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SOCIEDAD

Las antiguas navidades de Buenos Aires

Según el padre Furlong, sacerdote jesuita, los primeros libros de villancicos llegaron a estas tierras americanas desde España en el año 1586, y la primera Navidad debió ser como asevera Furlong, de mucho rezo y gran fervor.

(Por R. Federico Mena-Martínez Castro)- A pesar de estar transitando el siglo XXI, la comunidad católica argentina, ocasiones pone su atención en cómo fueron las distintas celebraciones de Navidad del Buenos Aires fundacional y los años que le siguieron. 

La circunstancia que hoy nos convoca en estos días convulsos, pero de gran religiosidad, nos permite evocar las viejas navidades vividas por nuestros abuelos viendo crecer a la sombra del Dios Niño, esa modesta villa porteña transformándose hasta convertirse en la imponente ciudad que hoy desborda hacia el Gran Buenos Aires.

Antes de convertirse en lo que es en la actualidad, Buenos Aires, fue conocida como La Gran Aldea, cantada vastamente por importantes literatos del siglo pasado y del antepasado.

Fundamentalmente la Navidad se festeja en todas partes del mundo, y más propiamente en nuestro país con un oficio religioso tradicional conocido como Misa del Gallo, seguida ulteriormente por la acostumbrada reunión familiar mantenida hasta nuestros días, aunque quizá desbordada por bailes y festejos desorbitados que desnaturalizan el sentido devoto del Nacimiento.  

El advenimiento del Niño Dios fue celebrado por el porteño de antaño- el de ayer y de anteayer- con una devoción sin demasiados antecedentes registrados en actos públicos, solamente en el interior de los hogares con gran recogimiento como lo testimonia el padre Ovalle en su Historia de las navidades chilenas durante los siglos XVI y XVII”. Esto nos hace pensar que en nuestro país debió haber un tratamiento análogo, aunque no hayan aparecido textos documentales referidos a esta celebración en el Buenos Aires colonial. 

Debiéramos quizá imaginarnos el bullicio aumentado de la ciudad, con una población colmada de recogimiento, entrando y saliendo de los templos. En cuanto a la población de color también debemos imaginarla envuelta en cánticos y bailes celebratorios dada la natural alegría de su raza.

Según importantes historiadores, la primera Navidad porteña no debió haber contado con Misa de Gallo debido a las dificultades propias del tránsito nocturno, en medio de tinieblas provocadas  por luces insuficientes, por lo cual la lógica permite inferir, que el oficio religioso debió realizarse entrada la tarde antes del crepúsculo vespertino, para luego retraerse a la intimidad de los hogares agradeciendo al Divino Niño con oraciones impetratorias y compunción, siempre con la frugalidad de las mesas de aquel entonces.

Seguramente proliferarían los villancicos de influencia española para luego ser recogidos por quienes estudiaban las artes populares.  

Según el padre Furlong, sacerdote jesuita, los primeros libros de villancicos llegaron a estas tierras americanas desde España en el año 1586, y la primera Navidad debió ser como asevera Furlong, de mucho rezo y gran fervor. Los hombres y mujeres que se atrevieron a recalar en estas tierras entonaron por primera vez un villancico haciéndolo con éste:

Buena es la que va

Mejor es la que viene:

¡Bendita sea la hora

¡En que Dios nació!

¡Bendita la Madre

¡Que la Virgen lo dio!

El villancico es canción de villa, como su nombre lo indica, y servía para registrar la vida cotidiana de los pueblos. Surgió en el siglo XIII y difundido en España durante los siglos XV y XVI, haciéndolo en Latinoamérica desde el siglo XVII.

ALGUNOS VILLANCICOS POPULARES

Noche de paz, noche de luz
Ha nacido Jesús
Pastorcillos que oíd, anunciad
No temáis cuando entréis a adorar
Que ha nacido el amor
Que ha nacido el amor

Desde el pesebre del niño Jesús
La Tierra entera se llena de luz
Porque ha nacido Jesús
Entre canciones de amor

Campana sobre campana,
y sobre campana una,
asómate a la ventana,
verás el Niño en la cuna.

Belén, campanas de Belén,
que los Ángeles tocan
qué nueva me traéis?

Recogido tu rebaño
a dónde vas pastorcillo?
Voy a llevar al portal
requesón, manteca y vino.

