(BUENOS AIRES).- En un Estadio Azteca colmado que latió hasta el último segundo como un corazón en fuga, Inglaterra se sobrepuso a la épica mexicana, resistió más de media hora con un futbolista menos y se llevó una victoria por 3 a 2 que vale cuartos de final del Mundial 2026. El equipo de Thomas Tuchel silenció al gigante anfitrión cuando parecía destinado a caer noqueado, y demostró que la jerarquía, en la Copa del Mundo, se mide por la capacidad de sufrir sin romperse.
El partido se quebró en una ráfaga inicial que tuvo un solo dueño. Jude Bellingham, la figura más desequilibrante de la noche, escribió un párrafo fulminante en apenas dos minutos. Con un doblete quirúrgico en el primer tiempo puso el marcador 2 a 0 y redujo al gigante azteca a un murmullo incrédulo. Sin embargo, cuando la goleada sobrevolaba el césped, Julián Quiñones sacó un zarpazo antes del descanso para anotar el descuento y devolverle el pulso a un estadio que se negaba a apagar las ilusiones.
La historia dio un vuelco definitivo en el complemento con una escena de alto voltaje. Inglaterra perdió a Jarell Quansah por una dura infracción que derivó en su expulsión directa. Con diez hombres y con más de media hora por delante, el equipo europeo se replegó sobre su propia área en busca de un milagro de resistencia, y lo encontró en la experiencia de su capitán. Harry Kane tomó la pelota, ejecutó un penal con la frialdad de un francotirador y estableció el 3 a 1 que, durante unos instantes, pareció el golpe de gracia.
Pero este México de Javier Aguirre había edificado su prestigio en el honor y no en la rendición. Empujado por un aliento ensordecedor, reaccionó con el orgullo herido de quien no quiere despedirse. Raúl Jiménez también transformó un penal en gol para poner el 3 a 2 y desatar un asedio que se prolongó mucho más allá de los noventa minutos. Durante los más de diez minutos de tiempo agregado, México acorraló a su rival contra el arco de Jordan Pickford, en un acto de fe que rozó la hazaña y convirtió cada despeje en una proeza.
Frente a ese vendaval de centros y rebotes, Pickford levantó un muro de reflejos. El arquero inglés desactivó una a una las últimas balas mexicanas con una solidez que rozó lo inexpugnable, mientras su defensa achicaba espacios con el oficio de quien sabe que una mínima grieta podía significar el abismo. En esa trinchera desordenada, Inglaterra encontró la entereza de los equipos grandes: jugó mal con diez, pero defendió como un campeón.
Para México, la eliminación deja una herida que mezcla el orgullo con la frustración. El seleccionado llegaba invicto a la instancia de octavos, con la ilusión de torcer la historia como anfitrión y romper por fin ese techo que lo apresa cada cuatro años. Se va sin la gloria, pero con la sensación de haber entregado una de sus mejores actuaciones en una serie de eliminación directa. Se va con el estadio de pie y con los ojos de sus hinchas brillando entre la bronca y el aplauso.
El destino le reserva ahora a Inglaterra un duelo de alto riesgo contra la sorprendente Noruega, el equipo que dejó a Brasil en el camino. Superado el infierno del Azteca, el equipo de Tuchel avanza con la confianza de quien sobrevive a la adversidad más hostil. En una Copa del Mundo que no perdona los desmayos, los ingleses exhibieron una virtud vital para soñar en grande: saber bailar al borde del precipicio sin marearse.
