El Conde Matt en la Biennale di Venezia

Demitificamos al evento artie más importante del mundo.
<a href="https://elintransigente.com/espectaculo/2019/08/06/el-conde-matt-en-la-biennale-di-venezia/" rel="bookmark"><time class="entry-date published" datetime="2019-08-06T10:42:32-03:00">agosto 6, 2019</time><time class="updated" datetime="2019-08-06T10:42:33-03:00">agosto 6, 2019</time></a>

Buenas tardes, su señoría.  He aquí mi ser, escribiendo mi columna semanal de lo que viví en la semana y, como han notado en mis artículos anteriores, estuve la mitad de ella en la estancia, junto a todo el rebaño familiar, en una maravillosa casa que tiene la maldición de tener una cocinera fabulosa que nos hace sentir en un feedlot, por lo que en estos días me encuentro a dieta, pensando en cómo voy a hacer para pasar mi cumpleaños el miércoles sin excesos ni tentaciones.


Más allá de la flama estética que encendió nuestra sociedad en la cultura actual, la semana se mantuvo muy estática, con poco ágape en la agenda, por lo que mi mejor programa es contarles mis recuerdos recientes de la Biennale de Arte de Venecia. Esta es la muestra bi anual más importante del arte global.  Allí se han de mostrar las tendencias y los nuevos nombres que surgen. Como siempre, muchos pueden ver maravillas, y otros vemos grandes divagues que con el tiempo pasan a consagrarse. Aquí les dejo mi visión de la misma.

Comenzaré por contarles que la Biennale está dividida en dos grandes parques con varios pabellones adentro.  El primero de ellos es el Arsenalle, que está situado en en la parte de atrás de la ciudad, en un lugar de galpones que se acomodan entre medio del puerto de la policía, un gran astillero y otros galpones en ruinas.  Allí, en el medio de todo ese gran lado B de la ciudad, está la entrada al primer predio de la exposición: un gran salón donde se muestran los lineamientos de esa muestra en particular. Luego, están los stands de cada uno de los países que no tienen un pabellón permanente, que están situados en el otro predio.  

Después de recorrerlo todo, uno debe de caminar como 10 minutos a la otra punta de la isla donde se encuentra el Giardino, el segundo predio que, como dice el nombre, está entre grandes jardines y una gran laguna.  Allí es donde están los principales países que tienen directamente un pabellón propio y bienal tras bienal se instalan en su edificio.

Los highlights eran Francia, USA, Arabia Saudita, Tailandia, Bélgica, Rusia e Israel.  Además, había un stand con las telas de araña del argentino Tomás Saraceno que nos fascinó. Por último, algunos países exponían fuera de estos dos predios, en lugares particulares distribuidos por la ciudad.

El Stand argentino quedaba cerca de la entrada del Arsenalle, al principio.  Allí, al entrar, uno se encontraba con una gran faja que tenía el logo y la marca país, junto al nombre de la artista Mariana Tellería y debajo el siguiente lema:”El nombre de un país”.  Su muestra estaba compuesta por tres grandes estructuras hechas de telas, tubos de hierro, piezas de automóviles, muchas puertas de vehículos y una de ellas con todo el frente del mismo con las luces prendidas.

Además, había ruedas y muchas cruces.  Las piezas terminaban en hierros retorcidos, como si los vehículos nos condujeran a nuestro destino que finalmente es la muerte. Debo confesar que no me gustó, aunque creo que había un trabajo, un razonamiento y una obra que estaban allí, con un mensaje completo y artístico.

En general, hubo pocas cosas que me gustaron de la Biennale.  Por ejemplo, la muestra de las grandes esculturas de gorros frigios que se exponían en versiones muy variadas en el pabellón americano.  También admiré la forma en que compusieron el montaje de la polución marina que planteaba Francia, al hacer las piezas de agua en acrílicos con obras de arte que representaban peces muertos, desechos tecnológicos que iban desde celulares viejos hasta baterías tiradas y demás artículos de nuestra sociedad en forma de basura. 

Me atrajo muchísimo la puesta en escena del pabellón ruso, en el que uno entraba a oscuras y se encontraba con esculturas e instalaciones de orden religioso tradicional de la iglesia ortodoxa basadas en un versículo del evangelio de San Lucas. Por último, me gustó mucho la puesta interactiva de Arabia Saudita, con obras de arte que recordaban al bosque y que, si uno las tocaba, producían distintos sonidos. En el pabellón de Indonesia, llamado “Versos perdidos”, uno podía recorrer un laberinto de cajas de cristal con los más diversos objetos dentro y con un número en la tapa. Al final, se podían ingresar los números de algunas cajas en una especie de calculadora e imprimir una poesía. 

Lo que no me gustó pero respeté, porque considero que tenían un trabajo hecho, un mensaje y lograban la interacción con el público, fueron las miles de video performances y videoartes.  Creo que eran demasiadas, que no aportaban algo nuevo, más allá de la corta reproducción de una situación puntual.

Entiendo que para ello está el festival de cine o videoarte. Puede haber alguna videopreformance, pero en ésta bienal usaron ese recurso hasta el cansancio, uno ya ni las miraba.  El stand argentino no me atrajo, pero lo respeto. Al pabellón peruano de las prostitutas travestis no lo sentí ni shockeante, ni bueno. Algo burdo y nada más.  

Lo que me pareció directamente un divague fueron todos aquellos que me tomaron el pelo.  Cada vez hay más artistas y países que buscan como arte la reacción de desconcierto en mí.  Quieren lograr que yo mismo dude de mis propios preconceptos y crea que no sé nada de nada de arte y sin embargo el que me pongan una silla de playa con una sombrilla no es digno de una muestra de esta envergadura, en tal caso debería estar en la vidriera de un local de artículos para el jardín. 

Valga esto como un mero ejemplo de la mitad de todo lo expuesto. Yo sí confié en mi instinto y me dije: Par Diez! Esto no es arte bajo ningún concepto y se están riendo de mí. En conclusión, me gustó mucho haber podido visitar la Biennale.  Es toda una experiencia el salirse del itinerario medieval y romántico de Venecia para caer en las garras de la modernidad más cruda, y a veces absurda, totalmente de avanzada: poder discutir sobre aquello que me presentan como lo último de lo último y analizar si lo considero o no, más allá de mis refinados gustos.

Como dice el lema de ésta edición de la Biennale “May you live in interesting times” (Ojalá vivas en tiempos interesantes). Y de eso se trata, de lo que logramos hacer con todo lo nuevo, dónde lo colocamos en nuestra sociedad y cómo nos va cambiando a nosotros mismos.  Si querés saber más sobre la vida de El Conde Matt, seguilo en @elcondematt. Agradecimiento: Gonzalo Gallego.