Belén, campanas de Belén,
que los Ángeles tocan
qué nuevas me traéis

Debemos acotar que por aquel tiempo ya se practicaba la devoción del pesebre que fuera introducido en América por las órdenes religiosas jesuitas y franciscanas en su mayor parte, acompañando a los conquistadores españoles en el siglo XVI.

Eran costumbres de aquellos tiempos también venidas de España, las representaciones teatrales que se hacían ante los “belenes o nacimientos”, y debemos señalar al padre Francisco Sánchez Solano, canonizado luego como San Francisco Solano, como el verdadero pionero de las celebraciones navideñas en América.

Fue también un entusiasta cantor de villancicos, continuando con la tradición que impusiera San Francisco de Asís en la Europa de tres siglos antes. Con el tiempo se agregaron los pesebres vivientes especialmente en el norte argentino, más específicamente en Salta entre los años 1590 y 1592, donde se acunaban niños indígenas para mostrar a la población autóctona una aproximación de la venida del Mesías al mundo.  

No cabe duda que, en el Buenos Aires de aquellos tiempos, la cosa debió ser parecida, aunque no se encuentren documentos que lo atestigüen. Esa tradición fue pasada de padres a hijos subsistiendo hasta nuestros días.

Las monjas del convento de Santa Catalina poseían una imagen del Niño, muy venerada, que según costumbre hacía sus visitas a casas de vecinos del barrio destacadas por su devoción y categoría. Era un verdadero honor recibir la Sagrada Imagen, la cual era solicitada con antelación, de manera que los agraciados pudieran adornar la sala principal de sus casas, a fin de recibir adecuadamente al Niño. Esto se realizaba año tras año, y en vísperas de la Epifanía eran invitados parientes y amigos vinculando a los agraciados con la gratitud hacia el convento que dispensara el honor.

Estas costumbres estaban más arraigadas en las provincias del norte que en Buenos Aires, posiblemente debido a las características de la vida urbana. No obstante, se conserva aún la venerada imagen del “Manuelito” como se llamaba en España y América al Niño Dios, imagen considerada milagrosa, siendo pedida en numerosas oportunidades para llevarla donde un enfermo grave la esperaba para recuperar la salud perdida.

La imagen es pequeña, de alabastro y está muy vinculada a las celebraciones porteñas de la Navidad.

Bajo la inspiración de la beata santiagueña Sor Antonia de la Paz y Figueroa, la Navidad cobró nuevos bríos en el último tercio del siglo XVIII.  

Nació Sor Antonia, también conocida como Mama Antula en el año 1730 en la actual provincia de Santiago del Estero dentro de una aristocrática familia del virreinato, recibiendo la educación que se daba a las familias acomodadas. A los 15 años recibió sus votos, para luego realizar sus ejercicios espirituales en la Compañía de los padres de la Compañía de Jesús de la ciudad.

Se le atribuyen varios milagros, pero la causa que le llevó a la beatificación fue la curación de la hermana María Rosa Vanina, recuperada por intersección de Sor Antonia de un gravísimo shock séptico.

Mama Antula había encargado al padre cordobés Gaspar Juárez que se encontraba en Roma, un Manuelito de mármol con las exactas medidas que ella le enviara.

“La acción de Niño era estar acostado sobre la cruz y algo inclinado hacia la derecha. La mano izquierda toma los tres clavos por las puntas y con ellos descansa sobre el cuadril y parte del vientre…”

“… Se previene que el Niño está completamente desnudo y sin toalla o cosa que se le parezca”.

La nueva imagen del Manuelito viajaba con indulgencias concedidas en Roma a la beata”.

Respecto a la adoración profesada por los fieles, Mama Antula decía: “toda ponderación es nada, para decir el anhelo y veneración que tienen a Manuelito, y tanto clérigos como personas de su posición están esperando que llegue…”

En la Navidad de principios del siglo XX, los cronistas de la época daban noticias que los preparativos comenzaban los primeros días de diciembre y se realizaban en casas principales de la ciudad, y que en la segunda década del siglo todavía la vida cotidiana se acompasaba al ritmo de los días de la colonia apenas superada en el orden político.

En aquel tiempo todo el mundo pasaba por la mesa de los loteros, rogando al Niño Dios que les concediera la fortuna de ganar.  Los usos y costumbres de la lotería navideña fueron cambiando con el tiempo, pero se mantuvieron sin cambios hasta la aparición del “gordo” de Navidad, siempre rogando a Manuelito les favoreciera con la buena suerte.

Hoy en estas navidades de 2022, veremos qué nuevas costumbres nos deparará el presente siglo.