(Por Carolina Mena Saravia para El Intransigente).- Mauro Colagreco es uno de los chefs más influyentes del mundo, y 2025 volvió a confirmarlo con dos nuevas estrellas Michelin: una en Londres y otra en Tokio. Su nombre, asociado desde hace años a Mirazur en Menton, se convirtió en una referencia global para quienes buscan una cocina precisa, luminosa y profundamente conectada con el territorio. Esta expansión —coherente y sin estridencias— explica por qué su trabajo vuelve a dominar la conversación gastronómica internacional.
Mirazur, su restaurante en Menton, sigue siendo la piedra angular de su estilo. Allí cocina entre limoneros, brisa del Mediterráneo y una huerta biodinámica que funciona como laboratorio botánico. Ese entorno moldeó su visión: platos puros, sabores directos y una estética vegetal que lo distingue desde sus inicios. Sin embargo, su universo ya no se agota en la Costa Azul. Londres y Tokio ampliaron su mapa sin traicionar su identidad.
En Londres, Colagreco apostó por una cocina depurada. La ciudad, famosa por su ritmo acelerado, encontró en él una propuesta serena y precisa. Presentó platos diseñados desde el producto, sin artificios, y la Michelin premió la autenticidad. Su estrella británica no llegó por marketing, sino por claridad conceptual y una técnica que no necesita gritar.
Tokio exigió un tipo de sensibilidad distinto. El antiguo Edo valora la minuciosidad, y Cycle, su restaurante japonés, respeta ese código sin perder identidad argentina-francesa. La estrella otorgada en Japón confirmó que Colagreco puede absorber una cultura culinaria sin reducirla a guiños superficiales. Allí compone platos donde el territorio japonés aparece filtrado por su mirada personal.
El vino acompaña este recorrido global. Colagreco prefiere etiquetas que prolongan su cocina: blancos de acidez precisa, vinos tensos y transparentes. En Londres predominan los rieslings vibrantes, los chardonnays austeros y los espumosos secos. En Tokio, los vinos de montaña y perfiles verticales acompañan la delicadeza vegetal de Cycle. En Menton, los blancos mediterráneos respiran brisa marina y completan el paisaje del menú.
El último paso de Colagreco por Argentina
En su paso por Argentina en 2025, Colagreco reafirmó su filosofía: respeto profundo por el producto, rechazo al exceso y una visión ética de la gastronomía. No utiliza la palabra “sustentabilidad” como consigna, sino como práctica cotidiana. Su cocina parte siempre del lugar y termina en el comensal, sin atajos.
En Mirazur brillan platos que sintetizan su ADN. Hojas, flores y cítricos del jardín expresa su vínculo con la huerta. El Lenguado con emulsión de cítricos de Menton retoma el diálogo entre mar y limonero, uno de sus sellos más reconocibles. Y el Postre de cítricos de Menton —kumquats, limas, pomelos y limón criollo— es una de sus creaciones más celebradas, luminoso y perfumado.
En Londres destacan preparaciones como el Rodaballo de Cornualles con manteca avellanada y alga kombu, un plato que deja hablar al pescado sin interferencias. También el Cangrejo de Dorset con crema de coliflor y manzana verde, donde frescura y untuosidad conviven sin peso.
Tokio ofrece otra sensibilidad. El Sashimi vegetal de estación, elaborado con hortalizas tratadas con la delicadeza del pescado crudo, refleja su lectura japonesa del producto. El Arroz con caldo de shiitake, shiso y yuzu resume la esencia de Cycle: técnica precisa, ligereza y un respeto absoluto por el sabor.
El vino vuelve a unir estas geografías. En Menton domina la salinidad mediterránea; en Londres, vinos verticales; en Tokio, blancos sutiles que sostienen la ligereza. Distintos países, un mismo criterio.
El mundo lo admira porque no busca coleccionar títulos. Cada estrella Michelin que recibe no es un trofeo, sino la consecuencia de una manera de trabajar: rigurosa, silenciosa, fiel a sí misma. Londres y Tokio no son expansiones oportunistas, sino elecciones meditadas. Mientras muchos chefs multiplican franquicias, Colagreco insiste en que cada restaurante tenga alma. Y lo consigue.
