(Por José de Alzaga).-Amigo Lector: Escribo estas líneas alojado en el Mandarin Oriental Ritz Madrid, recién llegado desde Davos, donde el mundo simula gobernarse entre consensos de utilería y promesas recicladas. Hice una pausa mínima —lo justo para cambiar de saco— porque los acontecimientos que rodean a Nicolás Maduro y el destino inmediato de Venezuela no admiten distancia ni neutralidad. El colapso de un régimen, la soledad del autócrata y el reordenamiento del poder regional exigen presencia. Cuando el poder real se mueve, no convoca conferencias: se repliega y decide.
La invitación a Madrid no llegó por vía diplomática ni por cortesía social. Llegó de la mano de Luis Gómez-Acebo Botín, banquero privado de bajo perfil, viejo conocido, de esos que no figuran en suplementos ni conceden entrevistas, pero que administran patrimonios cuando los Estados dejan de hacerlo. No es un nombre para titulares; es un nombre para llamadas discretas. La reunión no busca juzgar a nadie: busca ordenar el día después.
Diré, para ilustrar a los legos, que Venezuela no es un accidente histórico ni un exceso ideológico. Es el resultado previsible de un régimen tosco, depredador y obscenamente incompetente, que confundió revolución con saqueo, soberanía con encierro y liderazgo con administración sistemática del hambre. No hubo épica: hubo degradación planificada.
Madrid no es casualidad. Concentra hoy lo que otros centros ya no logran reunir en una misma mesa: capital venezolano expatriado, banca privada europea, despachos jurídicos expertos en sanciones, empresarios españoles con memoria larga en América Latina y operadores que hablan tanto con Washington como con Caracas sin dejar huellas. Aquí no se decide el destino de Venezuela. Aquí se acomodan los intereses antes de que el destino se vuelva inevitable.
Lo ocurrido ayer no inauguró justicia ni anunció redenciones. Marcó algo más definitivo y, para ciertos espíritus, intolerable: el abandono. Distintos actores, al mismo tiempo, dejaron de sostener a ese déspota menor, a ese usurpador sin linaje, a ese gerente vulgar de una tragedia que jamás comprendió. No hubo comunicados ni gestos épicos; hubo puertas que dejaron de abrirse y llamadas que ya no se atienden.
El dictador no cayó: quedó solo. Y en esa soledad se revela la verdad más humillante para Nicolás Maduro: su poder nunca descansó en convicción ni en adhesión, sino en la tolerancia interesada de quienes lo usaron mientras sirvió y lo abandonan ahora que estorba.
Desde una ventana alta del hotel, con la ciudad ordenada avanzando abajo como si nada, se entiende mejor el mecanismo. Las dictaduras no terminan por heroísmo ajeno ni por indignación moral. Terminan cuando sostenerlas resulta más caro que soltarlas. El poder no se vuelve justo: se vuelve práctico.
El régimen fue sostenido durante años por una fauna internacional despreciable: burócratas cobardes, diplomáticos de alquiler, ideólogos de café caro y revolucionarios de catálogo que defendieron la miseria ajena desde la comodidad climatizada.
No fue ingenuidad ni error de lectura. Fue cinismo organizado, una sociedad explícita entre crueldad y negocio. Nada distinto —por escala, no por método— a lo que practican los medios domesticados por la pauta en mi querida Salta de los Milagros, donde el silencio también se compra y la verdad se administra.
Cuando ese entramado empieza a resquebrajarse, aparece el asombro fingido: comunicados solemnes, declaraciones tardías, redescubrimientos morales. Todos sabían. Sabían del hambre, de los presos, de los muertos. Callaron porque convenía. Hablan ahora porque conviene otra cosa.
Aquí está la clave que ordena la escena: las dictaduras no caen cuando se vuelven injustas —eso lo son desde el primer día—. Caen cuando dejan de ser útiles. No las derriba la verdad; las abandona el cálculo. No las vence la moral; las suelta el interés. El poder no se humaniza: optimiza riesgos.
Confieso que escribo estas líneas exultante. No por arrebato ni por ingenuidad, sino por una convicción largamente postergada que hoy se confirma. Estados Unidos volvió a ocupar el lugar que nunca debió ceder. El mundo, otra vez, tiene sheriff. Y cuando el sheriff regresa, no lo hace para pedir consenso, sino para restablecer el orden.
Washington vuelve a ser el dueño del tablero, el garante último de honores, libertades y equilibrios que Europa administró con cobardía retórica. No es imperialismo sentimental; es realismo adulto. Cuando nadie quiere hacerse cargo, alguien debe hacerlo. Esta vez, América decidió volver a mandar. Y el mundo —aunque no lo confiese— lo necesitaba.
Cierro la jornada con una copa de Santa Teresa 1796 Bicentenario, ron venezolano ultra añejo, profundo y severo, producido en ediciones limitadas y reservado para mesas que nunca confundieron épica con realidad. Una botella que supera holgadamente los quinientos dólares, pensada para atravesar el tiempo y sobrevivir —como tantas fortunas— a regímenes de izquierda, socialismos de consignas huecas y gobiernos que dicen gobernarlo todo mientras saquean en nombre del pueblo.
A mi lado, un reloj de bolsillo Patek Philippe, heredado de mi abuelo —que entendía el poder como responsabilidad y no como botín— marca las horas con una precisión que a esos experimentos populistas siempre les faltó. Y vuelve entonces una verdad literaria que la política insiste en confirmar, formulada por Antón Chéjov: “Si en el primer acto cuelgas un arma en la pared, en el siguiente debe dispararse. Si no va a ser usada, no debería estar allí.” El arma, Estados Unidos la tuvo a la vista demasiado tiempo. El resto es consecuencia.
Hasta la próxima.
