DEPORTES

Atlético de Madrid abucheó a Julián y Simeone quedó en el centro de la tormenta: “No estaba para dar consejos“

 

Una noche incómoda en el Metropolitano

 

(MADRID).- POR José de Álzaga.- Amigo Lector: Llegué ayer a Madrid procedente de París en uno de esos vuelos absurdamente breves que apenas permiten terminar una copa de champagne. Era un Krug Clos du Mesnil y la botella quedó casi llena en el avión. Una lástima. He abandonado mujeres con bastante menos remordimiento. Me esperaba un viejo conocido español, cuyo nombre omitiré porque todavía conserva la saludable costumbre de no aparecer en los diarios, y que tiene la fortuna —en ambos sentidos de la palabra— de poseer uno de los mejores palcos del Metropolitano. Sabía de mi preocupación por Julián Álvarez y el difícil momento que atraviesa con el Cholo Simeone, de modo que no necesitó demasiadas explicaciones. “Esta noche vienes conmigo”, ordenó. En España los amigos ricos invitan de una manera bastante parecida a como antiguamente convocaban los reyes.

Acepté la invitación. Tenía particular interés en ver a Julián Álvarez, un joven que me cae extraordinariamente bien pese a no conocerlo, circunstancia que en ocasiones ayuda mucho a conservar el afecto. Campeón del mundo, de América, de Europa y de cuanto campeonato le pusieron por delante, conserva todavía cara de chico decente. No tiene un solo tatuaje en el cuerpo, detalle que en un futbolista contemporáneo comienza a tener el valor antropológico de encontrar un jesuita en un cabaret. Tampoco usa cadenas del tamaño de una maroma ni llega a los lugares acompañado por una pequeña fuerza de ocupación. Gente bien. Mi madre lo habría aprobado inmediatamente y, créame, amigo lector, algunas de mis novias no consiguieron superar ese examen.

El recibimiento fue bastante menos distinguido. Apenas apareció Julián en las pantallas, comenzaron los silbidos. Lo abuchearon al calentar, al entrar y cada vez que tocaba la pelota. Miré a mi anfitrión esperando alguna explicación. Estaba mucho más interesado en una rubia espléndida del palco de enfrente. “¿No te indigna?”, le pregunté. “Muchísimo”, contestó sin dejar de mirarla. “El marido no se separa nunca”. Comprendí que tendría que ocuparme solo del delantero. Él tenía problemas bastante más urgentes.

Mi mirada buscó el banco de suplentes. Allí estaba Simeone, con esa expresión de viudo siciliano que cultiva desde hace años y que en Madrid confunden con carácter. Esperaba que defendiera al chico. No ocurrió. Más tarde, cuando le preguntaron cómo acompañaba a Julián, respondió que él “no estaba para dar consejos”. Admirable. Cobra una fortuna por decirle dónde pararse, cuándo correr, cuándo salir y hasta a quién perseguir, pero aconsejarlo, al parecer, sería una intromisión intolerable en su vida privada. Mi acompañante apartó por un instante la vista de la rubia. “Yo tampoco aconsejaba a mis mujeres”, dijo. “Prefería que se equivocaran solas”. Empecé a comprender sus tres divorcios.

El Cholo aclaró después que había que “proteger” a Julián y que todos estaban con él. Respiré aliviado. Por algunos minutos había temido que el entrenador del Atlético ignorara que amparar a sus jugadores formaba parte del oficio. El descubrimiento, de todos modos, llegó cuando el joven ya había sido silbado por medio estadio. Es una protección curiosa, semejante a cerrar la puerta del establo después de que escaparon los caballos.

Mientras observaba al Cholo recordé que los argentinos ya lo hemos visto ejercer el coraje en circunstancias difíciles. Fue en River, en 2008. El equipo estaba último y Simeone decidió renunciar. Siempre me fascinó la oportunidad con que ciertos caballeros descubren que ha llegado la hora de hacerse a un lado. Mi padre decía que el capitán debía ser el último en abandonar el barco. Simeone, más práctico, prefirió no aguardar a que empezara a entrar el agua. River concluyó último. Años después se fue a la B. No digo que haya sido culpa suya; tampoco quisiera arruinarle esta nota a mis abogados.

