Desde el CONICET demuestran que el test VPH es más eficiente que el Pap para detectar el cancér cérvicouterino

La investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES) Silvina Arrosi publicó un paper en
la revista The Lancet Global Health en donde presenta la evidencia que sustenta que el test de VPH, el virus del papiloma humano que causa cáncer en las mujeres, es mejor para reconocer las señales de dicha enfermedad que el estudio Papanicolau, utilizado en la actualidad y llevado adelante en el consultorio ginecológico.

En 2018, la Organización Mundial de la Salud (OMS) llamó a “poner fin al cáncer cérvicouterino”. Según cifras de la organización, más de 72 mil mujeres fueron diagnosticadas con cáncer cérvicouterino ese año en la región de las Américas y casi 34 mil fallecieron. El cáncer -catalogado como “una de las amenazas más graves para la vida de las mujeres”-, es causado por la infección del virus del papiloma humano (VPH o HPV en inglés), un virus de transmisión sexual. Si bien es un cáncer casi totalmente prevenible, el mayor problema actual es la desigualdad que existe para acceder al tamizaje, es decir al método de búsqueda de posibles rastros de la enfermedad. De hecho, su tasa de mortalidad es tres veces más alta en América Latina y el Caribe que en Norteamérica.

Es que hasta hoy, el método más extendido para detectar presencia de lesiones precancerosas es el Papanicolau: el estudio que, de manera generalmente anual, se realizan las mujeres en el entorno del consultorio ginecológico. Pero el test de VPH es una nueva tecnología para detectarlo, un método altamente sensible para detectar lesiones precancerosas, que además permite a las mujeres tomar ellas mismas la muestra –las mujeres pueden realizárselo a través de una autotoma, sin recurrir al consultorio ginecológico-.

Arrossi y su equipo acaban de publicar un paper en la revista The Lancet Global Health con los resultados de un proyecto demostración implementado en la población de mujeres de la provincia de Jujuy entre los años 2012 y 2014, que arroja resultados que reafirman la necesidad de que el test de VPH sea implementado a nivel nacional. Se estima que el ochenta por ciento de la población del mundo, hombres y mujeres, estarán en contacto con el virus VPH en algún momento de su vida. Su prevalencia es particularmente alta en edades jóvenes, cercana al inicio de la actividad sexual, pero en la mayoría de los casos con la edad esa curva de la prevalencia desciende y el virus desaparece: la mayoría de las personas lo elimina a través de su sistema inmune de manera espontánea antes de los treinta años. Sin embargo, una parte de esa infección que las personas no logran eliminar, se vuelve persistente: esa persistencia, si no se trata en el transcurso de los años, puede producir una lesión y terminar en un cáncer cérvicouterino.

El test de VPH, que Arrossi defiende a capa y espada, es el método más efectivo para diagnosticar la presencia del virus: se realiza a la población de mujeres de treinta años y más. Si la prueba da negativa, la mujer repite el test en cinco años. Si da positiva, se les hace entonces un Pap, para saber si además de estar infectada con el VPH, la mujer tiene una lesión precancerosa. Las mujeres positivas en el test de VPH, pero negativas en el Pap, tienen que volver a realizarse un test de VPH a los dieciocho meses. “En Francia yo trabajé con el Dr. Sankaranayananan, uno de los científicos que demostró la efectividad del test de VPH en un estudio randomizado implementando la prueba en India –cuenta Arrossi, científica repatriada en 2007-. Ese estudio demostró que, en la población en la que se aplicó el test, era efectivo para reducir la incidencia y la mortalidad del cáncer cérvicouterino”.

El de Arrossi es un caso especial: ella proviene del ámbito de la Sociología, pero terminó dedicando sus investigaciones al área de salud y a la prevención del cáncer. Hizo un Master en Salud Pública en la London School of Hygiene and Tropical Medicine y se doctoró en demografía en la Universidad de Lyon mientras trabajaba en la Agencia Internacional de Investigaciones sobre Cáncer en Francia, hasta que regresó al país en 2007. Al mismo tiempo recibió la propuesta del Ministerio de Salud para que se dedicara a la coordinación científica del Programa Nacional de Prevención de Cáncer Cérvicouterino (PNPCC), relanzado en 2008. La científica aceptó y se trazó como objetivo producir evidencia científica para implementar y mejorar el funcionamiento y efectividad del PNPCC.  Así, en 2011, propuso, junto al equipo del PNPCC, introducir el test de VPH: su experiencia en Francia le dictaba que era un test mucho más efectivo y ventajoso que el Papanicolau. Ese mismo año el país introdujo la vacunación contra el VPH, instalando una estrategia integral de prevención de la enfermedad.

El proyecto se llevó adelante entre 2012 y 2014, por resolución ministerial, y arrojó resultados promisorios. “Los resultados del primer año mostraron el mismo nivel de detección y efectividad que los estudios que se habían realizado a nivel internacional. Tomando esos resultados como base, el año 2015 Instituto Nacional del Cáncer decidió ampliar el test de detección de VPH a todo el país, de manera escalonada”. Primero se incorporó en las provincias de Misiones, Catamarca, Tucumán, y Neuquén, posteriormente en jurisdicciones de la provincia de Buenos Aires, como La Matanza, Ituzaingó y Florencio Varela. En 2018 se incorporó el Test de VPH en el sistema público de Chaco y Corrientes, y cuatro municipios más de la provincia de Buenos Aires.

En el paper publicado hoy, se reflejan los resultados finales del proyecto demostración implementado en Jujuy entre 2012 y 2014, para evaluar la efectividad del test de VPH para detectar lesión precancerosa y cáncer en relación a lo que detecta el Papanicolau. “El Pap tiene problemas intrínsecos en su operación. Es un test subjetivo, muy operador-dependiente, que necesita cuestiones ligadas al control de calidad que son muy difíciles de lograr en nuestro sistema de salud. El test de VPH, en cambio, tiene una sensibilidad superior al noventa y cinco por ciento. Es un test objetivo, porque tiene un procesamiento automático. Una máquina que detecta si está presente el DNA del virus oncogénico o no”, señala Arrossi.

“Una de las ventajas del test de VPH es que las mujeres se lo pueden tomar ellas mismas, lo que representa un cambio de paradigma en el acceso al tamizaje. Las mujeres enfrentan todo tipo de barreras sociales, económicas y ligadas al funcionamiento de los servicios de salud. Pero entonces, la gran cuestión era si las mujeres iban a aceptar hacer esa toma vaginal. Hay que tener en cuenta que el cáncer cérvicouterino es una enfermedad de mujeres socialmente vulnerables, de bajo nivel educativo, con poco acceso a información y a los servicios de salud. Como la autotoma implica la auto inserción de un cepillo en la vagina pensamos que esto podía ser rechazado por las mujeres. Pero a la vez, si era aceptado, si ellas mismas podían hacérselo en su casa, eso podía cambiar dramáticamente el nivel de acceso al tamizaje y a la prevención de posibles lesiones pre cancerosas y cáncer”, explica la científica.

Casi una década después de que Arrossi comenzara con sus investigaciones para implementar el test de VPH en Argentina, países como Australia, Inglaterra, Estados Unidos, ya han incorporado el test a su sistema de salud. “Argentina fue realmente pionera en la implementación del Test de VPH. Pero nosotros siempre decimos que el test no cura, lo que cura es un sistema de salud con una red de tamizaje, diagnóstico y tratamiento, que funcione de manera efectiva, responda a la necesidad de las mujeres, y que les permita a las mujeres cumplir todo el proceso. Lo que cura es el tratamiento”, advierte Arrossi.

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