(Por Diego Nofal).- Raúl Jalil estampó su firma con la solemnidad de quien bendice una cosecha y el Boletín Oficial amaneció con la novena actualización ambiental de Bajo La Alumbrera. Los papeles ya dicen que sí, aunque en los valles todavía resuena un murmullo más terco que el zonda anunciando resistencia.
La resolución desempolva los viejos pits Alumbrera y Durazno para un plan de trabajo que abarca desde 2026 hasta 2031, un lapso suficiente para que varias generaciones de vizcachas aprendan derecho minero. La noticia cayó en Santa María, Belén, Andalgalá y Hualfín como una piedra en un plato de locro, salpicando entusiasmo y sospecha en partes iguales mientras el reloj de la explotación volvía a hacer tictac.
El permiso incluye la extracción conjunta de ambos yacimientos y la reactivación de ocho pozos de agua en Campo El Arenal, que es como invitar a todos los sobrinos a una pileta prestada en pleno enero catamarqueño. La concesión autoriza hasta 800 litros por segundo y el pico de consumo llegaría en 2030, cuando el proyecto demandaría el 42 por ciento del recurso disponible según las proyecciones oficiales.

La letra chica del decreto de Jalil
La letra chica exige monitoreos trimestrales, estudios hidrogeológicos de esos que hacen transpirar a los consultores y planes de contingencia por si la sequía decide hacer de las suyas justo cuando más se necesita el agua. Es un gesto de prudencia que en los papeles suena impecable, aunque los vecinos juran haber visto más controles prometidos que asados comunitarios suspendidos por lluvia, una metáfora que en la región se entiende con solo mirar el cielo.
La energía llegará desde El Bracho, Tucumán, con una extensión de cable que cruza la geografía como un hilo tensado entre la esperanza desarrollista y el escepticismo criollo, porque aquí la luz siempre viene de lejos pero la cuenta llega cerquita todos los meses sin falta. El proyecto también anuncia compromisos de responsabilidad social, contratación de mano de obra local y una perspectiva de género que incorpora a las mujeres a un rubro históricamente tan masculino como el truco y el fernet.
El proceso de participación ciudadana desplegó sus carpas entre marzo y abril con charlas, fiscalizaciones y audiencias públicas que reunieron a unas 800 personas, un número respetable para cualquier convocatoria que no incluya un festival folclórico de entrada gratuita. Los asistentes preguntaron, anotaron, desconfiaron y se llevaron folletos que probablemente terminen forrando cajones de cocina, ese destino inevitable de tantas promesas impresas a todo color.

Las asambleas mineras se recalientan en Catamarca
El Ministerio exigió además un manejo de residuos intachable, porque si algo aprendió la minería es que un dique de colas se convierte en el tema de sobremesa más explosivo desde que inventaron la política en Catamarca y Andalgalá guarda memoria de sobra para recordarlo. Cada cláusula ambiental parece escrita con la delicadeza de quien pone un vaso de vidrio sobre un mantel de domingo, consciente de que cualquier movimiento en falso puede manchar toda la ceremonia.
Los pueblos del oeste catamarqueño ya afilan sus argumentos con la paciencia de quien sabe que las batallas contra los papeles firmados suelen durar más que la vida útil de un socavón profundo y bien ventilado. Las asambleas se recalientan, los teléfonos arden con mensajes de voz interminables y los termos de mate circulan con una velocidad inusitada mientras se organiza la próxima movida para frenar lo que Jalil habilitó con un trazo de lapicera oficial.
La paradoja es deliciosa e incómoda a la vez y merece ser contada sin eufemismos, porque un Jalil ilusionado con la reactivación minera y una docena de comunidades decididas a pararla conforman el guion perfecto para una novela costumbrista que se escribe sola cada madrugada en los portales digitales de la provincia más montañosa del noroeste argentino.

