(Por Diego Nofal).- En el norte argentino, a veces las comparaciones resultan odiosas, pero en otras ocasiones se vuelven tan inevitables como un mate cocido en la mañana fría de altura. Los habitantes de Catamarca observan con una mezcla de esperanza y escozor el resurgir de la actividad minera en su territorio, especialmente con el proyecto integrado MARA que planea explotar Agua Rica y reactivar Bajo La Alumbrera .
El fantasma de lo que fue aquel emprendimiento original, un coloso que durante décadas removió tierra y generó divisas, planea sobre las conversaciones en los bares de Andalgalá y Santa María como un recuerdo que se niega a ser sepultado por el polvo de los caminos.
No se puede negar que Minera Alumbrera ha intentado pulir su imagen en la etapa de cierre con logros ambientales puntuales, como el reciclado del cien por ciento de sus neumáticos fuera de uso, transformando miles de toneladas de caucho en pisos para plazas y canchas deportivas .
También han presentado un plan de restauración ecológica que ya lleva más de ciento diecinueve hectáreas revegetadas con especies nativas, un trabajo que incluso recibió reconocimientos y la visita de expertos japoneses interesados en el modelo de remediación. Sin embargo, estos esfuerzos, loables en su intención, chocan de frente con la memoria viva de los pobladores que aún denuncian la contaminación del río Vis Vis y otros cursos de agua con metales pesados, una herida que el tiempo y los comunicados de prensa no logran cicatrizar .
Una herida que el tiempo no logró cicatrizar
El caso de La Alumbrera se convirtió en un emblema nacional de cómo la explotación minera puede fragmentar un territorio para llevarse los recursos a otra parte, y es precisamente ese modelo de enclave el que genera el rechazo actual. La mina estaba ubicada en Catamarca, sí, pero el corazón del proceso, la planta de molienda y el mineraloducto, beneficiaba principalmente a la provincia de Tucumán, donde se concentraba buena parte de la mano de obra calificada y el valor agregado.
Esa foto, la de Catamarca cargando con el cráter y los pasivos mientras otros se llevaban el trabajo fino, es la que los vecinos tienen grabada a fuego y la que ven repetirse en el espejo de los nuevos proyectos.
Hoy, la preocupación se centra en que la historia se repita con el litio y, sobre todo, con el ambicioso proyecto de Agua Rica, donde no se prevé la instalación de plantas de procesamiento profundo de minerales en la provincia. La lógica extractiva parece calcada: Catamarca entregaría sus recursos naturales, se sometería a procesos que dañan de manera permanente el medio ambiente y además pondría en riesgo el agua de los glaciares y zonas periglaciares, ecosistemas críticos para la provisión hídrica futura.
A cambio, recibiría migajas en forma de regalías y unos pocos puestos de trabajo que, como ocurrió antes, suelen esfumarse cuando cae el precio del commodity o la empresa decide que ya no es negocio quedarse. El peligro de tocar la zona glaciar y periglaciar no es una exageración de ambientalistas con bombos y platillos, sino una amenaza real y documentada.
Estos cuerpos de hielo y suelos congelados actúan como las esponjas más grandes de la cordillera, regulando el agua que bebemos y con la que se riegan los valles productivos. Cualquier intervención minera en esas alturas, con movimientos de roca y uso de sustancias tóxicas como el cianuro para la lixiviación del oro y el cobre, podría generar un desastre de proporciones incalculables, contaminando napas durante siglos y dejando un legado de aridez donde antes había vida.
Es la paradoja del desarrollo que promete riqueza pero a menudo termina condenando a la pobreza a las generaciones venideras, tal como denunció un fiscal federal al calificar estos crímenes como de lesa humanidad .

Un déjà vu para Catamarca
Para completar el cuadro de déjà vu, la empresa Glencore, uno de los socios principales del proyecto MARA y heredera de la vieja Alumbrera, ha vuelto a anunciar la apertura de una mina en la misma zona de Santa María, Catamarca . Este reinicio de operaciones, que se enmarca en la novena actualización del Informe de Impacto Ambiental, es visto por los escépticos como la confirmación de que el modelo no ha cambiado, sino que apenas ha recibido una capa de pintura verde para parecer más amigable.
Los catamarqueños, con la memoria de los desastres ecológicos aún fresca y la desconfianza a flor de piel, no piden que les regalen nada, solo exigen que esta vez, a diferencia de lo que ocurrió con La Alumbrera, el desarrollo minero no signifique, nuevamente, entregar su futuro a cambio de un puñado de piedras.

