Luang Prabang: la famosa Perla de Oriente, en Laos

Caminar por sus calles coloniales es una delicia y sus frondosos bosques son una sensación difícil de empardar.
<a href="https://elintransigente.com/mundo/glam/2019/07/11/luang-prabang-la-famosa-perla-de-oriente-en-laos/" rel="bookmark"><time class="entry-date published" datetime="2019-07-11T00:11:32-03:00">julio 11, 2019</time><time class="updated" datetime="2019-07-11T00:41:44-03:00">julio 11, 2019</time></a>

Volar desde Hanoi directamente a Luang Prabang, sentado en un asiento verde loro de un pequeño avión de Lao Airlines, resultó para Johann Arndt una linda experiencia. La avioneta nunca tomó mayor altura por lo que pudo ir disfrutando todo el viaje de verdísimas vistas aéreas, solo interrumpidas por serpenteantes ríos. El vuelo fue corto, pero la aerolínea logró sorprenderlo gratamente por la calidad de su servicio y atención a bordo. Seguimos su relato viajero en primera persona.

Estaba agotado. Necesitaba un lugar más tranquilo para poder recuperarme. Bah, quizás exagero… pero de seguro quería esquivar por unos días el smog, las motos, los mendigos y ciertos olores. Una vez fuera del aeropuerto, tanteé como podía llegar a la ciudad. Las opciones resultaban más caras que en otros países de Asia, pero seguía siendo barato en comparación a cualquier otro país del primer o segundo mundo. Sobre todo porque el calor húmedo era sofocante.

En un moderno minibus Hyundai solo para mí, pedí que me llevasen al área del río Mekong. No tenía reserva alguna pero sabía que quería tener a ese mítico río cerca. No fue difícil encontrar un hotel. Reservé en uno muy bonito de arquitectura Francesa que daba justo frente al Mekong, con una increíble vista desde un balcón privado, wi-fi y no mucho más. Desde una rajadura en la madera del piso de mi cuarto, podía ver la recepción del hotel. Costaba una ganga y del balcón de al lado colgaba una bandera comunista.

Enseguida me sentí atraído hacia la ciudad, así que no tardé en bajar para ver el anochecer y caminar hacia el colorido mercado nocturno. El Night Market, para muchos uno de los mejores mercados de Asia. Esto es sin dudas una exageración, pero es verdad que es bonito y se consiguen algunas rarezas entre tanto género. Lo mejor es que el Laosiano (a diferencia del resto de los asiáticos) no te está encima acosándote para que le compres algo. De hecho, es un mercado muy silencioso. Si bien funciona en un rango horario establecido, cuando el vendedor se siente conforme (aquí son poco ambiciosos) levanta su puesto y se va.

El mercado se arma sobre la calle misma hasta convertirse en peatonal. Hay otros mercados y, cerca, encontramos también lugares en donde comer murciélagos, arañas, grillos, ardillas y demás exquisiteces de la cocina Laosiana. Hay que animarse.

Luang Prabang toda es Patrimonio UNESCO de la Humanidad. Es la “Ciudad de los mil templos” en el “país del millón de elefantes”. Destila magia por todos los rincones. Laos es también el país más bombardeado de la historia. Pero ese es otro cantar.

Los monjes salen todos los días a las 5 de la mañana a caminar por las calles, juntando las limosnas que le dejan los habitantes. Estas consisten principalmente en arroz, aunque la gente pone también frutas y dulces, o cualquier cosa que quiera compartir. Levantarse a las 5 de la mañana para ver la ofrenda a los monjes es algo que nadie se quiere perder cuando visita esta bella y bucólica ciudad del sudeste asiático.

Cada mañana, bien temprano, como tiene que ser en Laos, bajaba a desayunar a mi lugar preferido justo arriba del río Mekong. Iba variando día a día con las múltiples opciones que me eran ofrecidas, pero siempre acompañado por altas dosis de frutas. Nunca comí mangos más ricos ni ananás mas dulces, amén de otras riquísimas frutas tropicales, muchas de las cuales conocí en ese viaje.

Mi “compañera” de ruta.

El café de Laos es reconocido mundialmente como uno de los mejores. En las montañas del sur del país hay importantes plantaciones de café creciendo entre los 800 y 1300 Msnm. Se cultivan las variedades Arábiga y Robusta. El café es vital para la economía de Laos.

Realicé excursiones por el Río Mekong y recorrí en mi motocicleta todo cuanto pude. Salía siempre con ella, y es que la ciudad me gustó desde el primer momento, la recorrí a conciencia, visitando decenas de templos, perdiéndome en los alrededores, comiendo, bebiendo y aprendiendo a cada paso. Eran días de profundas reflexiones, que a veces dolían en mi soledad.

Me gustó mucho el Palacio Real (Royal Palace o Ho Kham), tan diferente a cualquier otro en el mundo. El mobiliario, los regalos de los diferentes líderes del mundo y un fantástico cuarto lleno de decoraciones de animales, plantas y de gentes del pueblo laosiano, todo hecho de espejitos de colores, miles de pedacitos de espejos desde la pared hasta el techo. ¡Es bellísimo!

Los cuartos y el resto de las dependencias sorprenden por lo sencillo. Incluso el garage real, donde se exponen media docena de autos. Los dos más suntuosos son regalos de los Estados Unidos: hay un Land Cruiser de los 60, obsequio de los japoneses, etc. El garage del Rey no es lo que uno puede presuponer.

Como si todo esto fuera poco, además me deleité con los jardínes, amplios y cuidados, que me gustaron mucho más que la mayoría de sus templos, incluso que el de Pho Si, al que ascendí luego de pagar la entrada trepando sus 400 escalones.

