(BUENOS AIRES).- Por José de Álzaga.- Amigo Lector: escribo desde mi residencia de Lomas de San Isidro, hundido en una vieja poltrona de cuero inglés que ha sobrevivido, con bastante más dignidad que algunos de sus propietarios, a mudanzas, gobiernos, matrimonios y alguna visita que hubiera sido preferible no recibir. Afuera, una neblina tenue comienza a cubrir las caballerizas. Fue entonces cuando recibí la noticia de que había muerto, en Sudáfrica, un rey sin corona. Se llamaba Enos Mafokate y los suyos lo habían bautizado Kgosi ya Dipere: el Rey de los Caballos.
Confieso que el nombre me llevó inmediatamente a Johannesburgo. Estuve allí cuando todavía existían lugares donde el color de la piel determinaba por qué puerta debía entrar un hombre. Era joven, llevaba un blazer de Huntsman que entonces podía abrochar sin contener la respiración y viajaba acompañado por una bellísima sudafricana de ascendencia bóer. La llamaré Astrid, porque los caballeros debemos proteger, incluso medio siglo después, a las mujeres que tuvieron la imprudencia de conocernos demasiado.
Astrid era rubia de una manera casi ofensiva y me enseñó dos cosas importantes: que los atardeceres africanos podían ser obscenamente hermosos y que ninguna legislación consigue impedir para siempre que alguien atraviese una puerta prohibida. Mafokate sabía bastante de esas puertas. Había nacido en Alexandra, cerca de Johannesburgo, en 1944. Era un hombre de color en la Sudáfrica del apartheid y llegó a los caballos por el único sitio que aquella sociedad le permitía: desde abajo.
Podía limpiar el box, alimentar al animal, ensillarlo y cepillarlo. Lo que no debía hacer era montarlo y pretender competir con un blanco. La estupidez humana posee infinitas variedades, pero pocas resultan tan fascinantes como aquella que pretende explicarle a un caballo quién merece llevar las riendas. El animal, felizmente, nunca aprendió a distinguir entre pigmentaciones, apellidos, títulos nobiliarios ni cuentas bancarias.
Enos comenzó como groom —para los no iniciados en cuestiones ecuestres, el hombre encargado del cuidado cotidiano del caballo—. Oficio humilde sólo para quien jamás tuvo un caballo. En una buena caballeriza, un gran groom suele valer bastante más que varios propietarios juntos. Y casi siempre sabe infinitamente más de caballos.
Enos Mafokate ganó una competencia en 1963 y después pasó años enfrentando obstáculos que no estaban construidos con madera sino con leyes. Cuando finalmente pudo competir en serio hizo aquello que hacen los hombres que han esperado demasiado: no desperdició la oportunidad. Llegó a convertirse en el primer jinete de color admitido en la Transvaal Horse Society. Comenzaba así un viaje bastante más largo de lo que habían imaginado quienes alguna vez le indicaron cuál debía ser su lugar.
El día en que Wembley se puso de pie
En 1980 llegó a Inglaterra. El gran David Broome había descubierto aquello que los burócratas sudafricanos parecían incapaces de comprender: el hombre sabía montar. Mafokate participó en el Royal International Horse Show de Wembley y terminó quinto entre treinta y un jinetes. Fue el primer sudafricano de color que compitió internacionalmente en salto. Imagino aquella pista, los sombreros y las señoras inglesas que todavía sabían distinguir un hunter de un hack.
Y entonces Enos entró montado. Según recordaría después, aquella multitud terminó ovacionándolo. Me gusta imaginar ese instante: un hombre al que durante años habían permitido limpiar un caballo pero no competir sobre él, recibiendo el aplauso de Wembley. Hay venganzas que necesitan abogados, tribunales y sentencias. Las verdaderamente exquisitas apenas requieren miles de ingleses puestos de pie.
