(BUENOS AIRES).- «Un romántico empedernido, un enamorado de la vida: toda su vida estuvo enamorado», recordó Silvia Fernández sobre su ex novio. Esa condición de enamorado constante marcó la historia afectiva de Gustavo Cerati, aunque para la mayoría de sus seguidores existe un nombre que se destaca por encima de todos: Cecilia Amenábar, a quien la propia historia del músico señala como el amor de su vida. La chilena fue su pareja en la década del 80, con la que decidió casarse y formar una familia.
El encuentro entre ambos se produjo durante una conferencia de prensa en Chile, cuando Soda Stereo atravesaba su mejor momento y ella, de apenas 17 años, se iniciaba en el mundo del modelaje. La química fue inmediata y Cerati se enamoró al punto de escribirle muchas cartas para confesarle su amor. Una de esas misivas quedó para siempre en la música: forma parte de No necesito verte, una de las grandes canciones de la banda.
El sí en el altar llegó un 25 de junio de 1993 y ese mismo año nació Benito, el hijo más famoso y mediático de Gustavo Cerati. Tres años después, en 1996, Cecilia dio a luz a Lisa, la más chica de la familia. El vínculo terminó bien, como también sucedió con su última pareja.
El primer gran amor
Antes de Cecilia hubo otra historia que suele quedar fuera de las menciones más conocidas: Silvia Fernández, su primera gran novia, según reconstruye la biografía Algún tiempo atrás. La vida de Gustavo Cerati, de Sergio Marchi. Se conocieron en 1977 en un baile de carnaval del Club YPF, frente al Club Ciudad de Buenos Aires, cuando ella cursaba tercer año en el colegio de monjas Compañía de María y él estaba en quinto. Silvia tenía 15 años, era tres años menor y vivía a cuatro cuadras de la casa de Cerati, en Avenida Elcano, entre Álvarez Thomas y Delgado.
El noviazgo duró más de cuatro años y fue formal, con salidas familiares incluidas. «Nuestra relación era de noviazgo formal y eso incluía salidas familiares; tengo un vago recuerdo de ir a la casa de unos tíos donde hacían asados a la noche y también a un lugar que su familia llamaba la casita, en San Isidro», contó Silvia. En ese período, Cerati atravesaba sus últimos días en el Instituto San Roque, integraba la banda Koala, fue suplente del guitarrista de Manuela Bravo y pidió una prórroga del servicio militar. «Gustavo vivía con poco, el viejo le daba dinero pero a él no le importaba nada, ni tener una buena pilcha ni un buen par de zapatos. Se ponía las zapatillas Topper y con eso iba a todos lados», describió ella.
La ruptura llegó después de un viaje de Savage a Punta del Este: el padre de Silvia le prestó el dinero para el viaje y, al volver, Cerati se lo devolvió y terminó el noviazgo. Antes habló con los padres de ella para explicarles sus motivos. «Después habló conmigo y estuvimos de acuerdo con que lo nuestro se había desgastado y que queríamos cosas distintas», recordó Silvia, que nunca volvió a verlo, aunque amigos y familiares le contaron que él preguntaba por ella. Por entonces, Cerati ya había comenzado Comunicación Social en la Universidad del Salvador, donde conoció a Zeta Bosio, y había recibido su primera Gibson SG, comprada por su padre en Estados Unidos.
La última pareja
La última pareja del músico fue la modelo Chloé Bello, que rompió el silencio después de la muerte de Gustavo Cerati y apuntó contra la familia del artista por el trato que recibió tras el accidente cerebrovascular que él sufrió durante un recital en Venezuela en 2010. «Yo no lo solté nada, me obligaron», dijo Bello en Urbana Play Radio. Bello estaba en Europa al momento de la descompensación y logró «llegar antes que la familia, que estaba a dos horas». «Me encontré con lo que quedaba de él, por suerte llegué a verlo. Me llegó a ver, no acostamos juntos y se fue desvaneciendo lentamente», relató sobre ese último encuentro.
Gustavo Cerati murió en 2014, a los 55 años, y su recuerdo sigue vivo en cada canción de Soda Stereo.
