Emilia Gutierrez, una grande de la pintura, en Cosmocosa

Buenos Aires, felizmente, vibra con exposiciones imperdibles en grandes museos. Pero una galería de recoleta se lleva el premio mayor. Imperdible
<a href="https://elintransigente.com/vida-estilo/2020/01/24/emilia-gutierrez-una-grande-de-la-pintura-en-cosmocosa/" rel="bookmark"><time class="entry-date published" datetime="2020-01-24T14:02:23-03:00">enero 24, 2020</time><time class="updated" datetime="2020-01-24T14:02:24-03:00">enero 24, 2020</time></a>

Flamenca, o La Flamenca, explica el curador Rafael Cippolini, es como denominaban sus conocidos, sus compañeros de estudio, y como llamamos sus admiradores tardíos a Emilia Gutiérrez. Flamenca, por su amor a la pintura que lleva su nombre. Se puede visitar hasta el 20 de febrero en Cosmocosa.

De su Flores natal a su Flandes imaginaria, de lo que queda de la mitología personal de un barrio a los colores de un idioma visual, a medias recuperado e inventado. Flamencos los colores, el más acá y el más allá de una paleta, pero sobre todo el recurso, o sea sus lugares, la suma de sus elecciones, que no son más -ni menos- que una indagación de individualidad.

Flamenca no porque venga de otro lado, sino porque está y estuvo en todo momento en otro lado, siempre acá pero mucho más allá. No son colores ideales, menos aún simbólicos: antes que nada son óleos, pigmentos. Tres colores, o sea un idioma.

Trasciende que, cerca de sus 47 años, sufre alucinaciones auditivas: los mismos colores que la hicieron Flamenca hablan, le dicen. Refiriéndose a su vida, a su obra, ella repetirá: “no tengo nada para decir”, pero los colores le hablan, son entidades.

Leemos que su psiquiatra le recomienda o prohíbe que que siga pintando. Pero ella seguirá siendo Flamenca. Porque en este cargo -o carga- no sólo están los colores, sino un mito de orígen: aquel que nos enseña que si algo de surreal se advierte en sus imágenes proviene de principios del Siglo XVI: de su fascinación por Extracción de la piedra de la locura, de El Bosco.

No es casual que Alejandra Pizarnik, ocho años menor, haya publicado en 1968 un relato poético en el libro que lleva el nombre de la pintura. El texto de Pizarnik comienza con un epígrafe en francés, versión de un fragmento del beato Jan Van Ruys- broeck que podríamos traducir así: “Ellos, las almas (…) están enfermos y se ablandan y nadie los remedia: están heridos y rotos y nadie los cura”. La cita podría oficiar de hilo no tan invisible entre las obras de la pintora y la poeta. 

Son diez años, y dos décadas. Siete exposiciones individuales. 1965-1975. O sea, diez años que atraviesan dos décadas de infinitas transformaciones. Sin embargo, la Flamenca no las representa. El suyo es su tiempo personal, anímico-mental, visionario, nostálgico, un “tiempo a cuestas”, que en nada se parece a lo que sucedía a su alrededor.

Una de las razones para amar las obras de la Flamenca es que nos libera de la odiosa frase, “interpelar al tiempo en el que nos toca vivir”; sin embargo, habrá quien afirme que su postura ensimismada es simplemente otra forma de interpelación.

Como sea, La Flamenca ya parecía tener demasiado con su tiempo interior. Diez años intensísimos, donde sucede casi todo. Son sus años, por más que tengamos alguna que otra preferencia. Son los Años de Emilia. En el sitio justo, con pinturas de otro mundo, de las cuales Cosmocosa hoy presenta una muestra.