Años después conoció a Isabel II y también a la princesa Ana. La historia con esta última posee esa geometría secreta que utiliza el destino cuando decide humillar elegantemente a los imbéciles. En tiempos del apartheid, Mafokate ni siquiera podía aproximarse a ciertos personajes debido a las restricciones raciales. En 2012 fue la propia princesa Ana —amazona olímpica e hija de una reina— quien viajó hasta Soweto para visitarlo en su centro ecuestre.
La princesa había terminado llamando a la puerta del antiguo mozo de cuadra. Recuerdo haber visto a Ana montar muchos años atrás y siempre pensé que era una mujer bastante más atractiva sobre un caballo que en las fotografías oficiales. No es una descortesía; en determinadas mujeres constituye un elogio formidable. Mujeres y caballos comparten además algo que descubrí demasiado tarde: ninguno tolera durante demasiado tiempo unas manos inseguras.
Astrid me lo había advertido una madrugada en una finca del Transvaal. Naturalmente no le hice caso. A los veintitantos años uno escucha a las mujeres únicamente cuando ya se han marchado. Mafokate, en cambio, aprendió bastante antes que yo la saludable costumbre de escuchar. Cuando podría haberse dedicado a exhibir medallas, fotografías con reinas y recuerdos de Wembley, regresó a Soweto y creó un centro ecuestre. Allí enseñó a montar a chicos que jamás habrían imaginado tocar un caballo, trabajó con niños con capacidades diferentes y se ocupó del bienestar de los animales. No derribó la puerta detrás de él: la dejó abierta. Tal vez ésa sea la diferencia entre ascender y trascender. Lo primero puede hacerlo cualquier ambicioso; para lo segundo hace falta nobleza.
Ya pasa la medianoche en Lomas de San Isidro. Abandono finalmente la poltrona y atravieso la biblioteca hacia la galería. En uno de mis armarios conservo algunas botellas cuya apertura exige una justificación moral y, preferentemente, ausencia de invitados. Esta noche ordené destapar un The Macallan 30 Years Sherry Oak. Lo beberé sin hielo, naturalmente: hay límites que ni siquiera la decadencia argentina debería permitirse atravesar.
La neblina ha cubierto buena parte del parque y apenas distingo las caballerizas. Pienso en aquel muchacho de color al que un país permitió limpiar caballos pero intentó impedirle montarlos; en Wembley poniéndose de pie; en una reina estrechándole la mano y en la princesa Ana viajando hasta Soweto. Pienso también en los cientos de chicos a quienes Enos ayudó después a subirse a una montura. No sé si existe el cielo de los hombres. Estoy seguro de que debe existir uno para los buenos caballos.
Sirvo el whisky y recuerdo algo que Astrid me dijo aquella última mañana africana: la verdadera clase se reconoce cuando nadie necesita explicarla. Medio siglo después comprendo qué quiso decir. Enos Mafokate nació en un país empeñado en enseñarle cuál era su lugar. Murió después de demostrar que el lugar de un hombre no lo determina el color de su piel, sino la altura a la que consigue saltar cuando alguien tiene la insolencia de ponerle una valla delante.
Bebo el primer sorbo. Treinta años de whisky han esperado bastante más pacientemente que yo dentro de una barrica. Afuera, desde algún lugar de la neblina, uno de mis caballos relincha en la oscuridad. No sé si habrá escuchado la noticia. Prefiero creer que sí.
Buenas noches, Rey
Hasta la próxima.
José De Álzaga
Josedealzaga@Elintransigente.com
* Nació el 25 de mayo de 1955. Egresó con el Título de Licenciado en Historia de la Universidad de El Salvador. Cursó luego la Licenciatura en Filosofía en la Universidad de Navarra, España. Ejerció la docencia en prestigiosos Colegios de la Ciudad de Buenos Aires. Posee títulos de posgrado otorgados por la Universidad de Boston. Actualmente está dedicado a la investigación del impacto social de las ideas posmodernas en la Cultura Occidental.
