POLÍTICA

El precio de la verdad: los 18 años de El Intransigente

 

Federico Mena Saravia repasa dos décadas de lucha contra la verdad administrada y la Justicia funcional.

 
Aniversario el Intransigente
Aniversario el Intransigente

(BUENOS AIRES).- ElIntransigente cumple 18 años. Hay una mercancía más valiosa que el oro, el petróleo o los diamantes. No cotiza en ninguna bolsa y, sin embargo, ha sostenido imperios durante siglos: el silencio. Comprar voluntades siempre fue un negocio incierto; las voluntades discuten, dudan y, a veces, traicionan. El silencio, en cambio, obedece. No hace preguntas. No contradice. Simplemente deja de contar aquello que alguien preferiría mantener oculto. Quienes ejercen el poder conocen muy bien ese mercado y saben que una sociedad desinformada siempre será más fácil de gobernar que una sociedad libre.

Hace siglos, en Venecia, los maestros artesanos descubrieron que un espejo perfecto podía resultar mucho más peligroso que una espada. La espada podía matar a un hombre; el espejo tenía la capacidad de desnudarlo frente a todos. Desde entonces comprendí que el periodismo se parece mucho más a un espejo que a un arma. No hiere por la fuerza que ejerce, sino por aquello que refleja. Y hay muy pocos poderosos dispuestos a contemplar su propia imagen cuando saben que el reflejo no admite maquillaje.

Los cumpleaños tienen mala fama. Nos obligan a fingir alegría, a decir que todo valió la pena y a convencernos de que el tiempo siempre juega de nuestro lado. No estoy tan seguro. Hay aniversarios que no sirven para brindar. Sirven para hacer memoria. Este es uno de ellos.

Hace dieciocho años volvimos a publicar ElIntransigente. No volví porque creyera que el mundo necesitaba otro diario. El mundo nunca necesita otro diario. Lo que siempre necesita es menos cobardía. Pensé, quizá con una dosis de ingenuidad que todavía conservo, que todavía era posible hacer periodismo sin pedir permiso. Dieciocho años después sigo creyendo lo mismo. Ya no por ingenuidad. Sino por terquedad.

Cuando ElIntransigente volvió a publicarse el 1 de agosto de 2008, no imaginábamos que dieciocho años después seguiríamos enfrentando exactamente el mismo dilema: aceptar un espejo empañado o mostrar una imagen nítida, aun cuando resultara incómoda. Elegimos lo segundo. No porque fuera el camino más fácil, sino porque era el único compatible con nuestra manera de entender el periodismo.

Muchos creen que nuestro lema, “La verdad debe contarse entera… siempre”, es apenas una frase institucional. Nunca lo fue. Es una obligación. Porque la verdad completa casi nunca favorece al poderoso. Siempre deja a alguien incómodo. Siempre altera un equilibrio construido sobre silencios, intereses o conveniencias. Nosotros creemos que la verdad debe contarse entera… siempre, aun cuando el costo de hacerlo sea enfrentarse a quienes preferirían administrar la información antes que permitir que circule libremente.

Con el tiempo descubrí que el enemigo del periodismo no es la mentira. La mentira suele ser torpe y termina dejando huellas. Lo realmente peligroso es la verdad administrada. Esa verdad que se corta en pedazos, que se acomoda según las necesidades del momento y que siempre encuentra funcionarios dispuestos a explicarnos qué parte conviene contar y cuál sería mejor olvidar. Nosotros elegimos otro camino. Nosotros creemos que la verdad debe contarse entera… siempre. Es una frase sencilla. También es una condena. Porque quien decide contar toda la verdad renuncia, muchas veces, a una vida tranquila.

El moderno sistema de apriete a la prensa independiente

El año pasado confirmé algo que venía sospechando desde hacía tiempo. Descubrí que hoy ya no hace falta cerrar un diario para intentar debilitarlo. Basta con sembrar una duda. La Justicia adicta al poder de turno es una de las peores tragedias de este país: obsecuente, colaboracionista y funcional a los intereses políticos. Una imputación inventada que, apenas cinco meses después, terminó con un sobreseimiento en mi contra fue suficiente para que una maquinaria de medios pautados por el Gobierno de Salta reprodujera esa acusación e intentara minar mi credibilidad. Después llegan los titulares, las reproducciones automáticas y los medios que convierten una acusación en una condena anticipada, sin esperar el desenlace judicial. El sobreseimiento aparece cuando la atención pública ya se desplazó hacia otro lugar. La sospecha hizo su trabajo y la verdad dejó de ser noticia.

