(Por Carolina Mena Saravia para El Intransigente).- Vino con soda, Sprite o hielo forman parte de la cultura popular. No se trata de nada nuevo; simplemente ocurre que afirmaciones como estas, viniendo de la boca de Lionel Messi, el mejor jugador del mundo, hacen que una costumbre arraigada a los gustos masivos se convierta rápidamente en “el tema del momento”. Las redes sociales explotaron y, a la ola, no tardaron en subirse influencers del vino, enólogos y opinólogos. Todos tenían qué decir sobre la materia en cuestión.
El vino, esa bebida de la que todo el mundo habla pero pocos entienden en su corazón y esencia, goza de un aura intocable, un toque que oscila entre conceptos como elegancia y savoir faire.
Durante décadas, el vino fue presentado como una bebida solemne, casi intocable, rodeada de reglas, copas específicas y una larga lista de ítems sobre cómo degustarlo. En paralelo, fuera de los cánones de la cata, la vida del vino transitaba caminos diferentes: la mesa familiar en un contexto desestructurado, con olor a pueblo, calor del verano, charlas interminables y, por sobre todo, la estricta necesidad de refrescarse, de ganarle unos puntos al sol abrasador del verano.
Esa vida real volvió al centro de la escena cuando Lionel Messi dijo la frase que corrió como reguero de pólvora y que, a los pocos minutos, ya era viral: que tomaba “vino y Sprite, para que pegue rápido”.
Vino y Sprite, para que pegue rápido
Probablemente el impacto no vino por la mezcla en sí, sino porque quien lo dijo fue nada más y nada menos que Messi, que tiene fácil acceso a las mejores etiquetas del mundo. De pronto, algo que millones de personas hacen desde siempre pasó a ser tema de debate, memes y discusiones gastronómicas. Vino con bebidas gasificadas refrescantes, vino con soda, vino con frutas… no son sino distintas versiones de una misma necesidad: disfrutar de momentos refrescantes que hagan frente al calor del verano.
Nada de ciencia, como si esas combinaciones hubieran necesitado la validación externa para existir. Y los opinólogos hicieron lo que mejor saben hacer: traer a colación una retrospectiva que remonta gustos a épocas inmemoriales, de la mano del aval de actores, cantantes y referentes del mundo del espectáculo. La realidad viene de la mano de afirmaciones como que el vino mezclado no es moda, sino una tradición transversal que recorre países, clases sociales y generaciones.
En el hemisferio sur, en países como Argentina, el vino con soda es tan doméstico como popular, en el estricto sentido de la palabra, consumido por el pueblo en diferentes ámbitos: el almuerzo de domingo en familia o en asados en contextos laborales, como puede ser el que forma parte del viernes de finalización de obra en el ámbito de la construcción.
Claro está que para ese acontecimiento no se necesitan copas de cristal ala de mosca; menos aún se necesita el olfato para analizar aromas. Esta mezcla, a la que algunos gustan mencionar como un “trago”, comienza en la cocina, en la parrilla o en el club. Durante años fue el vino “de todos los días” del pueblo. Y si hablamos de pueblo, es imposible dejar de mencionar a Diego Maradona, que nunca ocultó su gusto por el vino mezclado con soda, lejos del protocolo y de un ritual que también convocaba otras bebidas con más prosapia.
Tinto de verano, una costumbre arraigada
No es un fenómeno exclusivamente rioplatense. En la península ibérica, en España, el tinto de verano es una institución. Se pide en bares, se sirve con hielo y se degusta a pleno sol. A nadie se le ocurre cuestionarlo… pero ¿de qué estamos hablando? Simplemente de una bebida popular española hecha a base de vino tinto joven mezclado con gaseosa de limón, por lo general La Casera, o con soda, servida bien fría y generalmente con hielo. Aquí la sofisticación no tiene lugar; tampoco hay espacio para la cata. Se trata de una respuesta cultural al calor y a la vida al aire libre.
Decir que el tinto de verano español es “de clases bajas” es incorrecto desde el punto de vista histórico, social y cultural. En España se trata de un concepto transversal, que no remite a una clase social, sino al contexto de consumo. Probablemente ese prejuicio provenga de asociar la palabra “mezcla” con “vino barato”, una situación que los años marcaron desde el pedestal del vino aliado al concepto de pureza, un ritual establecido por la cata y el precio que acompaña a la devoción con que se prepara y se guarda durante años para luego ser presentado a la manera de un hijo. Una ceremonia que nada tiene que ver con la inmediatez de un consumo destinado a aplacar la sed y compartir momentos.
Por eso, en España lo toman desde trabajadores y empleados hasta profesionales, periodistas, artistas y turistas, todos reunidos bajo un mismo patrón: el mero gusto de refrescar el paladar, sin más pretensiones. Actores, músicos y periodistas lo mencionan con la misma naturalidad con la que se refieren a la caña, otra bebida popular. Y actores consagrados en Hollywood, como Luke Evans, no ocultan su preferencia por esta bebida española.
