(Por Carolina Mena Saravia para El Intransigente).- El Bloody Mary ocupa un lugar destacado en el universo de los cócteles. A diferencia de otras bebidas asociadas a la noche, este trago a base de vodka y tomate se consolidó como una opción diurna, vinculada al brunch, a las mañanas largas y a los programas de fin de semana. Su perfil salino, especiado y refrescante lo convirtió en una excepción dentro de la coctelería clásica. En ese carácter híbrido reside buena parte de su vigencia. El Día Mundial del Bloody Mary, que se celebra el 1.º de enero, destaca justamente esta cualidad.
La fecha no es casual: el cóctel quedó históricamente asociado a la mañana de Año Nuevo, ese momento a caballo entre el desayuno y el almuerzo (breakfast y lunch), y a las reuniones tardías del primer día del año, especialmente en Estados Unidos y Europa. Así, se fue consolidando como la bebida emblemática de esa jornada, inmediatamente posterior a las celebraciones de Nochevieja con las que se da la bienvenida al nuevo año.
La conmemoración también remite a la historia de un cóctel que nació en Europa, pero encontró su consagración definitiva en Estados Unidos. Existen versiones contrapuestas sobre su origen, aunque una de las más aceptadas sitúa su creación en el Harry’s New York Bar de París, en la década de 1920. Allí, el bartender Fernand Petiot habría mezclado vodka con jugo de tomate para clientes estadounidenses. Años más tarde, ya instalado en Nueva York, ajustó la receta incorporando condimentos y salsas, dando forma al perfil que hoy se reconoce como clásico. Desde entonces, el Bloody Mary dejó de ser una curiosidad para convertirse en un estándar.
Con el paso del tiempo, el cóctel se asoció de manera natural al brunch. Su base de tomate, su estructura intensa y su baja dulzura lo posicionaron como una bebida que dialoga mejor con la comida que con el consumo nocturno. Huevos, tocino, platos salados y preparaciones especiadas encontraron en el Bloody Mary un acompañante adecuado. La clave estuvo en integrar el alcohol a una combinación amplia de ingredientes, sin que resulte invasivo. De allí su servicio habitual en copas altas, con abundante hielo y su característico color rojo, difícil de ignorar en la mesa.
Vodka, tomate y una receta en permanente discusión
La base del Bloody Mary es simple: vodka y jugo de tomate. Su personalidad, sin embargo, se define en los detalles. Salsa inglesa, tabasco, jugo de limón, sal de apio y pimienta negra conforman el núcleo clásico. Cada bar, cada bartender y cada ciudad introducen variaciones que generan debates recurrentes. Algunos defienden el uso de vodkas neutros; otros prefieren etiquetas con mayor carácter. Marcas como Smirnoff, Absolut o Stolichnaya se consolidaron como referencias habituales detrás de la barra, mientras que en versiones más contemporáneas aparecen vodkas de perfil premium como Belvedere o Ketel One.
El jugo de tomate es otro punto clave y una de las decisiones que más influyen en el resultado final. En Estados Unidos, marcas como Campbell’s o Sacramento se volvieron clásicas en bares y hoteles. En propuestas más gastronómicas, se recurre a jugos frescos, filtrados o incluso a reducciones caseras. El equilibrio entre acidez, salinidad y picante marca la calidad del cóctel. Un Bloody Mary bien ejecutado no debe resultar pesado ni excesivamente especiado: su función es acompañar los platos del mediodía sin imponerse.
Del hotel al ritual urbano
El Bloody Mary se consolidó en hoteles y bares de brunch de las grandes ciudades del mundo. En Nueva York, el King Cole Bar del St. Regis Hotel, a metros de la Quinta Avenida, se convirtió en un punto de referencia histórica. Allí se popularizó una versión propia, conocida como Red Snapper, elaborada originalmente con ginebra en lugar de vodka. En Chicago, la Ciudad de los Vientos, el cóctel fue adoptado como parte de su identidad gastronómica, dando lugar a versiones más intensas y con guarniciones generosas. Londres, por su parte, lo incorporó a la cultura del brunch tardío, especialmente en hoteles clásicos y restaurantes de perfil cosmopolita.
Con el tiempo, el Bloody Mary trascendió el ámbito hotelero y se integró a bares de autor, cafés y restaurantes. Su presencia en las cartas de brunch se volvió un clásico y, en muchos casos, funciona como carta de presentación del lugar. La forma en que se prepara habla de criterio, equilibrio y atención al detalle. Su versatilidad permitió que numerosos chefs intervinieran la receta, incorporando ingredientes propios de la cocina, como infusiones, caldos o sales aromatizadas.
Guarniciones, estilo y exceso controlado
Uno de los rasgos más visibles del Bloody Mary contemporáneo es la importancia de las guarniciones que lo acompañan. Aceitunas, apio, pepinillos o las clásicas rodajas de limón forman parte del repertorio visual y sensorial. En algunas ciudades estadounidenses, la tendencia llevó el concepto al límite, incorporando camarones, tocino, quesos e incluso minihamburguesas. Más allá del impacto visual, estas versiones refuerzan la idea del cóctel como comida líquida. En su forma más tradicional, sin embargo, el Bloody Mary prioriza la claridad de sabores por sobre el exceso.
El equilibrio sigue siendo el criterio central. Un Bloody Mary bien logrado no necesita adornos extremos. La textura, la temperatura y la proporción entre tomate, alcohol y especias bastan para sostener su carácter. En ese sentido, mantiene una relación más estrecha con la gastronomía que con la coctelería nocturna.
Un clásico que se adapta sin perder identidad
En Argentina, el Bloody Mary encontró su espacio en restaurantes y hoteles orientados al brunch y a la cocina internacional. Si bien no es un cóctel masivo, su presencia se volvió constante en cartas especializadas. El uso de vodkas locales e importados convive con versiones más ligeras o con menor contenido alcohólico. En muchos casos, se adapta al gusto local, reduciendo el picante o ajustando la acidez. Esa flexibilidad explica su permanencia.
El Día Mundial del Bloody Mary invita a redescubrir un cóctel que supo adaptarse sin perder identidad. Su historia, atravesada por viajes y reinterpretaciones, alimenta teorías como la que vincula su nombre con María I de Inglaterra, conocida como Bloody Mary por las persecuciones a protestantes durante su reinado en el siglo XVI. El color rojo intenso del cóctel habría reforzado esa asociación simbólica. Más allá de su origen, el Bloody Mary sigue ocupando un lugar propio en la mesa del primer día del año.
