SOCIEDAD

José de Álzaga: Macoco y el origen de la frase “tirar manteca al techo”

 

Una extravagancia familiar que terminó convertida en expresión popular.

 
José De Álzaga relata el origen de la frase “ turabdomsbteca al techo”
José De Álzaga relata el origen de la frase “ turabdomsbteca al techo”

(PARÍS).- Por José De Álzaga.- Amigo Lector: Escribo estas líneas desde París, ciudad que tiene la extraordinaria virtud de hacerle creer a uno que ciertas épocas no terminaron sino que simplemente se mudaron de barrio. Llueve con esa delicadeza francesa que permite caminar sin paraguas y lamentarlo veinte minutos después. He almorzado en Chez André, ese viejo bistrot de la rue Marbeuf que conserva todavía algo del París de los años treinta y donde su dueño, Gérard, viejo amigo mío, insiste en tratarme bastante mejor de lo que merezco. Nos conocimos hace muchos años, a las cuatro de la mañana, en un cabaret de Budapest; él perseguía a una bailarina húngara de piernas interminables y pésimo carácter y yo, por fortuna, ya no recuerdo qué hacía allí. Gérard se quedó finalmente con un restaurante en París. De la húngara nunca volvimos a saber nada. Siempre sospeché que fue ella quien salió mejor parada. París tiene esa peligrosa costumbre de devolvernos historias que creíamos olvidadas, cuando recordé a Macoco, un pariente mío, y el origen de aquella frase que los argentinos seguimos repitiendo un siglo después: “tirar manteca al techo”.

Existe una expresión que escuchamos desde niños y repetimos sin preguntarnos demasiado qué demonios estamos diciendo: “tirar manteca al techo”. La frase no nació de una metáfora. La manteca volaba de verdad. Para encontrarla debemos regresar al París de los años veinte, cuando los argentinos desembarcaban en Europa en condiciones bastante diferentes a las actuales. No venían contando euros, fotografiando precios ni preguntándole al camarero si el servicio estaba incluido. Llegaban con estancias detrás, apellidos interminables, baúles, automóviles y esa deliciosa irresponsabilidad que proporciona tener mucho dinero y la absoluta certeza de que mañana habrá más. En Europa llegó a circular aquella expresión hoy casi ofensiva: “rico como un argentino”. Créame, amigo lector, no todo tiempo pasado fue mejor, pero algunos tuvieron indudablemente mejores cuentas bancarias.

Entre aquellos muchachos estaba un pariente mío, Martín Máximo Pablo de Álzaga Unzué, aunque nadie que lo conociera habría cometido la solemnidad de llamarlo de semejante manera. Para nosotros, su familia, y para sus amigos era, sencillamente, Macoco. Automovilista, aventurero, millonario y seductor, perteneció a una rama particularmente entretenida de los Álzaga: aquella que comprendió que heredar una fortuna implicaba también la responsabilidad de disfrutarla. Había estudiado en Europa, corrió automóviles cuando aquello era una manera bastante eficaz de matarse con elegancia y llegó incluso a participar de las 500 Millas de Indianápolis. París, Londres, Nueva York y Montecarlo formaban parte de su geografía habitual y las mujeres, según cuentan quienes tuvieron mejor memoria que discreción, también. Debo aclarar, en defensa de mi apellido, que Macoco se tomó muy seriamente la obligación de pasarla bien.

La historia en Maxim’s

La historia que nos ocupa ocurrió en Maxim’s, uno de aquellos templos parisinos donde durante décadas resultaba casi tan importante saber quién ocupaba la mesa de al lado como aquello que uno tenía en el plato. Macoco invitaba allí a sus amigos y una noche, mientras esperaba la comida, levantó la vista. En el cielorraso había pintadas unas valquirias de generosos escotes. Mi pariente las observó, tomó un tenedor, colocó sobre él un rulo de manteca bien fría y convirtió el cubierto en una pequeña catapulta. El objetivo consistía en embocar la manteca entre los pechos de aquellas señoras pintadas en el techo. No era, convengamos, el peor destino posible para un trozo de manteca francesa.

Los amigos se entusiasmaron inmediatamente, como suelen hacerlo los buenos amigos cuando uno propone una estupidez suficientemente divertida, y comenzó el torneo. Unos competían por puntería, otros por altura y algunos apostaban a cuál de aquellos proyectiles permanecería más tiempo adherido al cielorraso. Macoco disparaba uno, después otro, y en pocos minutos el techo de uno de los restaurantes más distinguidos de París se había convertido en el campo de batalla de un grupo de jóvenes argentinos con más dinero que prudencia. No me escandaliza demasiado. La prudencia ha producido excelentes contadores, pero muy pocas historias dignas de ser contadas un siglo después.

Aquello, sin embargo, era apenas la primera parte de la diversión. Los salones estaban calientes, la calefacción hacía su trabajo y hasta las fortunas más considerables deben someterse de vez en cuando a las leyes de la física. La manteca comenzaba a derretirse, se desprendía lentamente del cielorraso y algunos trozos caían sobre las mesas o sobre algún comensal desprevenido. Otros, los más prometedores, terminaban en el piso. Allí comenzaba el verdadero espectáculo.

