El ocaso: las últimas hora de De la Rúa como jefe de Estado

Un repaso de uno de los días más negros de la historia argentina.
<a href="https://elintransigente.com/politica/2019/07/09/el-ocaso-las-ultimas-hora-de-de-la-rua-como-jefe-de-estado/" rel="bookmark"><time class="entry-date published" datetime="2019-07-09T09:41:48-03:00">julio 9, 2019</time><time class="updated" datetime="2019-07-09T09:41:49-03:00">julio 9, 2019</time></a>

La historia de la triste crisis de diciembre de 2001 marcó básicamente la renuncia de un presidente, decenas de muertes en las calles del centro porteño y el resto del país, una posterior crisis sin precedentes y una fragmentación total del sistema político en el país. El miércoles 19 de diciembre a las siete de la tarde, el entonces presidente Fernando de la Rúa declaraba el estado de sitio por 30 días.

Allí, comenzaba el prólogo de lo peor de la historia argentina. Desde ese momento se prohibía el derecho de reunión y la libertad de circulación en determinadas horas, pero de nada sirvió porque esa misma madrugada miles de personas ya se habían reunido en la residencia de Olivos. No sólo afuera, sino muchos ya trepados al paredón de acceso, la misma imagen que vieron los custodios del entonces jefe de la Alianza que no dudó: De la Rúa estaba en riesgo.

Casi sin policía en la calle, con cada vez más multitudes reclamando y un De la Rúa en su habitación, en otros rincones de Buenos Aires el Gobierno negociaba con dirigentes opositores para sumarlos a un gobierno de unidad como última medida antes del estallido. Ya son Domingo Cavallo como ministro de Economía, con miles de personas en las calles golpeando cacerolas, y un rechazo a la unidad, ya no había marcha atrás.

Mientras tanto, en Olivos, la seguridad de la Quinta estaba a punto de disparar hacia los compatriotas que se trepaban a la pared. De pasar al otro lado, y con la seguridad del Presidente en riesgo, las ametralladoras estaban listas para abrir fuego. Como última medida de defensa y con los gendarmes apuntando a la gente, por megáfono pidieron que se bajen, lo que lograron varias horas después.

Ya en el amanecer, el Mandatario radical se sentó a leer el diario del día mientras en todo el territorio nacional había reclamos, cortes, cacerolazos, desocupados, violencia, patacones y un sistema bancario que se preparaba para el golpe final. Luego de una década, también llegaba el fin para la convertibilidad, los ahorros de la gente y la indignación popular. Esa misma tarde, De la Rúa se dirigió al país vía cadena nacional para pedir por una unidad nacional que jamás iba a concretarse.

Esa misma jornada continuaría de la peor manera: todo el peronismo aglutinado esperando el desenlace fatal, muertos a balazos en las calles, más de 35 muertos en todo el país y un De la Rúa que sólo esperaba una ayuda de la oposición: pasadas las 16 le informaron que nunca iba a concretarse un gobierno de unidad. Dos horas después, a las 18, la CGT anunciaba otro paro general. Sin salida posible, ni política, ni económica ni social, el hasta entonces presidente radical tomó la decisión que muchos querían: la renuncia.

Como último acto de ¿decencia?, De la Rúa recogió todas sus cosas en manos de su secretaria, envió su carta de renuncia al Congreso, y se dispuso a abandonar Casa Rosada en auto. La advertencia de que no podían garantizarle seguridad lo obligó a subir hacia la azotea, donde segundos después quedara retratada una de las tantas imágenes de la triste historia nacional: el helicóptero huyendo de Plaza de Mayo.

Lo que vendría después también es historia conocida: cinco presidentes, más violencia, crisis, default, todo junto en un combo que fue letal para millones de argentinos que muchos, por primera vez en sus vidas, vivían lo que era una verdadera crisis histórica para la nación, la misma que durante muchos años dejó consecuencias para todos. Hoy, la muerte de un protagonista de esos días nos trajo a la memoria una de las páginas más negras de la historia argentina.