(BUENOS AIRES).- «Tuve un marido que nunca me ayudó en nada.» La frase, dicha con naturalidad por Maru Botana en el podcast «Más minas que mamás», puso sobre la mesa las tensiones de un matrimonio que ya acumula 29 años. Junto a Bernardo Solá crió a ocho hijos —uno de ellos fallecido a los seis meses— y, según admitió la cocinera, la crianza siempre recayó sobre ella.
Maru Botana contó que el acuerdo fue explícito desde el arranque. “Él me dijo: ‘Yo voy a viajar al campo toda mi vida. Me voy los martes y vuelvo los viernes’”, recordó, y la reacción que tuvo en ese momento fue un “Uy, qué garrón este pibe”. Aun así, aceptó la dinámica sin reproches: el ingeniero agrónomo se ausenta casi toda la semana y ella se hizo cargo de la casa y los chicos.
Con siete hijos vivos y una rutina que nunca se detuvo, Maru Botana recurrió a ayuda externa para mantener la organización del hogar. “No es fácil, porque las crisis las tenés siempre”, dijo sin endulzar el balance, en una de las confesiones más directas sobre los roces que atravesaron las casi tres décadas de convivencia.
La distancia que imponía el campo, sin embargo, tuvo un efecto paradójico. “Ayudó mucho el campo”, aseguró Maru Botana, al explicar que la misma ausencia que la dejaba sola con los niños le daba aire a la pareja. Esa separación semanal, lejos de quebrarlos, amortiguó los conflictos y les permitió sostener el vínculo.
Cuando la charla se desvió hacia la intimidad, Maru Botana no se guardó nada. “Full, full. Fogonazo. Hubo momentos que cuando podía, donde podía. Lo he hecho en cualquier lado”, disparó, y completó entre risas: “Me río sola de pensar todo lo que hice. Y sigo siendo, porque es incansable”.
La entrevista, conducida por Juana Repetto y Vicky Gils, dejó en evidencia un esquema que para muchos resultaría desbalanceado pero que la chef describe como funcional. Maru Botana no habló de resentimiento ni de deudas pendientes, sino de una convivencia construida sobre reglas claras que se hablaron en el inicio.
Hoy, a poco de cumplir tres décadas de casados, la cocinera describe la relación como satisfactoria. No hay cuentos de hadas sino un pacto que arrancó con una advertencia de Bernardo Solá y una aceptación sin vueltas de su parte: ella en casa con los hijos, él en el campo, y un deseo que —según sus palabras— nunca se apagó.

