(BUENOS AIRES).- Al recorrer los sets de filmación en octubre, el mundo de la temporada 2 de Blood of My Blood se sintió notablemente más expansivo que el de la primera entrega. La narrativa se percibe más ambiciosa y la producción parece estar a la altura, según se desprende de la visita que permitió ver de cerca el rodaje del spin-off de la saga creada por Diana Gabaldon.
El crecimiento se traduce en sets más grandes y en un despliegue de recursos que multiplica el espacio escénico respecto de lo que mostró la temporada inicial. Las estructuras amplían las posibilidades de puesta en escena y permiten coreografías de cámara más complejas, con un universo visual que apuesta por el detalle cinematográfico.
El vestuario acompaña el mismo impulso. Los trajes son cada vez más elaborados, con texturas, bordados y accesorios que reflejan un trabajo de diseño acumulativo. La ropa deja de ser un simple atuendo de época para transformarse en una herramienta narrativa que refuerza la identidad de cada personaje.
El guión también da un paso al frente. Las historias de Blood of My Blood se cuentan con mayor vuelo y una estructura que no rehúye los riesgos. La impresión que dejó el set visitado es la de una serie que se anima a profundizar en los conflictos que presentó el primer ciclo y a llevarlos hacia terrenos menos previsibles.
Esa seguridad se traduce en una producción que parece haber encontrado su tono justo. Hay una coincidencia entre lo que se quiere contar y cómo se lo muestra, sin los titubeos que a veces acompañan los estrenos. Se trata de una serie que parece entender su propia identidad.
Con la temporada 2 en marcha, Blood of My Blood se encamina a confirmar que el universo de Outlander tiene cuerda para rato. La puesta a punto que reveló el recorrido por los estudios anticipa una vuelta que apostará a la escala y a la madurez narrativa.
