Rafael Escudero

Rafael Escudero: “Mi apuesta por la música es constante y visionaria”

"Escribí sobre todo lo que es posible describir con canciones: momentos, lugares, amores y emociones".
<a href="https://elintransigente.com/sociedad/2019/05/17/rafael-escudero-mi-apuesta-por-la-musica-es-constante-y-visionaria/" rel="bookmark"><time class="entry-date published" datetime="2019-05-17T21:58:25-03:00">mayo 17, 2019</time><time class="updated" datetime="2019-05-17T23:03:13-03:00">mayo 17, 2019</time></a>

Un encuentro con Rafael Escudero más que una conversación resulta un viaje por esos universos que solo los bohemios, los que tienen el alma templada para percibir las sensaciones que el común no advierten, hacen que se transformen en mensajes musicales. Rafael es el segundo de seis hermanos: Josué, el mayor, y detrás suyo Marcos, Wenceslao, Javier e Inés María, todos con el don de la sensibilidad artística, que parece una marca registrada en la familia, ya que en su tiempo cantaban juntos y eran conocidos como “Los Hermanos Escudero“.

Con más de treinta años de música a cuestas, Rafael conoce todos los secretos del arte musical porque ha listado en todos los puestos. Desde el acto solitario de la composición de un tema, pasando por el manejo de un estudio de grabación propio hasta el escenario, desde donde desgrana sus canciones con la misma mansedumbre del que siembra sus semillas favoritas. En eso reside esa magia tutelar que poseen los artistas, en ir dejando huellas en el alma de quienes los escuchan.

Su versatilidad le ha permitido ejecutar muchos instrumentos: de cuerda, piano, percusión y más todavía porque en su amplitud avanzó sobre las nuevas tecnologías digitales, desde las cuales también escudriña los nuevos horizontes posibles de la música electrónica, para poder así fusionarlo con su influencia autóctona.

Mientras ejerce la docencia musical continúa componiendo, una expresión que realiza desde los quince años y que le permitió ubicarse en el repertorio de nombrados artistas como: Los Tekis, Los de Jujuy, Los Puesteros, Los del Portezuelo, y el Negro Álvarez.

Sellos discográficos como Sony, Warner y Universal saben también de su inspiración en baladas y canciones.

El talento de Rafael le valió superar composiciones de artistas de renombre, a la hora de la elección de su música para novelas de la productora Pol-K, que utilizaron canciones suyas para las novelas “Malparida”, “Herederos de una venganza” y “Lobo”. Ésta última interpretada por Cristian Castro, con lo cual ingresó al exclusivo mundo de la televisión argentina.

Desde giras por el norte con Los Tekis y Los Nocheros, hasta tocar el charango en el Teatro Colón con Soledad Pastorutti, todo eso abona la experiencia de un artista que proviene desde la raíz misma del folklore salteño y que se hizo de dimensión nacional. Que además no se conforma con escuchar sus temas en la calle o en una radio, sino que continúa a bordo de su tráiler yendo siempre en búsqueda del paisaje que inspira, de la anécdota que se hace canción y se reparte en el corazón los pueblos.

A la pregunta sobre cómo definiría su actividad musical, Rafael responde: “Mi apuesta por la música es constante y visionaria, subo mis videos a la red pensando en que, cuando se dicte la ley que declare la obligatoriedad de enseñar folklore en las escuelas, los chicos tengan un material disponible a mano para aprender a cantar, a ejecutar un instrumento y a conocer las canciones que conforman nuestra herencia cultural”.

Su inspiración primera fue Jaime Dávalos y no es para menos. Cuánto podía llegarle a un espíritu sensible esa voz robusta y cadenciosa que ostentaba el gran juglar norteño, a quien conoció personalmente. Todos esos recuerdos sellaron una vocación que lo impulsa desde siempre a templar las cuerdas y generar sueños traducidos en letras y músicas que van más allá, abriendo caminos.

Rafael fue siempre fiel a ese camino que la vida le iba proponiendo a través del arte; en su infancia en la finca paterna de Potrero de Uriburu, a 40 kilómetros de la ciudad de Salta, donde montaba imaginarios conciertos improvisando tonadas para los pájaros, que alimentaban el sueño de vivir de la música y que hoy lo tiene como un cantautor con más de 1.100 canciones compuestas.

Mientras los mates van hilando esa metáfora de la amistad, que sugiere compartir un momento con el hombre que sueña y realiza, Rafael explica cómo es la temática de sus canciones y su facilidad para ejecutar varios instrumentos. “Escribí sobre todo lo que es posible describir con canciones: momentos, lugares, amores y emociones. Las primeras hablaban justamente del amor. Mi vivencia de chico y de juventud en Salta le impuso a mi obra también una impronta religiosa, sobre todo del tiempo del Milagro salteño”.

