Bordeaux, la región que durante siglos marcó el canon del vino tinto clásico, acaba de validar oficialmente el claret, un estilo más ligero y de menor alcohol, pensado para beberse frío. La decisión responde al impacto del cambio climático y a un mercado que ya no consume vino del mismo modo.
La industria del vino de Bordeaux siempre supo adaptarse a los hábitos de consumo. En los años setenta apostó fuerte por los blancos; a partir de los 2000 construyó su prestigio global sobre tintos potentes, con crianza en madera de roble y firme vocación de guarda. Hoy, sin embargo, la región vuelve a mutar, y lo hace recuperando una forma mucho más antigua de su propio vino: el claret.
Orígenes medievales del claret
Este vino no es nuevo. Surgió en el siglo XII, cuando los vinos de Bordeaux comenzaron a enviarse a Gran Bretaña y se convirtieron en los favoritos del mercado inglés. Durante siglos, “claret” fue casi sinónimo de tinto bordelés, aunque con un perfil muy distinto al actual: más claro, más fresco y menos estructurado que los vinos que hoy dominan la región.
Ahora, la denominación de origen protegida Bordeaux decidió validar formalmente el “bordeaux claret” como categoría dentro de la apelación. Las primeras botellas llegarán con la añada 2025 y marcarán una diferencia clara respecto de lo que muchos consumidores asocian hoy con el nombre: serán vinos más ligeros, menos tánicos y con menor graduación alcohólica.
Aunque suele hablarse de un “resurgimiento” del claret, lo cierto es que este estilo nunca desapareció del todo. El término siguió utilizándose, sobre todo en el mundo anglosajón, y algunos vinos ligeros de Bordeaux conservaron ese perfil. Lo que cambia hoy no es la existencia del claret, sino su estatuto: por primera vez la denominación de origen protegida Bordeaux lo define, lo regula y lo valida oficialmente como categoría, devolviéndole visibilidad y peso institucional tras décadas dominadas por tintos más potentes y de guarda.
Este cambio no obedece a una situación pasajera. Bordeaux es una de las regiones más afectadas por el calentamiento global, un acontecimiento cíclico en la vida del planeta Tierra. El aumento sostenido de las temperaturas adelanta las vendimias y favorece una mayor acumulación de azúcar en las uvas, lo que deriva en vinos cada vez más alcohólicos. Hoy, niveles del 15 % de alcohol son habituales, y esto genera preocupación entre productores y técnicos.

Formas de interpretación
Frente a este escenario, algunos efectos del cambio climático fueron interpretados como un “desafío positivo”. La región comenzó a experimentar con variedades más resistentes al calor y a replantear prácticas enológicas. Las condiciones más cálidas permiten una maduración más homogénea, pero obligan a repensar el estilo final del vino.
En ese contexto, el claret aparece como una respuesta estratégica. El nuevo reglamento propone maceraciones más cortas y un perfil que prioriza la frescura por sobre la potencia. El objetivo es producir vinos equilibrados y elegantes incluso en añadas cálidas, transformando una amenaza climática en una oportunidad enológica.
El clima no es el único factor en juego. Los hábitos de consumo también cambiaron. El aumento de las temperaturas lleva a los consumidores a buscar vinos más livianos y frutados. Tanto en Francia como en Gran Bretaña, el consumo de vino tinto viene cayendo, mientras crece el interés por estilos más fáciles de beber.
Los tintos ligeros que pueden servirse fríos se volvieron habituales en bares y mesas informales entre amigos. El “bordeaux claret” está pensado para beberse entre 8 y 12 grados, una temperatura que hace apenas unos años habría resultado impensada para un tinto de la región. El vino se adapta al clima en el que se consume.
Durante décadas, Bordeaux apostó por vinos potentes que lograron reconocimiento internacional y atrajeron a coleccionistas dispuestos a destinar fuertes sumas de dinero para adquirir una botella de estos ejemplares. Los precios subieron y la región consolidó una imagen de lujo. Sin embargo, ese modelo empezó a resquebrajarse. La demanda cayó en mercados clave, como China, las ventas internas disminuyeron y muchos consumidores giraron hacia vinos blancos.
Algunos productores admiten que el auge de los últimos cincuenta años llegó a su fin. Algunos viñedos fueron abandonados, mientras que otras parcelas fueron arrancadas. En un contexto de ajuste económico global, la imagen de un Bordeaux caro y solemne dejó de encajar con las prioridades de buena parte del público.

El regreso del claret es un guiño histórico
El claret no busca reemplazar a los grandes tintos clásicos. Los vinos estructurados y aptos para la guarda seguirán existiendo; eso es un hecho. Pero la nueva categoría abre una puerta distinta, pensada para consumidores que prefieren vinos listos para beber y menos enfocados en la acumulación o la colección.
Para muchos especialistas, el regreso del claret es también un guiño histórico. Bordeaux no siempre produjo vinos grandes y concentrados. Recuperar un término antiguo es, en cierto modo, volver a un pasado en el que el vino era más cotidiano y menos monumental: un elemento de consumo diario.
¿Puede generar confusión el nombre? Los expertos creen que no. El claret apunta a generaciones jóvenes que, en muchos casos, ni siquiera utilizan ese término. En un mundo donde vuelven técnicas antiguas, como el “pétillant naturel” o el uso de ánforas —como en el caso del vino naranjo impulsado por Josko Gravner en Friuli-Venezia Giulia—, rescatar denominaciones del pasado puede resultar incluso atractivo.
Hoy, cuando Borgoña lidera el ranking de precios del vino mundial, el claret surge como una novedad muy bien recibida. Con su validación, Bordeaux reconoce algo fundamental: el vino clásico no desaparece, pero abre las puertas a otras versiones. El clima, el mercado y los consumidores marcan la tendencia hacia donde deben dirigirse los esfuerzos productivos. Bordeaux es la locomotora; la tendencia ya está marcada.
