(BUENOS AIRES).- Cuando Netflix sumó BoJack Horseman a su catálogo, pocos imaginaban que esa serie animada sobre un caballo egocéntrico, alcohólico y en plena crisis de los 50 iba a convertirse en una de las ficciones más crudas y honestas sobre la salud mental. Creada por Raphael Bob-Waksberg, la historia arranca cuando el protagonista, antigua estrella de la sitcom “Retozando”, decide publicar sus memorias para revivir una fama que se apagó en los años 90.
Detrás del micrófono, Will Arnett construye un BoJack tan despreciable como vulnerable. El actor se metió tanto en la piel del caballo que terminó buscando ayuda psicológica: la carga emocional del personaje le pasó factura. También participó Aaron Paul, el actor que dio vida a Jesse Pinkman en Breaking Bad, y un elenco que completa un universo donde humanos y animales antropomórficos conviven sin que nadie se extrañe, aunque cada especie conserve sus tics —los perros mueven la cola, los gatos se suben a los árboles—.
Al principio la serie te descoloca con un humor absurdo y juegos de palabras que el propio Bob-Waksberg emparenta con South Park —la cita entre sus influencias principales—, pero apenas avanzan los capítulos la fachada cómica se resquebraja. Lo que parecía una sátira de Hollywood se transforma en un espejo incómodo: depresión, alcoholismo, ansiedad, abuso de sustancias y el peso del pasado aparecen tratados sin concesiones. En un episodio casi mudo de la tercera temporada, BoJack bucea en un festival submarino y el silencio subraya su soledad con una precisión que lastima.
Ese equilibrio entre la carcajada y el golpe bajo es la marca de fábrica. La serie nunca juzga a sus criaturas: no hay buenos ni malos, solo personajes que intentan sobrevivir a sus propias miserias. Princess Carolyn trabaja sin parar para no pensar, Diane busca un propósito que la sostenga, Todd descubre su identidad a los tropezones y Mr. Peanutbutter encarna la felicidad superficial que esconde un vacío idéntico al de BoJack. Hasta Sarah-Lynn, la niña estrella que creció entre flashes, confiesa en una escena devastadora: «I wanna be an architect».
Netflix estrenó la tercera temporada en julio de 2016, y para entonces la serie ya había demostrado que su ambición iba mucho más allá de la comedia animada convencional. Bob-Waksberg logró mantener un equilibrio asombroso entre el drama y los momentos más dolorosos, anclado en el ADN mismo de la historia. Los temas de salud mental se abordan con una honestidad prácticamente brutal, desde la depresión y la autoestima hasta el alzheimer, en episodios que calan hondo y estremecen.
El monólogo de veintitantos minutos que Arnett sostiene en la quinta temporada es una muestra del trabajo interpretativo colosal que sostiene la serie. “Will Arnett logra demostrar que es todo un portento”, se escribió sobre esa escena que ningún actor de acción real podría llevar con la misma intensidad. La animación, lejos de ser una limitación, abre posibilidades narrativas que el creador aprovechó a fondo para contar lo que el formato tradicional no permite.
BoJack Horseman completó seis temporadas y 77 episodios, y se despidió de Netflix el 31 de enero de 2020. Lejos de estirar la historia por inercia, el cierre respetó esa honestidad brutal que había exhibido desde el primer día. El final no ofrece respuestas fáciles, pero deja una certeza: el camino de la autodestrucción tiene consecuencias, y a veces lo único que queda es sentarse a mirar el cielo con alguien que entienda tu silencio.
