Un científico del CONICET reflexiona sobre el desarrollo del ambiente y los problemas que presenta

En el mes en que se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente, el investigador independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en el Centro Austral de Investigaciones Científicas (CADIC), Christopher Anderson, realizó un recorrido histórico sobre el desarrollo del ambiente y planteó nuevos desafíos para el futuro. Según las Naciones Unidas, el día de la conmemoración de este objeto de estudio fue elegido “conscientes de que la protección y el mejoramiento del medio humano es una cuestión fundamental que afecta al bienestar de los pueblos y al desarrollo económico del mundo entero”.

“A partir del Renacimiento –hace unos 500 años- surgió en el Occidente una concepción dominante que separa al ser humano de la naturaleza. Esa distinción no existe en otras culturas y fue la que permitió a estas sociedades desarrollar diferentes técnicas de dominación de la naturaleza”, comenzó a explicar el científico y profesor de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego (UNTDF). “A fines del siglo XIX esta idea empieza a entrar en crisis con la desaparición o el peligro de extinción de algunas especies que evidenció que los recursos naturales no son infinitos. Hacia mediados del siglo pasado, comienza a verse al ser humano como un factor de perturbación de la naturaleza y se habla de una crisis ambiental por la cual se debe limitar su impacto”, continuó.

En esa línea, prosiguió: “Si bien hay un cambio en el reconocimiento de un problema, también hay una continuidad: lo humano sigue siendo un elemento separado de la naturaleza. Por eso las primeras medidas de conservación tienen que ver con la exclusión del ser humano, por ejemplo, a partir de la creación de reservas naturales. Eso implica resguardar los valores puramente biológicos sin tener en cuenta la historia humana de esos espacios”. Sin embargo, este tipo de concepciones se descubrieron insuficientes cuando se comenzó a alertar la pérdida de especies, idiomas y culturas.

“De hecho, en la actualidad un 40% de las lenguas existentes a nivel mundial enfrentan algún nivel de amenaza de extinción”, explicó el científico. Este tipo de conceptos comenzaron a ser concebidos dentro de las ciencias ambientales en la década del ’80, cuando, además de la biodiversidad, también se puso el foco sobre la diversidad bio-cultural. En ese marco, Anders señala como ejemplo a los yaganes, quienes “tenían numerosas palabras que referían a la cosecha de mariscos en distintos contextos, como bajo la luz de la luna o para regalar a un amigo, que nosotros tenemos que expresar con frases complejas. Entonces hay todo un concepto y una experiencia con relación a la naturaleza en un entorno específico, que se pierde si muere la lengua a la que se asocia”.

Hoy en día se estableció que las pérdidas biológicas que sufre el ambiente están en relación con las pérdidas culturales, ya que se entiende que en donde hay más diversidad biológica es en donde también hay mayor diversidad cultural. “Desde las prácticas de la cultura Occidental, la agricultura se asocia con una reducción de la biodiversidad. Sin embargo, existen otras formas agrícolas llamadas policultivos, relacionadas a pueblos indígenas y comunidades locales, que, por el contrario promueven la diversidad de especies. Existen algunos estudios que evidencian que en Yucatán (México) o la región Amazónica (Perú y Brasil), lo que hoy se percibe como selva “prístina” es producto de la selección, durante milenios antes de la llegada de los europeos, de especies de acuerdo a sus valores y sus usos, por parte de los pueblos originarios que poblaron la región. Es decir estas selvas en realidad son en parte huertas”, señaló el investigador.

“El ambiente es un sistema acoplado entre ser humano y naturaleza. El desafío es acompañar ese cambio de mentalidad con un cambio institucional y en las prácticas de conservación. Debe hacerse una transversalización de los temas ambientales para que estos atraviesen la totalidad de la agenda política, como ocurre por ejemplo en los Objetivos de Desarrollo Sostenible, impulsados desde la ONU, a los cuales la provincia está adherida”, estableció Anders, poniendo el eje en la posición que se espera que tome el ser humano.

Así es que el científico señala los cambios en materia de institucionalización que se dieron a través del tiempo, iniciando con los derechos universales de los ciudadanos, los derechos sociales y los derechos no humanos. “Ya no es el ser humano el que tiene derecho a vivir en un ambiente sano sino que es la propia naturaleza que tiene derecho a una existencia saludable”, sentenció. Además, por el lado académico, nombra la aparición de diferentes iniciativas que fomentan el diálogo con otras disciplinas y formas de pensar.

“La naturaleza nos desafía a ir más allá de nuestros propios límites para poder ver al ser humano como lo que es y no como lo que creemos que es. Para esto es fundamental dialogar con otras maneras de concebir el mundo. Las decisiones entre visiones contrapuestas desde esta perspectiva son siempre políticas y el rol del científico ya no es el del especialista que informa a los tomadores de decisiones o la sociedad en general, sino que debe ser el garante de la participación de las múltiples miradas pertinentes en cada discusión”, finalizó el investigador.

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