Cuesta a veces superar la barrera de su humildad para hablar sobre su obra, pero se logra y entonces agrega: “También incursioné en el género infantil componiendo canciones para chicos, ¡y hasta hice humor! –(ríe)-. Grabé canciones para el ‘Negro Álvarez’, el famoso humorista”.

Mientras se desgranan estas anécdotas, detrás de Rafael monta su guardia perenne la guitarra, esperando el momento de convertirse en tiempo, ausencia y canto. Su estudio de grabación, los escenarios y las redes sociales ya están familiarizadas con su música y sus letras.

Ha podido compartir momentos y pentagramas con artistas de la talla de César Isella, Robustiano Figueroa Reyes y Martín Alemán.

Es un creador pausado, que prefiere escalar el reconocimiento público de manera tranquila, animado por las ganas y la pasión que van consolidando mojones en su carrera, antes que el éxito repentino que provoca en ocasiones un vértigo que a veces se precipita tan rápidamente como fue el ascenso. “Esas caídas suelen ser terriblemente dolorosas, hay artistas que conozco y les ha pasado”, admite y añade: “El asunto no es llegar, si no mantenerse en el tiempo”.

Su presencia en las redes sociales tampoco es menor. Con 500 mil visitas y más de 1.500 suscriptores en su canal de YouTube de tutoriales, enseña desde su sitio el repertorio tradicional argentino, buscando de que los más chicos vayan nutriéndose de esa savia que representa el acervo tradicional, pero sabiendo acomodar sus voces a las canciones más conocidas, en lo que constituye un caso destacado de docencia musical a partir de las composiciones más celebradas.

En la conversación vuelven recuerdos de su niñez en Salta, de su primera guitarra a edad temprana, de sus primeros profesores de música, de su mudanza a Buenos Aires a sus 23 años y de sus estudios de canto y piano con la profesora y musicóloga Carmen Gómez Carrillo. “Hice de todo antes de llegar plenamente a la música. Mi padre tenía una finca, hacía negocios y lo acompañaba en su trabajo mientras estudiaba ciencias económicas, que luego dejé para dedicarme de lleno a esta pasión de cantar, componer y grabar. Tengo dos maravillosas y creativas hijas que crecieron a mi lado, abrazaron esta misma vocación y ahora trabajan dedicadas a tiempo completo al mundo del arte y de la música. Es un sueño hecho realidad compartir con ellas este profundo camino artístico y creativo”, relata.

Su mirada se eleva y se pierden en algún punto donde la memoria parece devolverle esos momentos, que sintetiza en la charla donde evoca esa unión de idiosincrasias que cohabitan en su ser; la herencia española de su padre y el aporte italiano de Inés, su madre porteña.

Y es acertada su reflexión porque Salta tiene una marcada herencia hispánica en sus casas, su gastronomía, su cultura y su religiosidad. Buenos Aires es hija de la inmigración, de aquella que hacia las primeras décadas del siglo XX contaba con un italiano por cada cinco porteños. Un sincretismo que subraya el arte musical de Rafael.

La bohemia de Salta siempre tuvo un cariz particular, la vieja casona o el boliche en penumbras donde se gastaban las horas entre vinos, empanadas y versos. Una fórmula que dio nombres de bronce para el arcón de la cultura salteña como Leguizamón, Castilla, Perdiguero y el mismo Jaime Dávalos, inspirador de la obra de Rafael.

Los tiempos han cambiado y aquellas imágenes románticas de los compositores trasnochados se rompe con un Rafael Escudero, que habita una moderna casa rodante con un sistema inteligente de energía solar, paneles y baterías que le proveen de internet y todo lo necesario para hacer música en cualquier rincón del país. Lo cual lo convierte en un verdadero bohemio del siglo XXI al manejar su propio estudio de grabación móvil, alimentado a energía solar. Una innovación tecnológica que preserva la calidad de la inspiración ancestral.

Bohemia sí, pero con una capacidad diferenciada porque además predica conciencia ambiental. Es la misma matriz, la misma manera de hacer música, pero utilizando energía solar; un concepto absolutamente novedoso y que lo inscribe en el mundo de los adelantados que transforman en realidad lo que sienten y piensan. El universo de su música es igual al de cualquier otro compositor, pero a sus máquinas y a su estudio los moviliza el Sol.

El universo de su inspiración es Argentina. Los paisajes que recorre en su vehículo y como en aquella patria gaucha donde la inspiración le asaltaba al hombre y este detenía su caballo, hoy instalan a Rafael en su casa rodante como si fuera un juglar de los tiempos modernos… y futuros.

Cerramos el diálogo con la música de Rafael que regala su generosidad entonando “No tenemos la culpa”, su composición más reciente. En la mente queda flotando una frase de su canción: “No tenemos la culpa, el encontrarnos fue el destino, no pudimos prevenirlo”. Quizá se refiera a un amor, quizá subraye esta realidad existencial suya: encontrarse con la música fue cosa del destino, no se pudo prevenir. El resultado está allí, en el artista.