Aprendí entonces que el verdadero castigo no siempre es una condena. Muchas veces alcanza con instalar una sospecha. Esa es, a mi juicio, una de las formas más modernas y mafiosas de intentar disciplinar a la prensa independiente. Porque el poder rara vez necesita destruir un espejo. Le basta con convencer a la sociedad de que deje de creer en él. El descrédito suele ser mucho más eficaz que la censura y bastante menos escandaloso.

No escribo estas líneas para pedir solidaridad. Los periodistas no deberíamos pedirla. Escribo porque esa experiencia terminó confirmando aquello que habíamos escrito dieciocho años atrás en nuestro Código de Ética: habría momentos difíciles. Y los hubo. No por un error periodístico. No por haber inventado una noticia. Sino, precisamente, por hacer aquello que un diario está obligado a hacer cuando quiere respetarse a sí mismo: investigar, publicar y aceptar las consecuencias, sin ser jamás funcional al poder de turno.

En estos años aprendí también a desconfiar de los aplausos. Cuando un medio nunca molesta a nadie, quizá deba preguntarse si todavía está haciendo periodismo. La comodidad suele ser una magnífica noticia para el poder y una pésima noticia para los lectores. Yo prefiero un diario que incomode antes que un diario que adule. Los gobiernos cambian. La pauta cambia. Las amistades cambian. La credibilidad, cuando se pierde, rara vez regresa.

En estos dieciocho años ElIntransigente atravesó momentos difíciles y también alcanzó logros impensados. Hoy reúne 30 millones de lectores únicos absolutos por mes, más de 1.900.000 seguidores en Facebook, donde hemos publicado más de 800.000 contenidos, además de 100.000 seguidores en Instagram y 72.900 en X. Esas cifras son importantes, pero nunca fueron nuestro objetivo. Lo verdaderamente importante es que millones de personas todavía crean que vale la pena leer un diario que no negocia con la información.

Los gobiernos pasarán. Los funcionarios cambiarán. También cambiarán las tecnologías, las plataformas y la forma de consumir noticias. Lo único que un medio no puede permitirse perder es su credibilidad. Porque un diario deja de existir mucho antes de cerrar sus puertas: desaparece el día en que sus lectores dejan de creerle.

No sé cuánto tiempo más dirigiré este diario. Tampoco sé cómo será el periodismo cuando volvamos a encontrarnos en otro aniversario. Lo único que sé es que hay una convicción que nunca estuvo en venta. No la vendimos cuando éramos un diario pequeño. No la venderemos ahora que somos un diario mucho más grande. Porque, al final, un medio de comunicación no es la suma de sus lectores, de sus clics o de sus seguidores. Es la suma de las verdades que se animó a publicar cuando hubiera sido más fácil callarlas.

Después de dieciocho años sigo convencido de que elegimos el camino correcto. Nunca administraremos silencios. Nunca aceptaremos espejos empañados. Nuestro compromiso sigue siendo el mismo que asumimos el primer día.

Nosotros creemos que la verdad debe contarse entera… siempre.

Por Federico Mena Saravia

Director Editorial de ElIntransigente

Código de Ética de El Intransigente

Publicado el 1 de agosto de 2008

“El Intransigente” tiene la actitud firme y rigurosa de quienes no están dispuestos a hacer ningún tipo de concesiones o compromisos con la información. Convencido que ella no es negociable, defenderemos con rigor la dignidad integral de lo que no tiene precio.

En un mundo globalizado inundado de “transacciones” en el que se difunde la apología de la “flexibilidad”, entendemos que el Diario “El Intransigente” tendrá momentos difíciles, no obstante ello, nuestra editorial no claudicará en mantener y transmitir toda la información en su estado puro.