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SOCIEDAD

Cuando Alejandro Vigil justificó el Sprite y perdió el vino

 

Hay límites que no se cruzan. No por conservadurismo ni por elitismo, sino por respeto.

 
Alejandro Vigil

(Por José de Alzaga).- Amigo lector: recalé nuevamente en Davos, ese escenario donde el invierno y el poder comparten un mismo idioma: el de la seriedad. Mientras la nieve imponía su orden blanco sobre el paisaje, llegó a mis manos una defensa que no debería haber existido. En un lugar donde se discuten guerras, mercados y el futuro de civilizaciones enteras, la banalidad adquiere un peso distinto: se vuelve obscena, como las palabras de Alejandro Vigil.

Davos no es un nombre casual ni un decorado alpino para turistas de invierno. Es el punto donde jefes de Estado, financistas y decisores globales se sientan a hablar de lo que importa, sin eufemismos y sin folklore. Allí la frivolidad no entra porque el contexto no la tolera. Y fue desde ese marco, donde todo se mide en consecuencias, que ciertas declaraciones revelaron su verdadera dimensión.

La frase —“a veces tomo vino con Sprite”— me llegó con una copa en la mano y el murmullo distante de una ciudad que, aun en invierno, nunca pierde gravedad. Fue en ese contraste brutal donde la defensa de Alejandro Vigil terminó de revelarse en toda su dimensión: no como una aclaración amable ni como un gesto de tolerancia, sino como una estupidez supina y oportunista. Que Lionel Messi lo diga es anecdótico; que alguien que sabe de vino lo justifique es el verdadero problema.

Hay límites que no se cruzan. No por conservadurismo ni por elitismo, sino por respeto. Decir que el vino se toma con Sprite no es una excentricidad simpática ni una picardía popular: es una barbaridad. Y defender esa barbaridad no es amplitud cultural ni modernidad. Es querer quedar bien cuando no corresponde.

Porque nadie que sepa de vino puede sostener seriamente semejante pavada. Nadie que entienda de tiempo, de suelo, de trabajo y de cultura puede banalizarlo al punto de diluirlo en una gaseosa industrial. El vino no se rebaja. Se respeta. Si necesita Sprite, entonces no es vino: es otra cosa.

Messi puede decir lo que quiera. Está en su derecho. Vive en una dimensión propia, ajena a las solemnidades ajenas. Come como quiere, toma como quiere y juega como nadie. Pero que lo diga no lo convierte automáticamente en verdad, ni en recomendación, ni mucho menos en doctrina cultural.

Vigil defendió su lugar en la foto

El problema empieza cuando aparece el séquito. Cuando alguien que sí sabe decide defender lo indefendible para subirse a la ola. Cuando el vino deja de ser vino y pasa a ser una excusa para figurar. Vigil no defendió una costumbre popular: defendió su lugar en la foto. Defendió la cercanía simbólica con el apellido más poderoso del país. Defendió esa comparación obscena que tanto le gusta alimentar.

Tal vez la explicación sea menos ideológica y más contable. Cuando el vino se concibe en millones de litros, cuando se lo piensa como flujo, como rotación, como cifra, la noción de sacralidad resulta un estorbo. En ese universo, mezclar no es herejía: es método. El vino ya no se mide por su silencio ni por su origen, sino por su capacidad de convivir con otras bebidas igualmente industriales, hasta llegar a la compatibilidad de volumen. Quizás esa sea, después de todo, la realidad de Alejandro Vigil.

Messi es único. El vino también. Y usar uno para banalizar al otro es una torpeza imperdonable. No existe vino que merezca Sprite. Y si lo admite, es porque vale dos pesos con cincuenta, porque no tiene origen, ni alma, ni historia. Es vino sin identidad, líquido sin relato.

Que vayan y le pregunten a Michel Rolland si toma vino con Sprite. Que le pregunten si recomendaría semejante herejía. Que le pregunten si el respeto por el vino admite burbujas artificiales. La respuesta es tan obvia que ni siquiera necesita ser escrita.

El vino es cultura, paciencia y paisaje

El vino es cultura, es tiempo, es paciencia, es paisaje. Es silencio y trabajo acumulado. No es una bebida para diluir ni un objeto para quedar bien en redes sociales. Pregonar que “el vino se toma como a uno le gusta” es una consigna vacía cuando se la usa para justificar cualquier cosa.

Como suele decir Michel Rolland, “si un vino necesita ser corregido en la copa, algo falló antes”. Y no hay Sprite capaz de salvar un fracaso.

La página se agota y el gesto final no admite retórica. Descapsulo un Sassicaia 1985, regalo de mi amigo Nicolò Incisa della Rocchetta, un vino que no se compra: se hereda o se ofrece en silencio. Cae en la copa tal como fue pensado en Bolgheri: íntegro, severo, sin necesidad de ser explicado. No hay mezcla, no hay corrección, no hay guiño a la época. Solo tiempo, memoria y una verdad que no se diluye. Hay vinos que clausuran discusiones. Este es uno de ellos.

Hasta la próxima.