Los mozos atravesaban el salón impecablemente vestidos y cargando bandejas; las señoras, enjoyadas y montadas sobre tacos que seguramente habían costado una pequeña parcela de la provincia de Buenos Aires, caminaban entre las mesas; los caballeros de smoking mantenían esa expresión de gravedad que adoptan los hombres cuando han bebido más de lo que desean admitir. Bastaba entonces que alguno pisara la manteca. Un pequeño movimiento, un intento desesperado por recuperar el equilibrio y finalmente la dignidad, el smoking, los diamantes y varios siglos de buenas maneras terminaban en el suelo. Macoco y sus amigos contemplaban la escena desde la mesa tratando, supongo sin demasiado éxito, de contener la risa.

¡Adorable criatura!

Cuanto más distinguido era el restaurante, más divertida resultaba la travesura. Allí estaba precisamente su encanto. Arrojar manteca contra el techo de una taberna habría sido una vulgaridad. Hacerlo en Maxim’s requería, por lo menos, cierta vocación estética. Imagino al maître acercándose a la mesa de mi pariente con esa expresión que los franceses reservan para los extranjeros que poseen suficiente dinero como para resultar insoportables pero demasiado como para pedirles que se retiren. Macoco seguramente sonreía. Y pedía otra botella.

Al final de la noche llegaba, naturalmente, la cuenta. Había que pagar la cena, las botellas, la limpieza, los daños y probablemente alguna suma adicional destinada a devolverle el buen humor al propietario. Pero ese pequeño inconveniente jamás pareció preocupar demasiado a mi pariente. Para eso, después de todo, estaban las fortunas. Hay algo de aquella historia familiar que siempre me produjo cierta tranquilidad: Macoco tiraba la manteca, se reía y después pagaba la cuenta y los daños. No parece una virtud extraordinaria hasta que uno observa la vida pública argentina. Allí abundan desde hace décadas caballeros que organizan la fiesta, rompen la vajilla y, cuando llega el maître, señalan nuestra mesa.

La frase que quedó en Argentina

Con los años, aquella extravagancia atravesó el Atlántico y quedó incorporada al lenguaje de los argentinos. “Tirar manteca al techo” dejó de necesitar manteca, techo o tenedor y pasó a significar despilfarrar, gastar ostentosamente, darse lujos como si el dinero jamás fuese a terminarse. La frase sobrevivió porque retrataba bastante bien a una Argentina que podía permitirse semejantes excentricidades. Mientras Macoco y sus amigos ensuciaban cielorrasos parisinos, los europeos viajaban hacia Buenos Aires buscando un futuro y nosotros levantábamos teatros, palacios, ferrocarriles, escuelas y edificios públicos con la insolente convicción de que nuestros hijos serían todavía más ricos que nosotros. Éramos exagerados, ciertamente, pero teníamos con qué.

Después hicimos algo bastante más ambicioso que tirar manteca al techo: tiramos buena parte del país. Durante las décadas siguientes perfeccionamos el juego de mi pariente. Dejamos la manteca y comenzamos a arrojar monedas, reservas, empresas, instituciones, cosechas, oportunidades y generaciones enteras contra el cielorraso. Cada tanto mirábamos hacia arriba, comprobábamos que aquello continuaba pegado y suponíamos que habíamos derrotado definitivamente a la gravedad. Luego caía. Y nosotros, que jamás hemos permitido que la realidad estropee una buena teoría, comenzábamos inmediatamente a discutir quién tenía la culpa.

Unitarios, federales, conservadores, radicales, peronistas, militares, empresarios, sindicalistas, neoliberales, progresistas, mercados, imperios y, cuando el elenco nacional quedaba agotado, el Fondo Monetario Internacional. Cada generación argentina ha encontrado a alguien magníficamente adecuado para pagar los pecados de la anterior. Mi pariente, en ese aspecto, era bastante menos sofisticado. Macoco hacía el desastre y Macoco pagaba. Quizá por eso fue recordado como playboy y no como ministro de Economía.

Me gusta esta historia porque pertenece a mi familia y porque contiene, sin proponérselo, una pequeña parábola argentina. Macoco terminó perdiendo buena parte de aquella fortuna formidable, pero conservó hasta el final algo bastante más raro que el dinero: la capacidad de reírse de sí mismo. El hombre desapareció y la fortuna también. La frase, en cambio, sobrevivió a ambos. Los apellidos suelen resistir bastante, las fortunas algo menos y las buenas anécdotas, gracias a Dios, casi todo.

He caminado esta tarde por París pensando en mi pariente, en aquellos tenedores convertidos en catapultas, en las valquirias de Maxim’s, en las señoras tratando de recuperar la vertical y en esa Argentina extravagante que podía permitirse enviar jóvenes ricos a Europa para que hicieran estupideces por el mundo. Sentí cierta envidia, debo confesarlo. No por la manteca. Tampoco por las valquirias —aunque no deseo ser hipócrita—. Ni siquiera por la fortuna. Envidié aquella maravillosa certeza con la que vivían: mañana habrá más.

Regreso ahora al hotel. Gérard, seguramente movido por la amistad o por algún remordimiento de Budapest que prefiero no investigar, tuvo la gentileza de enviarme una botella de Château Margaux. Procuraré hacer con ella algo que Macoco habría considerado decepcionantemente convencional: beberla. La manteca permanecerá prudentemente sobre la mesa. Después de todo, los Álzaga ya hicimos bastante con ella.

Decía Oscar Wilde que “la experiencia es el nombre que damos a nuestros errores”. Mi pariente, que cometió muchos y casi todos deliciosos, seguramente habría estado de acuerdo.

Yo agregaré solamente una pequeña recomendación, amigo lector: si alguna vez decide tirar manteca al techo, hágalo en un buen restaurante. Y, sobre todo, tenga la elegancia de pagar la cuenta.

Hasta la próxima.-

José de Álzaga