(Por Carolina Mena Saravia para El Intransigente).- El Día de Reyes ocupa un lugar especial dentro del calendario festivo. Es una celebración muy querida que, en ciertos lugares del mundo, adquiere ribetes centrales, tanto para los niños como para los no tan niños. Los Reyes Magos irrumpen en pueblos y ciudades montados a caballo, recordando el episodio bíblico en el que estos sabios, guiados por la estrella, llegaron al lugar exacto del nacimiento del Niño Jesús, a quien adoraron y obsequiaron con oro, incienso y mirra. Luego regresaron a Oriente “por otro camino”, tras haber sido advertidos en sueños para evitar a Herodes, según relata el evangelio de san Mateo.
No responde a una celebración de luces y brindis, como en el caso de la Nochebuena o el fin de año, ni a la algarabía propia del 31 de diciembre. Se impone de manera más silenciosa, a plena luz del día, cuando el calendario navideño empieza a cerrarse y los niños vuelven a ocupar el centro de la escena. Allí es donde el roscón —o la rosca, como se lo llama en otros países— funciona como eje alrededor del cual se organiza el encuentro.
En España, el 6 de enero es una fecha largamente esperada. Las panaderías ofrecen distintas variedades de roscón, con rellenos diversos. La sorpresa que se encuentra en su interior, junto con la corona de cartón, llena de risas el momento de compartirlo. En ese contexto, la bebida acompaña el ritmo del día y abre distintas posibilidades de combinación.
Este es el territorio de los vinos dulces y de los espumantes, que encontraron históricamente su lugar en el Día de Reyes. La historia del roscón se remonta a celebraciones anteriores al cristianismo. En las Saturnales romanas, que tenían lugar durante el solsticio de invierno, se repartían panes dulces como símbolo de abundancia y renovación. Con el avance del cristianismo, esa costumbre se incorporó al calendario litúrgico y quedó asociada a la Epifanía, el 6 de enero. En la península ibérica, la influencia árabe aportó el uso del agua de azahar y terminó de definir una receta que, con variaciones regionales, se consolidó como el postre emblemático del Día de Reyes.
La bebida también tiene historia
“El Día de Reyes nunca fue una fecha de brindis nocturno”, señala Ton Mata, director técnico de Recaredo, desde el Penedès. “Es un momento largo, de postre y sobremesa. Por eso el cava funciona tan bien: aporta frescura y permite seguir comiendo”. En muchas casas españolas, el espumante se sirve desde media mañana, casi como una extensión del café.
El tipo de cava no es un detalle menor. Josep Maria Ferret, enólogo de Juvé & Camps, lo explica desde la práctica: “Con roscón relleno, la acidez es clave. Un brut nature o un cava de crianza larga equilibra la grasa y el azúcar”.
Los vinos dulces tradicionales aparecen desde otro registro. En Málaga, el moscatel sigue formando parte del repertorio del Día de Reyes. Victoria Ordóñez, fundadora de Bodegas Victoria Ordóñez, lo resume con una frase habitual en muchas casas: “El moscatel era el vino de las fiestas religiosas. No se abría cualquier día. El 6 de enero siempre fue uno de esos momentos”. Servido frío y en copas pequeñas, acompaña el roscón con precisión.
El pedro ximénez entra más tarde, cuando la conversación ya se acomodó. Antonio Sánchez, enólogo de Bodegas Toro Albalá, insiste en que “es un vino para el final, no para arrancar”. Uvas asoleadas, fermentaciones lentas y crianzas larguísimas construyen un perfil concentrado que funciona como si de un postre se tratara. En muchas mesas andaluzas, aparece después del roscón y prolonga la conversación.

Del calendario religioso a la mesa cotidiana
Italia ofrece una lectura similar con el vin santo. Giampaolo Motta, enólogo de Avignonesi, lo define desde su origen: “El vin santo siempre estuvo ligado a celebraciones religiosas y familiares. Es un vino de espera, de tiempo largo, y se bebe en fechas que marcan un cierre”. La Epifanía es una de ellas.
En Francia, la galette des rois cumple una función equivalente. Nicolas Joly, productor del Loira, lo plantea sin rodeos: “La galette pide vinos que acompañen el momento, no vinos que se expliquen demasiado”. Por eso funcionan bien los vinos dulces ligeros o los espumantes.
En el cine europeo, la mañana de Reyes aparece como una escena reconocible: mesas desordenadas, restos de roscón, copas que circulan mientras la conversación va y viene. La bebida no necesita ser nombrada para estar presente.
En América Latina, la rosca de Reyes se adaptó a otros ritmos y bebidas. Chocolate caliente, cafés intensos y, en mesas urbanas, vinos dulces o espumantes. En Centroamérica y México aparece el atole, bebida caliente y espesa, típica de desayunos y celebraciones.
En Argentina, el roscón llegó como herencia europea y se mantuvo como costumbre doméstica. No tiene la centralidad española, pero sí una persistencia reconocible. Aparece en mesas familiares, sobre todo donde hay chicos y regalos. “Reyes no es para brindar”, dice Juan Manuel López, elaborador de vinos dulces del Litoral. “Es para quedarse sentado un rato más”.
En Sicilia, el 6 de enero se asocia a la Befana, la anciana que recibió a los Reyes Magos cuando buscaban al Niño Jesús, y a una pastelería más marcada que en el norte de Italia. Cannoli, frutas confitadas y masas fritas ocupan la mesa durante el día. No hay un postre único que concentre la escena, sino una sucesión de bocados dulces. El vino aparece de a poco: marsala, passito o algún vino dulce local servido en copas pequeñas.
En Portugal, el 6 de enero se celebra como Dia de Reis, con un perfil más discreto y urbano que en España, pero con una tradición muy marcada en torno a la mesa y la música. La pieza central es el bolo-rei, un bollo circular de masa enriquecida con frutas confitadas y frutos secos, heredero directo del roscón español, pero con identidad propia. Tradicionalmente incluía un haba y una sorpresa; hoy el haba suele mantenerse de manera simbólica.
En ciudades como Lisboa, Oporto o Coimbra es habitual que grupos corales canten las Janeiras o el Cantar os Reis: canciones populares que recorren calles, bares o patios entre finales de diciembre y el 6 de enero. En la mesa, el acompañamiento clásico del bolo-rei incluye vino de Oporto, moscatel de Setúbal o, en menor medida, vino de Madeira. También aparece café fuerte o aguardiente en contextos más informales.
Un recorrido fugaz alrededor del mundo muestra cómo las celebraciones católicas organizan la vida familiar alrededor de la mesa, con momentos, bebidas y costumbres que se repiten y se transforman. La Navidad abre ese tiempo festivo; el calendario litúrgico continúa desplegándose en celebraciones de distinto tono y alcance.
