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SOCIEDAD

La Odisea de los Giles: Catamarca, donde se «escucha» y se ignora al pueblo

 

Catamarca, con Raúl Jalil y empresarios complotados, es la provincia donde se escuchan quejas con los acuerdos ya firmados.

 
Catamarca

Todo salió «redondito». Si el objetivo de las charlas técnicas en Santa María, Belén y Andalgalá, provincia de Catamarca, era cumplir con el calendario burocrático sin despeinarse, entonces estamos ante un éxito rotundo del Estado provincial y la empresa MARA.

Mucho humo, poca consistencia. Técnicamente, el cuidado del medio ambiente se trató con una liviandad que asusta; laboralmente, nos dejaron promesas de empleo que apenas alcanzan para la foto familiar.

Seguimos en la etapa de «papá y mamá». Papá gobierno y Mamá minera. Nosotros pataleamos, hacemos el berrinche de rigor, pero al final se termina haciendo lo que ellos quieren. La transparencia es un eslogan, y la tranquilidad es un lujo que no figura en el informe de impacto ambiental.

Hay que reconocerles el aguante. Los gerentes de la empresa han desarrollado una piel de amianto. Vienen, se sientan y ponen esa cara de póker con mezcla de «padre comprensivo» mientras reciben los cachetazos. Es el teatro de la paciencia: permiten que el vecino se desahogue, que grite, que saque afuera años de frustración. Total, ellos saben que la catarsis no modifica el Informe de Impacto Ambiental.

¿Hay consenso? ¡Claro que sí! Hay consenso en que nadie entendió nada, pero los papeles dicen que «se consultó a la comunidad».

La asimetría del saber o el arte de preguntar a medias perdiendo la posibilidad de una solución efectiva. El problema es que estamos mandando a nuestros representantes a una pelea de pesos pesados con guantes de lana. Dicho a la inversa, la falta de profesionales técnicos en la Comisión municipal de Andalgalá no es un descuido, es una pieza clave del sistema. Los nuestros quedan atrapados en opiniones personales y reclamos emocionales porque no hay estudios específicos e información que les permita ir más allá. Cuando la pregunta es tibia y la respuesta es un «sí, quédese tranquilo», el círculo vicioso se cierra.

¿Qué vamos a discutir? ¿Si el agua es mojada? Porque de los temas de fondo, del aire y de la tierra, solo recibimos respuestas «light». La inconsistencia es tal que hasta la promesa de trabajo parece un favor de compromiso, una limosna laboral para que no hagamos tanto ruido mientras ellos hacen grandes negocios.

Da una mezcla de risa y ganas de llorar ver a nuestros expertos defendiéndonos como pueden. Pobres muchachos, los mandan a pelear contra la NASA con una gomera. Falta calle, falta profesionalismo y sobran ganas de quedar bien. No se ayudan ni se dejan ayudar. Mientras tanto, los jerarcas de Alumbrera-MARA o Glencore, se sientan ahí, al frente, con ese tonito de psicólogo de clase alta, a soportar las chicanas de los representantes del pueblo producto de la impotencia consciente. Los empresarios nos ofrecen la otra mejilla como si fueran mártires de la ecología, pero por dentro están contando los minutos para que el intendente de turno ponga el gancho (con la mano temblorosa) a la Declaración de Impacto Ambiental.

¿Por qué pasa esto? Sucede que, el que pregunta no tiene el dato fino o la información porque el Estado se la escondió toda la vida, por eso también el que responde miente con una soltura descarada. Nos tratan como niños que no saben limpiarse la nariz.

Si las charlas técnicas fueron este despliegue de vacuidad, las Audiencias Públicas prometen ser el gran final de esta farsa. Se han convertido en un trámite administrativo donde la transparencia es el decorado y la tranquilidad de la población es un estorbo. ¿Qué carajo van a discutir si no pueden salir de la catarsis? Es el objetivo cumplido: que la gente se canse, que el debate se agote en el griterío y que la verdad muera en un expediente de miles de hojas que nadie termina de leer jamás. Si las charlas técnicas fueron un bostezo, la Audiencia Pública va a ser el velorio de la transparencia.

Estamos en el horno y con el fuego al mango. MARA y el Gobierno actúan como el garca de la película que se queda con los dólares: nos miran con lástima, nos dicen que ‘la cosa está difícil’ y se retiran en 4×4. Somos los giles del corralito ambiental, masticando bronca mientras los de traje ya se repartieron el botín en una oficina con aire acondicionado. El guion es perfecto, lástima que el papel de boludo nos tocó a nosotros.

Por Juan Carlos Andrada