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VIDA Y ESTILO

Dry Martini: por qué el cóctel de James Bond sigue más vigente que nunca

 

¿Podríamos imaginar a este duro agente con una copa de otra bebida?

 
Dry Martini

(Por Carolina Mena Saravia para El Intransigente).- El dry martini es la marca registrada de James Bond, al punto de que no podríamos imaginar a este duro agente con una copa de otra bebida. Un british, very british que se precia de serlo, elegante y sofisticado, necesita una bebida que lo acompañe, que esté a su altura. Cuando Ian Fleming escribió su primer libro, “Casino Royale”, el personaje de James Bond distaba mucho de ser el rudo agente 007.

Y se entiende por qué. Al ser el primer libro de la saga que catapultaría por las nubes la fama de James Bond, el autor quiso, por única vez, que su protagonista pidiera un Vesper Martini, en esa recordada escena donde, entre fichas de juego y miradas, le pide al camarero dándole estrictas instrucciones: “Tres medidas de Gordon’s, una de vodka, media medida de Kina Lillet. Agítelo bien hasta que esté helado, luego añada una gran lámina delgada de piel de limón. ¿Lo ha anotado?”, con gesto firme y seguro.

Y allí comenzó a rodar la leyenda, porque fue la única vez que Bond pide este trago, una variante del dry martini que elegiría de allí en más. Las razones para tal cambio fueron su desengaño amoroso, y ese trago que lleva el nombre de Vesper Lynd, la mujer de la cual se había enamorado, pasa a ser un recuerdo lejano luego de que ella se quitara trágicamente la vida, víctima de la manipulación a la que había sido sometida para traicionar el amor de él.

Es en esta escena donde se produce el entierro de su faceta romántica, crédula del amor. Ya nunca más se dejaría sorprender, al menos en su corazón, y nace ese Bond que luego vemos a lo largo de los diferentes films producidos por Eon, compañía que compró a Ian Fleming los derechos para llevar al cine sus libros.

Cuando de proporciones se habla

La proporción original del Vesper Martini combina tres partes de ginebra, tradicionalmente Gordon’s, una parte de vodka y media parte de Kina Lillet, un vino aromatizado con quinina que hoy ya no se produce. En términos de volumen actual, esto equivale aproximadamente a 45 mililitros de ginebra, 15 de vodka y 7,5 de Kina Lillet, perfumado únicamente con un twist de limón, sin aceituna ni otros adornos, reforzando el perfil seco y afilado del trago.

Bond especifica además que el cóctel debe agitarse enérgicamente con hielo hasta quedar extremadamente frío y luego colarse en una copa de cóctel sin hieloShaken, not stirred (agitado, no revuelto), una alusión a la transgresión digna del 007, porque hasta ese momento se acostumbraba a tomarlo revuelto, como aconsejaban los bartenders, para que se mezclaran los ingredientes suavemente y lograr así equilibrio, claridad y elegancia.

Dado que el Kina Lillet dejó de producirse en su formulación original, hoy muchos bartenders recurren a alternativas como Lillet Blanc o Cocchi Americano para aproximarse al amargor y al perfil aromático original, una decisión que sigue generando debate entre puristas sobre cuál de las dos opciones se acerca más al espíritu del Vesper.

Dry Martini

Allá lejos y hace tiempo

Su origen no es tan claro como su imagen. El martini, tal como se lo conoce, no fue inventado por una sola persona ni en un momento determinado. A fines del siglo XIX, cuando la coctelería comienza a ordenarse, aparece el “Martinez cocktail”, una bebida más dulce, con gin y vermut italiano, considerada el antecedente más directo. A partir de ahí, el martini inicia un proceso de depuración que lo llevará a su versión actual.

El Martinez aparece como factor clave en la genealogía del martini. Es, para la mayoría de los historiadores de la coctelería, el eslabón más claro entre los cócteles dulces del siglo XIX y el martini moderno. Así cobra vida cuando su nombre empieza a circular en Estados Unidos hacia la década de 1860–1870, especialmente en la Costa Oeste, y se lo vincula con la ciudad de Martinez, California, aunque, como ocurre con muchos clásicos, el origen exacto se mueve entre el mito y se desdibuja con el tiempo.

En términos de receta, el Martinez es sensiblemente más dulce que el dry martini tal como lo conocemos hoy. Combina ginebra —en esa época, frecuentemente se usaba Old Tom, más suave y azucarada—, vermut italiano dulce, licor de marrasquino y, en algunas versiones de los primeros tiempos, bitters. Es un cóctel aromático, redondo, más cercano al gusto decimonónico que al ideal seco y afilado del siglo XX.

La legitimación definitiva del Martinez llega cuando aparece por escrito en una de las obras fundacionales de la coctelería. En 1887, “The Bar-Tender’s Guide”, el manual del célebre bartender estadounidense Jerry Thomas, incluye una receta titulada “Martinez Cocktail”. Ese dato es decisivo: confirma que el trago existía y circulaba, y lo fija como parte del ritual de la mixología cuando la coctelería daba sus primeros pasos para consolidarse con la potencia de la que hoy hace gala.

La presencia del Martinez en la guía de Jerry Thomas también explica algo más amplio: el martini no nace seco, como se lo conoce hoy. El martini nace dulce y especiado, con cierta complejidad, ropaje que fue perdiendo con el correr del tiempo y del gusto anglosajón, que fue mutando hacia sabores más secos y directos. Así, el vermut italiano va dejando paso al muy coqueto vermut francés seco, desaparece como por arte de magia el marrasquino y la ginebra gana protagonismo. Así, purgando y mutando, surge el martini, para luego convertirse en el dry martini de la actualidad.

Por eso, cuando surge la típica pregunta “¿Quién fue el autor del martini?”, aparece rápidamente la respuesta de que nadie lo inventó de una sola vez. La prueba está en el Martinez. Este trago es el antecedente documentado que permite ver el proceso que se abre paso entre dos épocas y muestra cómo los gustos van moldeándose con el tiempo. Sin el Martinez, y sobre todo sin su aparición en la guía de Jerry Thomas, el martini sería solo un mito que hace gala de elegancia; con él adquiere prestancia y eleva su estatus a la estratósfera, al punto de que no hay bar que se precie de tal que no lo ofrezca en su carta de tragos.

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