(Por Carolina Mena Saravia para El Intransigente).- En las últimas décadas, el turismo de lujo estuvo estrechamente vinculado a hoteles cinco estrellas, restaurantes con largas listas de espera y destinos exclusivos donde lo sofisticado se cuantificaba con elementos como el mármol, la cantidad de estrellas Michelin o un servicio impoluto. Hoy el paradigma está cambiando, y ese cambio viene de la mano de un giro hacia la naturaleza, y es en este aspecto donde el campo cobra preponderancia.
Hoy, una de las tendencias que más crece entre los viajeros de alto poder adquisitivo o turismo prémium propone exactamente volver la mirada hacia la otra cara de la moneda: alejarse de las grandes ciudades para instalarse en pequeñas granjas, viñedos y establecimientos rurales donde la experiencia vale mucho más que el lujo ostentoso.
El fenómeno, conocido internacionalmente como farm stay, se consolidó en Europa, Oceanía y Norteamérica como una de las expresiones más buscadas del turismo experiencial. Y viene de la mano de algo cotidiano y sencillo, como podría ser una propuesta que invita a compartir la vida cotidiana de productores locales, vivir una cosecha, disfrutar de huertas, aprender sobre quesos artesanales, elaborar pan, cocinar con ingredientes de estación o descubrir todo lo que encierra una botella de vino.
Y un cambio así encierra algo más que una moda. Es una transformación que refleja un profundo análisis y una modificación de los valores que llevan a entender verdaderamente el lujo. Nuevas generaciones de viajeros, porque así se los llama para diferenciarlos del concepto de turista, que aprendieron a disfrutar del tiempo, la autenticidad de lo simple y el contacto con los que verdaderamente gustan del campo y lo conocen en profundidad.
Nada mejor que una buena conversación con un viticultor, que tiene sobrada experiencia para compartir y genuinas vibraciones, que pueda llegar a entender el corazón de un buen vino. Eso es verdadero lujo y así lo hacen saber la gran cantidad de viajeros que cambiaron su paradigma cultural.
Y hablamos de vino porque es la propuesta que grafica completamente un concepto sencillo, pero complejo a la vez. Muchas bodegas familiares comenzaron a ofrecer alojamiento entre los viñedos, caminatas junto a los productores, degustaciones en antiguas salas de barricas y comidas elaboradas con productos de la propia finca.

Un buen vino y un menú de estación
Las sensaciones comienzan en un concepto y terminan en el producto: un buen vino, acompañado de un menú de estación. La mano del hombre también guía de cerca este proceso, que comienza en la tierra, pero cuyo resultado final es la propuesta de un enólogo o un verdadero entendido en la materia, que gusta imaginar su producto desde un concepto embrionario.
Italia, Francia, España y Portugal fueron pioneros en este modelo, pero el fenómeno se expandió rápidamente hacia regiones vitivinícolas de Nueva Zelanda, Australia, Sudáfrica, California y América del Sur. Y fue de este modo como emprendimientos familiares encontraron en el turismo una oportunidad para diversificar sus ingresos sin perder su identidad. Apuntan a la calidad de la mano de una majestuosidad que se refleje en la magnanimidad de su esencia, lo entrañable y profundo.
Y con este patrón se refrenda la afirmación de que este tipo de viajeros apela a llegar con un profundo recuerdo antes que con una vacua foto. Y el recorrido de una bodega se completa con el intercambio de saberes y experiencias con los propietarios de las bodegas o sus enólogos.
La memoria del viaje comienza a construirse a partir de los vínculos y no solamente de los lugares. La vendimia es un acontecimiento que se repite año tras año, mientras que un recorrido por el campo con la explicación de un avezado en el tema, que explique sus saberes, dará como resultado sabores nuevos que invadirán la copa. Con seguridad, ese vino ya no sabrá igual porque la copa adquiere un carácter exclusivo, lleva estampado para siempre un recuerdo vívido; solo queda disfrutarlo.

