(BUENOS AIRES).- La pretemporada de Boca arranca con más de una incógnita en el frente de ataque y con la decisión del entrenador Rodolfo Arruabarrena de apostar fuerte por los juveniles. Sin certezas sobre la recuperación de Adam Bareiro ni sobre la continuidad de Exequiel Zeballos, el Vasco dispuso que los pibes Íker Zufiaurre, Gonzalo Gelini y Leonel Flores se integren de lleno al plantel profesional y peleen un lugar en la delantera que hoy muestra más urgencias que certezas. La apuesta tiene lógica de necesidad: los refuerzos no llegan al ritmo que exige el calendario y el técnico decidió mirar hacia las inferiores antes que esperar por nombres que no terminan de aterrizar.
Leonel Flores es la gran novedad entre los convocados. Centrodelantero de área, llegó al primer equipo por pedido expreso de Arruabarrena, que lo siguió de cerca durante la etapa formativa y pidió que lo subieran para esta pretemporada. Su incorporación a los trabajos con los mayores no es un guiño simbólico: el cuerpo técnico lo considera una alternativa real para suplir la ausencia de Bareiro mientras el paraguayo termina de sanar la lesión que arrastra desde el tramo final de la primera parte del año. Flores sabe que tendrá que ganarse los minutos con goles y que la exigencia en Boca no espera, pero su presencia en la nómina habla de una decisión táctica firme, no de un maquillaje de juveniles para la foto.
Los otros dos nombres que ya vienen sumando rodaje son Íker Zufiaurre y Gonzalo Gelini. Ambos tuvieron minutos en la primera parte de 2026, cuando las urgencias del plantel los empujaron a escena antes de lo previsto. Ahora, sin embargo, ya no serán una solución de emergencia sino parte del recambio pensado para todo el semestre. El plan de Arruabarrena es que los tres juveniles se conviertan en una camada de relevo inmediato mientras las negociaciones por delanteros de mayor peso —como Sebastián Villa, cuyo nombre resuena otra vez en los pasillos— siguen sin definirse. La velocidad de los pibes le da al técnico una frescura que el plantel no encontraba en los últimos mercados de pases.
Pero la irrupción juvenil no puede leerse sin el contexto de las bajas y las dudas que rodean la zona de ataque. Adam Bareiro sufrió una lesión unos partidos antes de que terminara la competencia en la primera mitad del año y su situación todavía no está remediada. Las fuentes médicas son cautas y, aunque confían en que volverá a ser el titular indiscutido del área xeneize, por ahora no hay fecha cierta de retorno. El “mientras tanto” abre una ventana de oportunidad ineludible para los que se animen a ocupar ese vacío, y los juveniles lo saben.
A esa preocupación se suma el caso de Exequiel Zeballos. El extremo arrastra la incertidumbre sobre su contrato y una supuesta oferta de compra que todavía no se ha materializado. El tiempo corre y el fantasma de que el jugador deje de ser tenido en cuenta al ingresar en el último semestre de su vínculo sobrevuela cada conversación puertas adentro. En un club donde los contratos largos son moneda de cambio, la indefinición de Zeballos le quita al Vasco una pieza que, en condiciones normales, sería inamovible. La posibilidad de que Boca pierda a uno de sus atacantes más desequilibrantes por una gestión contractual desprolija agrega presión sobre el área deportiva y, sobre todo, sobre los juveniles que ahora tendrán que bancarse el protagonismo.
Más allá de las incógnitas, Arruabarrena cuenta con un grupo de delanteros que ya demostraron su capacidad. Miguel Merentiel, Ángel Romero y Milton Giménez son las alternativas concretas para la primera línea, a los que se suman Alan Velasco y, eventualmente, Kevin Zenón como variantes de ataque. Merentiel, ese que siempre termina imponiéndose, es el más firme entre los experimentados, aunque el técnico sabe que la competencia interna será feroz. El Vasco nunca regaló minutos y ninguno de ellos tiene el puesto asegurado, lo que convierte a la pretemporada en un campo de pruebas tan intenso como impiadoso. La presencia de los pibes, lejos de ser un adorno, funcionará como un espejo que obligará a los consolidados a elevar la vara.
La apuesta de Boca por Zufiaurre, Gelini y Flores es, sobre todo, un voto de confianza en un momento de transición silenciosa. Sin los refuerzos rutilantes que la tribuna pide y con el mercado todavía en compás de espera, el club se juega a la intemperie la suerte de su delantera. Los juveniles llegan sin el peso de los millones pero con la obligación de responder de inmediato en un campeonato que no perdona. El fútbol argentino está lleno de historias de pibes que explotaron cuando nadie los esperaba y de otros que se apagaron antes de tiempo. La responsabilidad ahora es de ellos, y Boca, como siempre, no acepta grises.
