(Por Diego Nofal).- El gobernador de Catamarca, Raúl Jalil, decidió participar en la celebración del Día de la Independencia de los Estados Unidos. No se trató de un gesto protocolar menor ni de una simple cortesía internacional. Fue, ante todo, una nueva muestra de sumisión política que no debe pasar desapercibida para los catamarqueños. El evento se realizó en la residencia oficial del embajador norteamericano en Buenos Aires.
Esta es la primera vez que un mandatario del Norte Grande argentino asiste a este tipo de recepciones diplomáticas. La novedad estadística, sin embargo, adquiere un valor fundamental por el contexto político y social que atraviesa la provincia. La presencia de Jalil no es ingenua ni mucho menos casual. Responde a una lógica de alineamiento que su gobierno ha mantenido desde el primer día de gestión.
Durante la administración de Jalil, las empresas extranjeras siempre han recibido un trato preferencial por encima de los intereses locales. Las decisiones clave, especialmente en el ámbito minero, se han tomado sin consultar a las comunidades afectadas. La opinión de los pobladores de Catamarca ha sido sistemáticamente relegada a un segundo plano. Eso ha generado un caldo de cultivo perfecto para el descontento social y la desconfianza.
El conflicto por la licencia social se ha vuelto un problema grave para la industria extractiva en la provincia. La población ya no cree en las promesas de desarrollo sustentable que esgrimen las compañías. Exigen transparencia, participación y respeto por su entorno natural y cultural. Sin embargo, el gobierno provincial ha actuado como un facilitador de los intereses foráneos y no como un defensor de los suyos.
La Catamarca de Jalil sufre la contaminación derivada de la minería más que otra provincia
Catamarca ha sufrido la contaminación derivada de la minería extractiva más que cualquier otra provincia argentina. Los pasivos ambientales son evidentes y las consecuencias sanitarias, una preocupación constante en varias localidades. Los ríos, el suelo y el aire han pagado el costo de un modelo productivo impuesto desde arriba. La memoria de esos daños sigue muy presente en el reclamo cotidiano de los catamarqueños.
En este escenario, festejar la independencia de Estados Unidos resulta, como mínimo, contradictorio y provocador. No se trató de un acto aislado, sino de un mensaje político claro hacia adentro del territorio provincial. Jalil celebró con quienes representan el poder económico que tanto ha presionado en Catamarca. La foto con los diplomáticos norteamericanos vale más que cualquier discurso de soberanía nacional.
La asistencia del gobernador obedeció también a un pedido explícito del gobierno nacional. La Casa Rosada buscó una muestra de respaldo institucional a la alianza con Washington. Jalil, una vez más, acató la orden sin titubear y sin medir el costo político local. Su figura quedó expuesta como la de un funcionario dócil ante las directivas del poder central. La sumisión se ejerce en dos frentes: ante los extranjeros y ante el oficialismo de turno.
Los ciudadanos de Catamarca deben reflexionar sobre el significado de esta participación oficial. La celebración de una potencia hegemónica no puede ser ajena a las necesidades urgentes de la provincia. El gobernador parece más atento a las exigencias externas que a la voz de su propio pueblo. Mientras tanto, la deuda social y ambiental sigue creciendo sin respuestas concretas ni soluciones a la vista.
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