El extremo sur de los Valles Calchaquíes alberga a la Bodega Federico Mena Saravia. Cuando el paisaje comienza a volverse más silencioso y austero, se levanta un corredor vitivinícola que sorprende por su identidad. Ese es el escenario de luz fina y aire seco donde esta “catedral del vino” aparece como sinónimo de vino de altura en su expresión más íntima. Hualfín, con su ritmo pausado y su historia profunda, revela un norte distinto, uno que se descubre mejor cuando nos disponemos a adentrarnos en su historia.
La Bodega Federico Mena Saravia representa la continuidad de trece generaciones en el Alto Valle de Hualfín, el pueblo que se fundó en torno a la propiedad. La propuesta plantea otra forma de viajar: apela al impacto visual y a la veracidad del paisaje, matizado con una historia frondosa, donde se suceden generaciones que hicieron historia en el valle junto con guerreros de la independencia como el coronel Juan Galo de Lavalle. Aquí, el turismo del vino se cruza con la memoria familiar y la historia argentina, en un punto del mapa que empieza a ganar protagonismo propio dentro del vino del norte.
Este reducto es sinónimo de amor por la tierra, una relación directa entre viña, clima y memoria. Los días soleados, las noches frías y la altura marcan un estilo de vino que se intuye incluso antes de probarlo. Los vinos que nacen en este valle se expresan con la misma honestidad que los vio nacer: malbecs tensos, torronteses equilibrados, cortes que llevan la mano del reconocido enólogo José Luis Mounier y una búsqueda constante de identidad. En cada etiqueta de Bodega Mena Saravia se reconocen la altitud, el carácter del Alto Valle de Hualfín y la personalidad de Catamarca como nuevo polo del vino de altura.
Enoturismo natural
La propuesta plantea un enoturismo distinto, más íntimo y pausado. Caminar entre las viñas antiguas, escuchar la historia que encierra este mágico lugar, probar los vinos en el mismo entorno que los vio crecer, hace de esta experiencia un retrato fiel de la identidad del Alto Valle de Hualfín. Es un turismo del vino que pone en lo alto, nunca tan bien dicho, el nombre de la familia y del vino, del vino y la familia, como una especie de oxímoron vitivinícola donde tradición y presente conviven en armonía.
La Bodega Federico Mena Saravia brinda una experiencia enoturística auténtica con una invitación a recorrer la finca con sus viñedos centenarios. El paseo incluye la bodega, los espacios de la estancia y un paisaje de cerros y valle que aporta un clima continental marcado, a 1.870 metros sobre el nivel del mar. En este ambiente de montaña, el visitante puede experimentar cómo influyen la altitud, el suelo y el clima en la personalidad de los vinos de altura, mientras recorre uno de los rincones menos transitados, y más genuinos, de los Valles Calchaquíes.
La propuesta se completa con degustaciones de sus vinos elaborados con cepas propias, entre ellas malbec, torrontés, cabernet sauvignon y cabernet franc, que crecen junto a variedades como cariñena y sangiovese, provenientes de España e Italia respectivamente. La experiencia integra naturaleza, cultura y vida rural: paseos por la finca a caballo al atardecer, visita a la granja y la posibilidad de observar cómo conviven la producción de vino, la historia de la familia y las prácticas gastronómicas tradicionales del norte argentino, coronadas por un almuerzo rural con un menú típico de la zona. Todo está pensado para ofrecer un recorrido sensorial y vivencial donde paisaje, historia y terroir se unen en un mismo relato.

Rumbo a Cafayate
El viaje se amplía hacia el norte, donde dos bodegas salteñas completan el mapa del vino de altura y dialogan con la propuesta de Bodega Mena Saravia. Colomé, en Molinos, ofrece una mirada contemplativa del vino de altura, con su historia del siglo XIX y sus viñedos entre montañas silenciosas. El Esteco, en Cafayate, despliega la energía de sus patios coloniales, su gastronomía norteña reinterpretada y vinos que capturan la amplitud del valle. Esa diversidad hace que los Valles Calchaquíes no se recorran como una simple lista de bodegas, sino como una lectura del paisaje: cada valle tiene su voz, cada altura su propio pulso, cada bodega una forma distinta de narrar el norte.
Ese contraste entre la serenidad profunda de Hualfín, la mística elevada de Molinos y la vitalidad luminosa de Cafayate construye una ruta que muestra la diversidad real de los Valles Calchaquíes. No se trata solo de visitar bodegas, sino de entender cómo cambia el vino a medida que el lugar va transformando su fisonomía, producto de las estaciones del año y de los trabajos de la tierra. En ese mapa, el turismo del vino del norte argentino gana densidad y matices, y confirma que el vino de altura es, sobre todo, una forma de mirar la geografía.
Al final del recorrido hay algo que hace volver la mirada hacia Catamarca. La Bodega Federico Mena Saravia tiene una escala íntima, un sentido del tiempo y una verdad que conectan de manera distinta. Los vinos que nacen en este valle tienen la impronta inconfundible de la altura y el amor por la tierra que marcó a las trece generaciones que lo habitaron y lo habitan, porque un pedacito de su historia permanece en el aura de Hualfín. Allí, donde el paisaje parece bajar la voz, Bodega Mena Saravia se consolida como una puerta de entrada privilegiada al turismo del vino en el norte argentino.