Por suerte, la vista es fantástica y difícil de obtener desde otros lugares de la ciudad, pero el templo en sí, me pareció bastante mezquino. La misma opinión me mereció Pak Ou, o la cueva de los 1000 budas, aunque el paseo por el río Mekong si no es una aventura, es un deleite. Las vistas definitivamente lo son.

El viaje en sí será incómodo y sufrido. Dos días fui a un gran lugar llamado Big Brother Mouse, donde enseñan inglés y la práctica de la lectura. Aquí todos los días son recibidos los visitantes que quieran ayudar a que jóvenes y adultos aprendan el idioma.

No solamente es gratificante el poder ayudar económicamente (venden libros), si no que resulta una gran oportunidad para conocer las gentes y costumbres de este pueblo mediante la conversación. Es muy ameno. La pase muy bien y reí a carcajadas con los risueños Laosianos.

Es muy bueno como uno se esfuerza en explicar algún tema cuando este es personal. A los adultos les cuesta más, pero algunos niños parecen aprender muy rápido, y es grandioso ver como algunos toman los libros como verdaderos tesoros y se lo llevan con las dos manos a su pecho.

Recorriendo la provincia y observando a su gente, pude aprender mucho acerca de Laos, y cómo es la vida en este país comunista y sin litoral del sudeste asiático, que parece estar como dormido en el tiempo. Es uno de los países más pobres del mundo, pero en los últimos años estableció importantes relaciones bilaterales con el gobierno de China, que está haciendo inversiones en infraestructura. Esto le permite a Laos ser un nexo entre China y sus vecinos más poderosos, Tailandia y Vietnam.

La cosa no es fácil ni lo fue. Es uno de los países con mayor diversidad étnica de Asia. Los Lum (de las tierras bajas) son mayoría. Le siguen los Theung (de las tierras altas) y los Song (de las montañas), pero hay más de un centenar de etnias diferentes, cada una con sus costumbres, ritos y vestimentas particulares, además de un idioma propio. La gran mayoría de la población vive en áreas rurales. Lo que une a estas tribus es el budismo.

Los Laosianos viven en viviendas multifamiliares, que comparten entre varias generaciones. La hija más pequeña de la familia nunca se casará, ya que se espera que cuide de sus padres hasta que ellos mueran. Las mujeres llevan la batuta. Son auténticos matriarcados, porque los hombres pasan mucho tiempo fuera de las casas haciendo trabajos rurales o comerciales.

La cocina siempre está del lado de afuera y es la comida la que junta a los familiares. Los hombres tienen gran afición por la bebida. Por una en particular, el whisky de arroz (Lao-Lao), que se te sube rápidamente a la cabeza y vale menos que la cerveza. Bebida difícil de soportar, especialmente al día siguiente.

La mayoría de las casas son pobres y están sin terminar o a medio hacer. A muchas les faltan techos o ventanas, pero siempre están ocupadas y hay lugar para todos. Es inusual que haya camas, siendo común que los colchones estén en el piso. La arquitectura es difícil de adivinar, ya que las viviendas suelen ser construcciones espontáneas y se agrandan cuando tienen la posibilidad de hacerlo.

Hay gran cantidad de comerciantes en Laos. Todos venden algo. Cada mañana reciben importaciones en su pequeño puerto. La mayoría provienen de China y de Vietnam. Más tarde, encontraremos todos estos artículos en los diferentes mercados de las ciudades. De calidad, poco y nada.

La serenidad que se encuentra aquí es imposible imaginarla en los países vecinos. La vida es tranquila en serio. Nadie muere por el stress, eso es seguro. La gente es pura, simple y amigable. Su profundo vínculo con el budismo hace que el laosiano tenga muy poco interés por los bienes materiales. Carece de ambición y le dan más importancia a lo que realmente trasciende, como la familia, los valores, el amor, el respeto por el otro y el culto a la amistad.

Hoy pueden verse obras viales que comunicarán mejor a las aisladas provincias de este país. Los chinos están atrás de toda obra que involucra al Estado. Aún hay mucho por hacer, pero algunas represas que están construyendo van a poner al pequeño Laos, algún día, en el mapa de los grandes generadores de energía eléctrica. Es hora de acabar con el comercio maderero que está deforestando Laos y el mundo. De aquí salen muchas de las maderas más caras del planeta.

Hay lugares que son para volver, y yo no veo la hora de estar nuevamente en Luang Prabang y enseñarle la ciudad a mi familia o amigos. La gente es amigable y simpática. Se come muy bien y es baratísimo. Con decir que nunca pude sacar plata de los ATM y sobreviví muchos días con el efectivo que llevaba en mi bolsillo.

En pocas palabras, este particular país es un destino para un reencuentro con uno mismo. Para algunos religioso, para otros culinario, pero todos los aventureros se sentirán a gusto y los exploradores creerán ser los primeros.

Eso sí. Si te gusta el Rock n´Roll, acá no lo vas a encontrar. No existe un solo lugar abierto por las noches. Ni para bailar, ni para tomar un trago. Los que busquen fiesta, estarán a gusto en Vang Vieng, donde miles de adolescentes y jóvenes se dan cita cada año para emborracharse, fumar y comer hongos. Ahí hay ruido y descontrol, y la posibilidad de hacer Tubing (flotar río abajo en una cámara de camión). El resto, lo arruinaron los turistas, pero eso es otra historia.

Uno nunca sabe cuando volverá. El mundo se va haciendo cada vez más grande para los que nos gusta viajar, pero tengo ganas de hacerlo y puedo decir que quedé encantado con este pueblo. Un lugar auténtico, mágico y enigmático. Un paisaje de verdísimas montañas salpicadas de tanto en tanto por minúsculas aldeas y un río que lo es todo.