Ruinas de San Ignacio Miní: de día y de noche

Imponente y emocionante. Estas construcciones son de visita obligada, también a la luz de la Luna.
<a href="https://elintransigente.com/mundo/glam/2019/06/11/ruinas-de-san-ignacio-mini-de-dia-y-de-noche/" rel="bookmark"><time class="entry-date published" datetime="2019-06-11T21:43:54-03:00">junio 11, 2019</time><time class="updated" datetime="2019-06-11T21:43:56-03:00">junio 11, 2019</time></a>

Las Ruinas de San Ignacio Miní, en la provincia de Misiones, son las más famosas y mejor conservadas de todas las reducciones jesuíticas que existieron en Argentina. Son Monumento Nacional desde 1943 y Patrimonio de la Humanidad UNESCO desde 1984. Se encuentran a unos 60 kilómetros de Posadas, la capital provincial, con lo cual están muy bien comunicadas por la Ruta Nacional Nº 12.

Lo mejor, aconseja nuestro especialista en viajes Johann Arndt, si se viene haciendo un recorrido por la provincia, es dejar San Ignacio Miní para el final. Si llegan desde alguna de las otras reducciones jesuíticas de la zona (y sería un “pecado” no hacerlo), enseguida notarán cuanto más grande es esta estructura y la mayor cantidad de visitantes recibe, en comparación a las otras reducciones vecinas.

Luego de pagar la correspondiente entrada, se accede a un centro de interpretación en donde hay fotos, dibujos, muñecos y maquetas que explican la disposición que tenía la reducción y todo lo referente a su modo de vida, costumbres e historia, pero lo mejor está apenas al salir.

La Misión de San Ignacio fue originalmente fundada en 1610, en la Región del Guayra (actual estado de Paraná, en Brasil) por los padres Simón Masseta y José Cataldino, quienes también habían creado, en la misma zona y durante ese año, la Reducción de Nuestra Señora de Loreto.

Hasta hace muy poco, los Jesuitas tenían misioneros itinerantes que, pese a funcionar como “punta de lanza” en esta primera incursión en América del Sur, no había arrojado demasiados resultados satisfactorios a la orden religiosa. A partir de entonces, se decide fortalecer la labor fundando reducciones, ya que los religiosos sentían que habían llegado tarde a todas las posibilidades que significaba el Nuevo Mundo.

El actual emplazamiento quedó establecido recién en 1696, tras haber guiado “río abajo” por el caudaloso Paraná a unos 12.000 indígenas evangelizados por la Compañía de Jesús que buscaban zonas más pacíficas.

Solo desde entonces lleva el nombre de San Ignacio Miní (la menor), para diferenciarla de San Ignacio Guazú (la mayor), una reducción anterior que también llevaba el nombre de Ignacio de Loyola, un líder religioso español de la Contrarreforma, con pasado militar. Fue fundador de la Compañía de Jesús (los Jesuitas), que respondía solamente al Papa. En 1622 fue canonizado por la Iglesia Católica, y desde entonces es conocido y venerado como San Ignacio de Loyola.

Durante dos siglos se fundaron desde aquí otras misiones en la zona, pero estas primeras, me refiero a las reducciones de Loreto y de San Ignacio Miní, fueron las únicas que lograron sobrevivir a los ataques de los Bandeirantes, hasta que finalmente fueron destruidas por estos “piratas de tierra” durante las Invasiones Paraguayas de 1817. La misma suerte corrieron las otras reducciones a manos de estos hombres llegados desde Sao Paulo, el escollo más serio (junto a algunos belicosos indígenas) al que tuvieron que enfrentarse los Jesuitas.

A diferencia de muchas, la reducción de San Ignacio Miní nunca estuvo abandonada del todo. Hubo un intento de repoblación y más tarde un conjunto de indígenas Guaraníes volvió a establecerse ahí hasta 1821, año en el que fueron los Paraguayos quienes volvieron para asolar lo que aún quedaba de las misiones jesuíticas de la zona.

Al poco andar se llega a la postal más famosa de San Ignacio Miní, que no es más que una suerte de “arco de entrada” de arenisca rosada, y que resulta ser el sitio más fotografiado del lugar. Quizás está demasiado intervenido por la mano de los restauradores, pero de todos modos se aprecia un buen ejemplo del Barroco Americano propuesto por los artesanos de la orden religiosa para sus edificios más importantes, con claras influencias del arte de los sensibles Guaraníes.

Esta era mi tercer visita a las Ruinas de San Ignacio, pero nunca había venido de noche. Las primeras veces probablemente ni siquiera haya existido el “Show de Luces y Sonido” que ofrecen como complemento a la reducción más famosa de la provincia de Misiones. Pero, de todos modos, siempre me las había arreglado para llegar con la fresca. Esta vez, y ante esta oportunidad (y porque también dormiría cerca), me quedé a ver la caída del sol en este territorio tan Guaraní, a la espera de la oscuridad.

Éramos un grupo, no lo recuerdo bien pero supongo que entre todos sumábamos unas 20 personas, o quizás un puñado más, todos dispuestos y ansiosos por iniciar este show guiado por las ruinas, pero de noche, lo cual sin dudas suma unos porotos a la experiencia.

