(BUENOS AIRES).- “Venís a Boca, síííí…”, le espetó una señora a Guillermo Barros Schelotto cuando aterrizó en Ezeiza aquel sábado 13 de febrero de 2016. Casi una década después de aquella postal que anticipó su llegada al banco xeneize, el Mellizo y Rodolfo Arruabarrena se verán las caras por primera vez como entrenadores en veredas opuestas este sábado, en el Boca-Vélez que se jugará en el estadio de Huracán.
Aquel regreso al país de Schelotto fue un cimbronazo. Él mismo explicó los motivos de su vuelta intempestiva desde Italia, apenas tres días después de que el ciclo de Rodolfo Arruabarrena en Boca implosionara por un 0-4 ante San Lorenzo por la Supercopa Argentina: “Rescindí el contrato porque en Palermo no podía dirigir y vuelvo a mi país, nada más. Era un sueño dirigir en Italia, pero la UEFA no me respetó el título”. El Vasco, sin embargo, dirigiría cinco partidos más hasta que una derrota como local ante Racing selló su suerte y le abrió la puerta definitiva al Mellizo.
La historia en común entre ambos tiene raíces profundas. Tienen una edad parecida —Schelotto es apenas dos años mayor— y fueron compañeros en Boca entre 1997 y 2000, durante la primera etapa gloriosa del ciclo de Carlos Bianchi. Jugaron 97 partidos juntos, con 57 triunfos y apenas 12 derrotas, y levantaron tres vueltas olímpicas: el Clausura 98, el Clausura 99 y la Copa Libertadores 2000. Esa sociedad que brilló en la cancha derivó en una sucesión incómoda en el banco: Guillermo acabó reemplazando a Rodolfo Arruabarrena en 2016, cuando asumió junto a su hermano Gustavo apenas tres días después del despido del Vasco y debutó de apuro con un 0-0 ante Racing por la Copa Libertadores.
Antes de aquel relevo, ya se habían cruzado como técnicos. En 2015, el Boca de Rodolfo Arruabarrena eliminó al Lanús de Schelotto por la Copa Argentina en San Juan. Ahora el duelo tiene otro condimento, y el Vasco lo entiende con la naturalidad de los viejos conocidos. Luego del triunfo ante Estudiantes, el DT de Boca soltó una frase que encierra respeto: “Ahora hay que ponerse a laburar porque enfrentamos a gente conocida, que sabemos cómo trabaja”. Schelotto, que suspendió su conferencia en Vélez por el fuerte temporal que impidió la concurrencia de muchos medios, seguramente guarda un concepto similar.
Mauricio Macri ya lo había señalado como el más apto de la dinastía Bianchi para ser entrenador, y en 2007 el entonces presidente Pedro Pompilio quiso traerlo para reemplazar a Miguel Ángel Russo tras la final perdida del Mundial de Clubes ante el Milan. Aquel intento se frustró por la intervención de Juan Román Riquelme, quien le bajó el pulgar a la idea: “Para eso dejalo a Miguel”, le dijo. Finalmente, el sucesor terminó siendo Carlos Ischia, otro histórico ayudante del Virrey.
El camino de Daniel Angelici también alimentó aquella danza de nombres. El entonces presidente de Boca tenía toda la intención de contratar a Jorge Sampaoli, que un mes antes se había desvinculado de la Selección de Chile tras ganar la Copa América 2015. Sin embargo, el DT desistió porque no quería asumir en medio de un ciclo empezado, y los hermanos Barros Schelotto terminaron ocupando el banco que dejaba Arruabarrena.
El fútbol los pone frente a frente este sábado en el Tomás Adolfo Ducó, en un cruce con olor a gloria compartida y un banco de por medio que alguna vez los tuvo del mismo lado y después, sucesivamente, en el mismo lugar pero con finales distintos.