Simeone lleva años predicando en Madrid una religión de valentía, lealtad, pertenencia y familia. Siempre me han producido cierta desconfianza quienes hablan demasiado de virtudes que algún día deberán demostrar. A Julián lo humillaban delante de cuarenta mil personas y el Cholo eligió la comodidad del silencio, esa forma bastante refinada de la cobardía. No hacía falta una conferencia ni uno de sus sermones de vestuario: bastaba con ponerse delante de su jugador. No lo hizo. El coraje, querido Simeone, tiene un inconveniente: alguna vez hay que tenerlo.

Quizá por eso me irrita que hayan elegido precisamente a Julián para esta pequeña ceremonia de ingratitud. El muchacho ganó un Mundial, dos Copas América, la Finalissima, la Champions, la Premier, la Libertadores y una colección de trofeos que necesitaría un escribano para inventariar. Y, sin embargo, siguió siendo Julián. Conocí a un sujeto que ganó un torneo de golf en el country y por un año firmó las tarjetas de Navidad con “campeón 1997”. Su esposa acabó dejándolo. Nunca averigüé si por otra mujer o porque pretendía llevar la copa a la cama.

Mi anfitrión había seguido la discusión con una atención que no le conocía. “Este Simeone tiene un problema con Julián”, me dijo. Le pregunté cómo podía estar tan seguro. “Querido José, llevo tres divorcios. Sé perfectamente cuándo un hombre ya no quiere a alguien pero tampoco soporta que se vaya con otro”. Debo reconocer que era el análisis más inteligente que había escuchado aquella noche. Julián quiere marcharse, el Cholo no parece demasiado interesado en hacerlo feliz y el Atlético tampoco quiere dejarlo partir. En el amor eso suele concluir con abogados. En el fútbol, aparentemente, con una cláusula de quinientos millones.

Nunca terminé de comprender esa fascinación por la liturgia de Simeone. Lo he visto durante años golpearse el pecho, desafiar tribunas, galopar junto a la raya y pronunciar la palabra “huevos” con una frecuencia que en otros ambientes habría requerido alguna explicación médica. Uno puede construir un personaje durante décadas; el inconveniente es que acaba obligado a interpretarlo incluso cuando el libreto se vuelve incómodo. Aquella noche, mientras Julián soportaba los silbidos, al personaje le sobró escenografía y le faltó protagonista. Hasta las mejores representaciones necesitan, de vez en cuando, algo de verdad.

A Julián, si alguna vez cometiera la imprudencia de pedirme consejo, le diría algo mucho más sencillo: váyase. Hay lugares de los que conviene retirarse antes de que logren convencerlo de que el problema es uno. Me ocurrió con un club, dos sociedades y aquella odontóloga de Bella Vista; de las cuatro cosas salí tarde. Me dirán que tiene una cláusula de quinientos millones. También el Titanic era insumergible. Los contratos, como los matrimonios, suelen juzgarse eternos hasta que una de las partes decide seriamente romperlos y aparecen buenos abogados. Julián es un hombre sano, bueno y, por fortuna, todavía joven. Dios suele tener especial paciencia con esa clase de personas. Con quienes se empeñan en hacerles daño, sospecho que bastante menos.

Regresamos al Ritz pasada la medianoche. Pedí un Louis XIII, el célebre coñac de Rémy Martin, y al probarlo vino a mi memoria aquel Krug casi entero que había abandonado en el avión. Todavía me dolía. Mi compañero se rio. “José, era una botella”. Lo miré con la indulgencia que uno reserva para quienes todavía creen que el precio y el valor son la misma cosa. Hay hombres que sólo comprenden lo que tenían cuando otro empieza a disfrutarlo. Pensé en Simeone, pensé en Julián y pedí otro coñac. Algunas pérdidas se pagan con dinero. Las verdaderamente caras se pagan con arrepentimiento. Hasta la próxima, amigo lector.