un trono donde ella y yo nos sentamos para contemplar el “paraíso del arte moderno”.
Peggy fue la única hija del multimillonario Benjamín Guggenheim, el segundo pasajero más rico del Titanic después de John Astor, ambos muertos en la tragedia en el Atlántico Norte. Luego de la muerte de su padre, y por temas familiares, ella heredó una fortuna, pero moderada, ya que gran parte se mantuvo dentro del arca que custodiaban los hermanos de la víctima. 

A sus veintiún años, se radicó en París, donde realizó estudios de arte y trabajó en una librería de vanguardia mientras utilizaba su tiempo libre para recorrer museos. Fue en esos años que, impulsada por sus compañeros de trabajo, se sumergió en el mundo de los artistas de vanguardia y comenzó a coleccionar, lo que para el momento, y según su tío Salomon ( fundador del museo Guggenheim de New York), era basura. Con el tiempo se convirtieron en obras de las máximas figuras del arte mundial, tales como Duchamp, Man Ray, Brancussi, Becket, Kandinsky, Mondrian o Calder, a quien vi en una retrospectiva en París; todo gracias a su gran intuición y debilidad por el tema. Ella misma se etiquetaba como adicta al arte.

En esos años, Peggie contrajo matrimonio con Laurence Vail, con quien tuvo dos hijos. Y, si bien vivían en París, no paraban de viajar por Europa, conociendo a todos los artistas del momento, hasta que a finales de los 30s se divorciaron, porque él abusaba de ella y de su gran complejo de inferioridad.  Durante la Segunda Guerra, se instaló en Nueva York debido a sus orígenes judíos, dejando su gran colección escondida en Francia. En el nuevo continente, se casó con Max Ernst y puso una galería.

No fue hasta los 50s, año en que vendería todo en la Gran Manzana y se instalaría finalmente en Venecia, en esa misma casa junto a su hija Pegeen y toda su colección. Allí vivió sus mejores años, por esa casa pasaron los grandes artistas, incluyendo a Jackson Pollock, a quien apadrinó durante toda su carrera. Y es allí, en donde hoy toda su historia y sus cuadros se pueden respirar al recorrer este paraíso en el que realmente vale la pena vivir.

Luego de haber revivido estos románticos lugares, me dieron ganas de volver, pues es allí donde, como en un film, uno va viviendo la vida y los escenarios de los grandes que hicieron historia.  Pisar donde ellos pisaron y transitar un poco de sus pasiones me hace sentir en un cuento. Próximamente, les estaré contando sobre la semana de la moda que tiene lugar en éstos días en Buenos Aires y los ágapes del rubro que no se dejan esperar: flashes, luces, pasarelas, modelos y make up compondrán la agenda de una semana frívola, pero de una industria muy interesante que genera mucho trabajo y, por supuesto, nos muestra cómo vamos a lucir en la próxima temporada estival. Los despido y les recuerdo que me sigan en mi Instagram: @elcondematt