(Por Diego Nofal).- En medio del debate que terminó con la media sanción de la reforma de la Ley de Glaciares (Nº 26.639) en el Senado, una voz científica se alza para advertir sobre lo que considera un error estratégico de consecuencias «irreversibles». No se trata solo de un ajuste normativo, sino de una intervención en un sistema hídrico frágil y complejo que sostiene la vida en las zonas áridas de Catamarca y abastece a cientos de miles de personas aguas abajo.
Así lo plantea la ingeniera en Paisajes Claudia Marcela Romero, quien en un análisis titulado “Todo tiene que ver con todo” expone los riesgos de modificar el régimen de protección de glaciares y ambiente periglacial en un momento crítico de vacancia de información científica.
El principal cuestionamiento de Romero no es solo político, sino metodológico. La especialista señala que la reforma aprobada en el Senado pretende redefinir qué áreas quedan protegidas bajo un criterio de «función hídrica relevante«, pero delega en las provincias, muchas de ellas con claros intereses en la explotación minera, la potestad de identificar qué cuerpos de hielo o periglaciales cumplen ese rol.
Qué dice el análisis de la experta en Paisajes
«Modificar la ley entregándole la potestad de identificación a quien tiene conflicto de interés para ejercerla, sobre un inventario científico incompleto y sin inventario de acuíferos, no es una adecuación normativa. Es una decisión con consecuencias irreversibles«, advierte Romero en su documento.
El problema de fondo, según la ingeniera, es que la ciencia aún no terminó su tarea. Si bien el IANIGLA-CONICET completó en 2018 el Inventario Nacional de Glaciares y actualizó en 2024 los datos para los Andes Desérticos, ese registro es solo una foto de ubicación. «Se sabe dónde están y cuántos son. No se sabe cuánta agua aporta cada geoforma ni cómo funciona cada sistema«, explica.
Romero, cita a la bióloga María Cristina Morláns para explicar la complejidad del territorio: «El paisaje no es la suma de las partes. Es la relación entre ellas». Esto implica que glaciares, permafrost, acuíferos subterráneos, vegas de altura y ríos no funcionan como compartimentos estancos, sino como un organismo vivo e interdependiente. «Un sistema no funciona por partes. Intervenir una afecta al todo», sintetiza.
El impacto en la Puna catamarqueña
En regiones como la Puna catamarqueña, donde las precipitaciones anuales oscilan entre los escasos 50 y 200 milímetros, esta interdependencia es letal. Allí, los glaciares y, sobre todo, los glaciares de escombros (periglacial) actúan como esponjas reguladoras. En años de sequía, estos cuerpos pueden aportar entre el 25% y el 50% del caudal de los ríos en los Andes áridos . Perderlos o dañarlos no es una cuestión menor: es condenar a la desertificación a comunidades enteras.
Otro de los puntos ciegos que la reforma no estaría contemplando es el agua subterránea. Romero advierte que, a la fecha, no existe un inventario nacional de acuíferos, un dato crucial para entender el funcionamiento hídrico de la cordillera.
Estudios recientes, como los publicados a principios de 2026 por el CONICET, revelan que bajo el suelo argentino se esconden aguas con edades que van desde los 6.000 años hasta más de un millón de años . En cuencas cerradas de la Puna, donde la evaporación supera ampliamente a las lluvias, estos acuíferos son «fósiles»: lo que se extrae no se repone a escala humana.
La ingeniera también pone el foco sobre la fiebre del litio. En los salares, donde se concentra la explotación del mineral, el delicado equilibrio entre acuíferos de agua dulce y salada puede romperse. «Al extraer salmuera se genera un desequilibrio de presión que puede inducir el ingreso de agua dulce al acuífero salino, salinizándola. Se pierden los dos», grafica Romero, haciendo eco de advertencias que organizaciones ambientales vienen señalando sobre el hiperconsumo de agua en la minería .

Una mirada más allá de Catamarca
El informe de Romero busca derribar la idea de que la protección de los glaciares es un problema exclusivo de las provincias cordilleranas. Las cuencas que nacen en Catamarca no mueren allí. Se integran a sistemas mayores, como la cuenca Salí-Dulce, que atraviesa cinco provincias y es la fuente de agua para cerca de 2,5 millones de personas.
«Cuando se debate la protección de los glaciares catamarqueños, se está debatiendo el agua de millones de personas que viven aguas abajo», sentencia.
Mientras el proyecto girado por el Senado espera su tratamiento en Diputados , el reclamo de la experta apunta a una premisa básica: no se puede gestionar lo que no se conoce. Y en este caso, el conocimiento que falta podría ser la diferencia entre el agua potable y el desierto.