Para mi sorpresa, el espectáculo está muy bien montado, con lo que parecen ser (no soy experto) equipos multimedia de primer nivel, con un sonido envolvente e imágenes proyectadas en los muros, a las que solo le faltan unos anteojos 3-D para convertirla en una experiencia inolvidable. Para compensar, la visita puede ser seguida en cuatro idiomas diferentes.

En la primera parte de este espectáculo de “Son et Lumiere”  son los animadores quienes comienzan a captar nuestra atención por el empeño que le ponen a la tarea que les fue encomendada. Hay una introducción histórica por parte de los guías, que para los más entendidos carece de sustento y veracidad. De todos modos, se entiende la licencia poética que se toman para darle más valor al sitio. 

Solo a partir de entonces es que el juego de luces y sonido sobre los muros de las ruinas comienza a tomar verdadera parte en este recorrido. A través de ello, se narra y muestran las costumbres, ritos, tradiciones y modo de vida de los Guaraníes, antes y durante los años en los que estos fueran evangelizados por la Compañía de Jesús.

Este recorrido de cierre de jornada hace sentir especial al visitante, ya que puede “penetrar” en algunos lugares exclusivamente abiertos para el show nocturno, como los cuartos de los Padres y algunos otros pocos recintos, gracias a las proyecciones nocturnas que complementan la escena.

El resto es puro goce cuando vemos las ruinas del entorno cambiando de color e iluminadas con lo justo para dotar de profundidad al conjunto edilicio y, ya que estamos, mostrando por donde caminar entre tanta oscuridad.

Tal como ocurría en la gran mayoría de las misiones jesuitas, la vida se organizaba alrededor de la plaza principal. Es decir, allí estaban sus edificios más importantes, como la Iglesia, el Cabildo, la Casa de los Padres o sacerdotes, la escuela, los depósitos, las fábricas, los talleres, las carpinterías o herrerías, e incluso los sitios en donde fabricaban pólvora, costumbre que se repitió en casi la mitad de las reducciones, por pura necesidad de defensa frente a los constantes ataques de los Bandeirantes.

Cabe recordar que los indígenas evangelizados eran muy bien tratados dentro de las reducciones Jesuitas, y tenían los mismos derechos que los españoles. En el caso de los Guaraníes, fue mas fácil la evangelización, ya que en su estructura social respondían a un único cacique. Una vez convertidos, o evangelizados, trabajaban como socios de los religiosos en verdaderas y eficaces empresas agrícolas, como en el caso de Estancia Santa Catalina y muchas otras.

Lejos de ser un sistema esclavizador, cada una de las familias recibía una paga con la que podían mantener a su familia, sus viudos y enfermos, e incluso pagar los impuestos correspondientes a la Corona Española (maniobra con la cual los Jesuitas recuperaban parte de las ganancias).

En San Ignacio Miní crearon un colectivo agrario en donde el cultivo de yerba mate y las artesanías en madera eran los pilares económicos fundamentales de esta misión que llegó a contar con 4.500 pobladores. También se sembraba batata, maíz, una amplia variedad de porotos (frijoles), zapallo, mandioca, marihuana, caña de azúcar, tabaco y trigo, cultivos que eran atendidos día por medio.

El comercio se realizaba entre los habitantes de las diferentes misiones, que sumaban unas 40 en total, y que ofrecían otras mercancías propias a las posibilidades del lugar en el que estaban emplazadas las respectivas reducciones, o aunando fuerzas entre todas para comercializar al por mayor con los establecidos puertos de Buenos Aires y/o de Santa Fe.

Los guaraníes eran dóciles, naturalmente agradecidos y talentosos, y fue sencillo convencerlos de las “ventajas” con las que contarían tras su evangelización. Pero no todo fue fácil, ya que no eran muy afectos al trabajo y tampoco querían mudarse a las nuevas reducciones. Hasta entonces, nunca se habían preocupado por los días futuros. Solían arreglárselas con lo (poco) que proveían sus antiguos dioses. A cambio del esfuerzo, los Jesuitas consiguieron un enorme territorio fértil, con miles de aguadas y lleno de recursos de todo tipo en, al menos, parte de lo que son Argentina, Brasil, Paraguay e incluso Bolivia, y que supieron administrar hasta que, en 1767, fueron expulsados de América por orden de un Edicto Real.

Aprendieron también a manejar el ganado con la responsabilidad pertinente que eso implica, por lo que la carne se convirtió en parte esencial de su dieta habitual. Con el paso del tiempo, se empezó a juntar un número interesante de ganado bovino, despertando el interés no solo de los Bandeirantes sino de algunas tribus salvajes y belicosas llegadas desde El Impenetrable en el Chaco, y otras regiones vecinas en donde los Jesuitas no tuvieron el éxito logrado en estas latitudes, probablemente por no practicar la agricultura.

La visita a las Ruinas de San Ignacio Miní (sumada a las reducciones vecinas) es una de las imperdibles, si el destino te trae hasta estos lares. Tras las Cataratas del Iguazú es el sitio más relevante de la provincia de Misiones. No por nada ambos comparten la distinción de ser Patrimonio de la Humanidad.