(Por Carolina Mena Saravia para El Intransigente).- En el mundo del vino hay historias que crecen lejos del centro de la escena. No aparecen en grandes campañas, no dominan ferias internacionales, no tienen marketing rutilante. Sin embargo, están ahí, latiendo a solas. Ese es el caso de la cepa cariñena, también llamada mazuelo, que pertenece a esta categoría rara y fascinante.
Existe un universo de cepas que jamás fueron tapas de revistas ni ocuparon el lugar estelar en las cartas de vinos. Variedades antiguas, resistentes, muchas veces relegadas por la vitivinicultura industrial, que hoy renacen gracias a productores obstinados y curiosos. Son vinos que parecen surgir de un susurro: no se imponen, se descubren.
Se trata de una uva mediterránea hecha para el sol, siempre presente y sobreviviente. Durante décadas sostuvo vinos masivos y anónimos, sin reclamar protagonismo. Hoy vuelve a ser valorada por lo que realmente es, sin adornos ni artificios, contando la historia de quienes se atreven a recuperarla y dejarla hablar.
Segunda vida
¿Cómo es un vino de cariñena? Podríamos decir que es áspero, terroso, intenso. Exige manos pacientes y tiempos largos. No es una uva recomendada para principiantes: pide atención. Lo que antaño se veía como un problema —su carácter rústico— se transformó en virtud en tiempos en que lo genuino volvió a cobrar sentido.
De la vieja Languedoc al Nuevo Mundo, la cariñena encontró terreno fértil en productores jóvenes que buscan diferenciarse. Así surgieron pequeños proyectos en Cataluña, Sudáfrica, Chile y California que la adoptaron casi como una declaración estética. Lo fascinante es cómo una uva considerada menor se volvió protagonista de un nuevo tipo de lujo: uno que prescinde de la ostentación y funciona mejor con historia que con brillo.
Uvas raras, un club selecto
La cariñena no está sola. Existe un club entero de variedades poco conocidas que atraviesan un renacimiento vibrante: cinsault, trousseau, país, listán negro, grignolino, sumoll, teroldego, por citar algunas. Uvas que parecían destinadas a desaparecer y que hoy regresan con energía renovada.
El encanto es claro: cada una resume un pedazo de mundo. Algunas huelen a polvo de camino, a piedra caliente, a frutas rojas de huerta. Otras evocan bosque húmedo o especias secas. En una industria que tiende a la homogeneización, estas cepas recuerdan que la singularidad es un valor.
La importancia de este fenómeno
La pregunta es inevitable: ¿por qué ahora? ¿Qué cambió para que una uva marginal se vuelva objeto de deseo? La respuesta está en el consumidor. Surgió una generación que piensa el vino como experiencia, no como estatus. Que busca textura, humanidad, imperfecciones. Que quiere vinos que digan algo.
En este terreno, la garnacha aparece como compañera natural: comparten territorios, estilos y una nueva forma de ser interpretadas. Muchos productores trabajan hoy con extracción más precisa, madera más medida y madurez más contenida para que la cariñena pueda mostrar su esencia sin durezas innecesarias.
Formas de ser
La cariñena es una uva mediterránea de maduración tardía, amante del sol franco y la radiación intensa. Su vigor natural fue siempre un desafío, pero con rendimientos controlados ofrece vinos de carácter notable. Necesita tiempo para completar su ciclo y por eso fue históricamente valorada por su resistencia más que por su delicadeza.
En España, donde se la llama mazuelo o cariñena, encuentra sus expresiones tradicionales en La Rioja y Aragón. En Rioja suma acidez firme, taninos secos y color profundo a cortes dominados por tempranillo. En Aragón, sobre suelos pobres y climas extremos, alcanza concentraciones llamativas, con notas de fruta negra, hierbas y una rusticidad que hoy se trabaja con mayor refinamiento.
En Cataluña, especialmente en Priorat y Montsant, vive un renacer. Las plantas viejas en suelos de pizarra producen vinos tensos, profundos y con acidez natural que sostiene el alcohol alto del Mediterráneo. Allí forma una dupla histórica con la garnacha, especialmente en viñedos muy antiguos que entregan bajo rendimiento y altísima concentración.
Paseos por el mundo
En Francia, donde también se cultiva cariñena, fue durante décadas una uva masiva del Languedoc. Su transformación llegó con la revalorización de viñedos viejos en terrazas y laderas pobres del Rosellón y Corbières. Con poda estricta, selección cuidada y vinificaciones más delicadas —incluida la maceración carbónica en ciertos estilos— emergieron vinos vibrantes, especiados y sorprendentemente frescos.
En Cerdeña, bajo el nombre carignano pero siempre la misma cepa, desarrolla una expresión propia gracias a suelos arenosos y a la influencia marina. El viento constante y la salinidad concentran la fruta sin perder equilibrio. Son vinos más suaves en taninos, redondos, con una textura casi satinada que distingue a esta interpretación sarda.
Lejos del Mediterráneo, también funciona en regiones cálidas y secas como California y Chile. En California, en antiguas plantaciones del centro y sur del estado, las viñas viejas regalan fruta negra, especias y taninos firmes. En el Maule chileno, la combinación de clima cálido y manejo tradicional en parras viejas da vinos de rusticidad controlada y mucha identidad, en un perfil que recuerda al Priorat más terrenal.
A nivel técnico, la cariñena es valorada por su acidez alta, taninos marcados y gran capacidad de color. Requiere manejo preciso en la extracción y, según el estilo, algo de crianza para pulir su estructura. Brilla especialmente en blends, donde aporta espina dorsal y tensión, aunque en viñedos muy viejos puede convertirse en un varietal profundo y longevo. Su carácter resistente la vuelve además una aliada clave para viticultores que enfrentan climas cada vez más cálidos y secos. Por eso su regreso no es moda: es un ajuste natural al tiempo que vivimos.
