(BUENOS AIRES).- “De afuera hacia dentro y viceversa”, explica la interiorista Daniela Galitó sobre el concepto que guió el refugio que Juliana Awada mostró en Villa La Angostura, a orillas del lago Nahuel Huapi. La empresaria abrió las puertas de su casa soñada, un proyecto donde la naturaleza mandó desde el primer ladrillo.
Awada puso una condición innegociable al encargado del diseño: no talar ningún árbol del terreno. “La primera condición que Awada le puso al encargado del diseño fue no desprenderse de ningún árbol del terreno”, se explicó en la descripción del proyecto. La construcción, además, debió superar un estudio de impacto ambiental que exige la fuerte protección del bosque nativo en la provincia de Río Negro.

El resultado es una casa de alma nórdica con fachada revestida en paneles de fibrocemento negro, pensada para mimetizarse con el paisaje. Los techos recolectan agua de lluvia que después se reutiliza para el riego. No hay fronteras entre el exterior y el interior, un diálogo constante que Galitó resume en su frase.
Para este proyecto, Juliana Awada convocó a la propia Galitó y a las paisajistas Martina Barzi y Josefina Casares, discípulas del diseñador de jardines John Brookes. Las tres trabajaron con la premisa de integrar la construcción al bosque sin forzar límites.

En el interior domina la sencillez: paredes revestidas en madera de roble de Eslavonia y objetos artesanales del norte argentino, como lámparas de barro y tejidos hechos a mano. No hay cuadros ni adornos recargados. Awada apostó por una estética despojada donde cada elemento tiene un porqué.
Uno de los rincones favoritos de Juliana Awada es la huerta y el invernadero, que ella misma cuida durante todo el año. La empresaria pasa horas entre las plantas, un ritual que mantiene incluso en los meses más fríos de la Patagonia.

La decoración suma alfombras de pura lana y piezas de madera quemada que funcionan como mesas, consolas y soportes para apliques de luz con pantalla de cuero pergamino. Alrededor de la chimenea y de esas mesas de madera quemada, la familia disfruta las noches de verano.
Las imágenes del refugio, capturadas por Luis Ridao, muestran cómo la arquitectura se funde con el bosque patagónico. La fachada negra se integra al paisaje sin estridencias, mientras el lago Nahuel Huapi asoma entre los árboles que Awada se negó a sacrificar.