En Austria y Alemania, el spritzer o schorle (vino blanco con soda) forma parte de la vida cotidiana. Se toma al mediodía, en terrazas, en tabernas tradicionales, incluso en reuniones laborales informales. La idea es degustar una bebida con menor impacto alcohólico, pero que a la vez provoque una inmediata sensación de frescura. En Escandinavia y el Reino Unido, el vino aparece en modelos marcados por las estaciones: spritzers en verano, vino caliente especiado en invierno.

El vino como símbolo popular
La idea de que el vino solo puede tomarse puro es uno de los conceptos más arraigados y está asociada al discurso técnico del siglo XX, al vino que despegó en las décadas de los ochenta y noventa de la mano de los adelantos tecnológicos que posibilitaron sacar lo mejor del proceso químico que convierte el jugo de uvas en vino. Antiguamente, el vino se consideraba un alimento, una bebida segura frente al agua de dudosa procedencia. Mezclarlo era un concepto que surgía con naturalidad. Y así, el agua, la soda o el hielo cumplían una función práctica: rebajarlo hasta convertirlo en una bebida amable, fácil de tomar.
Incluso en Francia, la cuna del vino, el vino con agua fue habitual durante generaciones en contextos rurales. Hoy persiste de forma disimulada y discreta. En el sur del país, la sangría es otro exponente de esta corriente que combina vino, frutas y azúcar, y sigue siendo una de las bebidas protagonistas del verano. Aquí el concepto de “terroir” desaparece y surge la palabra “popular” como reemplazo.
La península itálica ofrece otro ejemplo interesante. En el norte, no es raro ver vino con un toque de bebida gasificada, una especie de frizzante improvisado. Porque toda Italia es vino, y cada región defiende y cuida su cepa emblemática como si fuera un niño pequeño, y en ese contexto el vino mezclado no forma parte del estricto manual que define cada zona.
Famosos, calor y vida real
Que figuras conocidas hablen de estas prácticas no las convierte en nuevas, pero sí las hace visibles. Messi no recomendó nada ni centró las respuestas de esa entrevista en una publicidad deliberada: simplemente dijo qué es lo que toma. En un mundo globalizado, donde lo oculto se hace visible y lo cotidiano adquiere dimensiones impredecibles de la mano de las redes sociales y el auge de las comunicaciones, esa simple declaración se magnificó. Y conectó, porque millones hacen lo mismo en silencio. Algo similar ocurre cuando músicos o exponentes del ambiente artístico, como Joaquín Sabina, hablan del vino sin rodeos, sin solemnidad, asociándolo al bar, la noche y la charla, dejando de lado la formalidad, el decantador y las catas.
En Estados Unidos, el wine spritzer —vino blanco, soda, hielo y, a veces, cítricos— se instaló hace años como bebida de brunch y verano. Martha Stewart normalizó hace décadas esta combinación y le dio un contexto refinado, asociado a reuniones diurnas y actividades sociales al aire libre.
Analizando el concepto desde el punto de vista sociológico, resulta interesante señalar que este consumo no reemplaza la idea de degustar un vino “en serio”. Más bien podría afirmarse que se trata de una convivencia pacífica. Los mismos que eligen una etiqueta prestigiosa por la noche pueden optar por mezclar el vino a la mañana siguiente. Aunque los defensores del “buen beber” no se consideran parte de esta práctica y niegan pertenecer a ese nicho donde el vale todo prima por sobre el contexto.
Más cultura, menos credo
El vino mezclado cumple funciones claras: baja la graduación percibida, refresca, permite beber más despacio y socializar sin fatiga. No analiza ni busca profundidad. Se trata de dos conceptos diferentes, tan disímiles como comparar un gran vino blanco de guarda con una limonada.
Más allá del debate, la incógnita debería pasar de si está bien o mal a cuándo convendría mezclarlo, con qué fin y en qué ámbito, estableciendo con claridad que no se trata de proponer incorporar hielo a un gran Borgoña, sino de permitirse esa licencia con un blanco simple en una calurosa tarde de verano.
Analizando más en profundidad, tal vez el verdadero fenómeno no sea que Messi tome vino con Sprite, sino que todavía nos sorprenda que alguien lo diga en voz alta. Tratándose de Messi, todo pareciera estar permitido. Abierto el debate, algunos enólogos, como el argentino Alejandro Vigil, agradecieron la apertura que esa sola frase le significó al vino. “Es lo mejor que le ha pasado a la actividad vitivinícola en los últimos cinco años”, afirmó, y agregó: “Messi logró instalar un tema que nosotros no terminábamos de comunicar bien: que cada uno toma el vino como quiere… ¡y lo hizo en diez segundos!”.
El vino invita a conocerlo en profundidad; la multiplicidad de escuelas de sommeliers, cursos, capacitaciones enológicas y carreras con títulos de diferentes orientaciones lo confirma. Cuanto más se lo conoce, mejor es la forma en que se lo degusta. Y si de gustos se trata, nada está escrito. Con Sprite, soda o frutas… en esa libertad reside, probablemente, su mayor vigencia.

