(Por Carolina Mena Saravia para El Intransigente).- El brindis de Año Nuevo es uno de los rituales más extendidos del calendario. Como toda celebración, adopta distintas formas según el lugar del mundo en el que se practique. Es el momento exacto en el que el año cambia y la bebida elegida cumple una función clara: marcar el inicio. Despedir y dar la bienvenida, dos propósitos que se condensan en un solo gesto. Esta es la razón por la que el espumante se consolidó como protagonista en gran parte del mundo. El sonido del descorche, la copa en alto y la repetición del brindis año tras año construyen una escena fácilmente reconocible. Cada cultura la adapta a su historia y a sus creencias. En ese mapa aparecen marcas y casas que ayudan a entender por qué y cómo se brinda.
Durante buena parte del siglo XIX y del XX, el modelo fue uno solo: el champagne. Las grandes casas francesas construyeron una asociación directa entre burbujas y celebración. Moët & Chandon apostó a la visibilidad social; Veuve Clicquot desarrolló una identidad fuerte ligada a la figura de su fundadora, Barbe-Nicole Ponsardin; Bollinger afianzó su vínculo con el mercado británico; Dom Pérignon se consolidó como sinónimo de lujo. Esa construcción cultural fue tan efectiva que, incluso hoy, muchas personas llaman “champagne” a cualquier espumante. Aunque el mundo del vino se haya diversificado, ese peso simbólico sigue vigente en celebraciones como el Año Nuevo.
Con el tiempo, otros países comenzaron a desarrollar tradiciones propias sin renunciar a la idea del brindis. El espumante dejó entonces de ser una imitación para convertirse en una categoría amplia, con estilos definidos. Prosecco, cava, franciacorta, sekt, cap classique o English sparkling wine fueron encontrando su lugar en la celebración. El precio y la accesibilidad también jugaron un rol importante, facilitando que cada estilo se ajustara mejor a las costumbres locales. El brindis sigue siendo el mismo gesto, pero la bebida responde a otra lógica. Así se fue armando una geografía del Año Nuevo tan diversa como atractiva.
España: el ritual de las campanadas y la copa posterior
En España, el centro de la escena no está en la bebida, sino en el reloj. Las doce uvas, una por cada campanada, organizan el minuto más esperado del año. La atención concentrada en el conteo genera una expectación compartida entre distintas generaciones reunidas en la celebración. Una vez completado el ritual, aparece la copa para el brindis, y el cava se convierte en la elección natural. Marcas como Freixenet y Codorníu forman parte del imaginario popular desde hace décadas, mientras que casas como Gramona, Recaredo o Juvé & Camps suman presencia en mesas más orientadas a lo gastronómico. El brindis funciona como cierre del rito y como comienzo formal de la celebración.
Italia propone un esquema más directo. El brindisi se integra naturalmente a la medianoche y el espumante aparece desde el inicio del menú. El prosecco domina por volumen y por estilo, con productores como Bisol, Nino Franco, Villa Sandi o Mionetto ampliamente difundidos. Para celebraciones más formales, la región de Franciacorta, en Lombardía, ofrece una alternativa elaborada por método tradicional, con casas como Ca’ del Bosco o Bellavista.
La bebida comparte protagonismo con otros gestos tradicionales, como las lentejas asociadas a la prosperidad económica. Consumidas a medianoche, simbolizan abundancia y continuidad para el año que comienza, una creencia ligada a su forma similar a pequeñas monedas. La celebración suele completarse con cotechino o zampone, embutidos frescos de cerdo típicos de la ocasión. El espumante acompaña el momento en el que la mesa se detiene y el calendario cambia.
Francia y el peso de una tradición consolidada
En Francia, brindar con champagne conserva un sentido cultural muy definido. No se trata únicamente de una elección de calidad, sino de una continuidad histórica. Abrir una botella de Roederer, Krug, Taittinger o Ruinart en Año Nuevo es una práctica habitual que se extiende incluso a reuniones informales, donde el champagne mantiene su lugar como referencia. Su influencia es tal que continúa funcionando como punto de comparación para el resto de los espumantes del mundo.
Alemania y Austria desarrollaron una tradición distinta, centrada en el sekt. Durante años fue considerado un espumante sencillo, hasta que productores como Raumland o Schloss Vaux comenzaron a trabajar con mayor precisión y calidad. El brindis de Silvester, que toma su nombre del papa Silvestre I, suele ser sobrio y se integra a una comida prolongada, más orientada a la intimidad de la celebración. El saludo “Guten Rutsch” resume esa idea de transición gradual hacia el nuevo año.
Supersticiones, deseo y gestos precisos
En Rusia y en parte de Europa del Este, el brindis de Año Nuevo tiene una carga simbólica particularmente fuerte. El ritual de escribir un deseo, quemarlo y beber las cenizas disueltas en la copa concentra toda la atención en ese minuto exacto. La bebida suele presentarse como “champagne”, independientemente de su origen. Más allá del uso incorrecto del término —ya que se trata de una denominación de origen controlada—, lo central es su función ritual. El gesto se vive con intensidad y cierta solemnidad.
Japón ofrece un contraste claro. El Año Nuevo se recibe con sake y con una serie de rituales formales. El o-toso, sake infusionado con hierbas, se comparte para atraer salud y longevidad. El kagami-biraki, la apertura ceremonial de un barril, refuerza la idea de comenzar el año de manera ordenada. Como dictan las costumbres japonesas, la atención al detalle ocupa un lugar central.

El brindis actual como símbolo de identidad y elección
En Estados Unidos, el brindis combina tradición y espectáculo. La cuenta regresiva de Times Square se convirtió en una imagen global, reproducida en películas y series, aunque en la mesa privada conviven múltiples opciones. Schramsberg, elegido para celebraciones presidenciales, y Domaine Carneros, con su herencia francesa adaptada a California, son ejemplos de esa diversidad. El champagne clásico mantiene su presencia, pero ya no es exclusivo. El brindis refleja una cultura donde lo público y lo privado conviven.
El Reino Unido y Sudáfrica demostraron que es posible construir prestigio en poco tiempo. Nyetimber se posicionó como referente del English sparkling wine, mientras que Graham Beck consolidó al cap classique como una opción reconocida a nivel internacional. Ambos casos evidencian un cambio en la lógica del lujo: hoy se valora tanto la consistencia como la historia. El brindis ya no exige una procedencia específica, sino coherencia entre producto y contexto.
En Argentina, el brindis de Año Nuevo se da en un clima distinto. La celebración está marcada por el verano, el calor y las reuniones familiares, con sobremesas prolongadas que definen el ritmo de la noche. El espumante ocupa un lugar central, sin protocolos rígidos. Chandon Argentina logró instalar una presencia fuerte en la celebración, acompañada por una oferta cada vez más diversa. Brut, rosé y nature aparecen según el gusto de cada mesa. El brindis funciona como un gesto compartido, integrado a la reunión.
El brindis de Año Nuevo no responde a una moda pasajera. Es una costumbre que se adapta sin perder su función principal: marcar el comienzo de un nuevo ciclo. Cada país lo hace a su manera, con sus bebidas, sus marcas y sus costumbres. Algunos comen uvas, otros queman deseos, otros sirven sake, otros descorchan champagne. Lo que se repite es el gesto de levantar la copa y detener el tiempo por un instante. En ese momento, más allá de la bebida elegida, el año empieza.
