(Por Diego Nofal).- El fantasma de aquel febrero caliente del 2010 vuelve a pasearse por los valles de Catamarca y el gobernador Raúl Jalil ya siente el cosquilleo en la nuca que precede a los grandes dolores de cabeza. A exactamente 16 años de la salvaje represión, contra la lucha antiminera, que marcó a fuego la memoria colectiva de Andalgalá, las asambleas ambientales de la zona han comenzado a reorganizarse con una energía que pocos esperaban y que amenaza con desordenar los planes de la Casa de Gobierno.
Corría el año 2010 cuando el pueblo de Catamarca en general y el de Andalgalá en particular se levantaron contra la explotación minera que pretendía hipotecar su futuro a cambio de promesas vacías.
Aquel verano del 2010 se desató durante el mes de febrero una salvaje represión contra todos aquellos que estaban en contra de que la megaminería se quede con el agua de quienes habitaban la zona y defendían sus territorios con lo puesto.
El recuerdo de la pueblada de 2010 y la lucha antiminera
Aquella pueblada logró detener por varios años a los proyectos mineros y obligarlos a presentar detalles de impacto ambiental cada vez más estrictos aunque sin lograr disipar jamás la sombra de la sospecha ciudadana. Sin embargo, el tiempo y la burocracia jugaron su partida y los proyectos siguieron avanzando silenciosamente hasta que el año pasado se les otorgó a las mineras del proyecto Agua Rica el uso indiscriminado de agua de vertientes.
Esos permisos que permitían succionar el líquido vital de las nacientes de los ríos que le proveen agua a Andalgalá acaban de expirar generando una ventana de oportunidad para la discusión. Pero lejos de calmar las aguas, además de su renovación se anunció también que volverá a funcionar el proyecto minero Bajo la Alumbrera que los lugareños recuerdan con el mismo cariño que se recuerda una gripe mal curada. Ese emblema de lo mal que se manejó la minería en nuestro país nunca logró cumplir nada de lo prometido ni el desarrollo de los pueblos ni evitar la contaminación ambiental que denunciaban los activistas.
De hecho, uno de sus directivos terminó preso por la contaminación a la que sometió a la cuenca Salí Dulce demostrando que cuando el río suena no siempre es agua lo que trae sino a veces metales pesados y promesas rotas. Hoy con la reactivación del proyecto mina Bajo la Alumbrera y Agua Rica en danza el gobernador Raúl Jalil decidió sumar leña al fuego presionando para que se modifique la ley de glaciares y pueda usarse sus reservorios de agua para la actividad minera.
Los glaciares, esos gigantes de hielo que los mendocinos y sanjuaninos miran con devoción, ahora son vistos por Catamarca como posibles botines de guerra hídrica para alimentar molinos.
Frente a este panorama, los pueblos de Andalgalá y varias asambleas ambientales comenzaron a agitar nuevamente la resistencia con la paciencia de quien sabe que el agua no es un recurso sino la madre de todos los recursos posibles. Sirvió mucho el aniversario de la represión para que pudieran verse las caras y recordar que fue su pueblada la que paró durante más de una década proyectos mineros que amenazaban la subsistencia de los pueblos de la zona.

Jalil mira de reojo y piensa en cómo afectará a su imagen
Raúl Jalil mira de reojo porque sabe que su alicaída imagen social no soportará una pueblada de estas dimensiones sin sufrir consecuencias políticas impredecibles en un año que abrirá el debate electoral de cara al 2027 y será más que sensible.
La historia tiene la costumbre de repetirse, primero como tragedia y luego como una advertencia que nadie quiere escuchar hasta que el agua deja de salir por la canilla. Mientras tanto, en las laderas de los cerros andalgalenses, las asambleas se reúnen al calor de la memoria y la certeza de que defender el agua no es ser antiminero sino simplemente pro futuro.
Y es que a 16 años de aquellos golpes y gases, los pobladores han aprendido que la mejor manera de honrar a quienes resistieron es no dejar que el polvo de los caminos mine la memoria de aquellos que dieron todo por defender su tierra.

