(BUENOS AIRES).- “La vida no siempre regala. Los demás tenemos que luchar con uñas y dientes y demostrar la fuerza interior que tenemos en cada acto… Moraleja: nunca bajar los brazos”, escribió Miriam Bianchi (Gilda) en su diario íntimo en 1994. Gilda murió el 7 de septiembre de 1996, a los 34 años, en un accidente de tránsito en la Ruta 12. Tres décadas después, su recorrido va desde una maestra jardinera que llegó a la música por un aviso clasificado hasta un mito popular y una santa pagana.
El accidente ocurrió al atardecer, en medio de una lluvia intensa, en el kilómetro 129 de la Ruta Nacional 12, en Entre Ríos. El micro que trasladaba a la banda hacia Chajarí avanzaba por la ruta cuando un camión intentó una maniobra en una curva y se produjo el impacto. La tragedia dejó siete personas fallecidas, entre ellas Miriam Alejandra Bianchi.

Miriam Bianchi era maestra jardinera en Villa Devoto y atravesaba una crisis matrimonial cuando buscaba cumplir un sueño postergado. La oportunidad apareció durante la crisis económica del país, a través de un aviso clasificado publicado en el diario Clarín para encontrar una voz femenina para un grupo musical. El músico Toti Giménez se cruzó entonces en su camino y se convirtió en su aliado, socio y compañero. El camino inicial estuvo marcado por el rechazo y las dificultades de una industria que no estaba acostumbrada a una figura como ella. Gilda y Toti Giménez debieron enfrentar contratos abusivos y ganarse un lugar en un ambiente que imponía sus propias reglas. La cantante también criaba a sus hijos mientras viajaba de presentación en presentación, una experiencia que quedó reflejada en las palabras que escribió en su diario íntimo.
La cumbia de comienzos de los años noventa era un ambiente predominantemente masculino y atravesado por la hipersexualización de las mujeres. Gilda desafió ese modelo con una propuesta sensual, pero sin quedar reducida a la cosificación, y con una voz melodiosa. Sus letras les hablaban de igual a igual a las mujeres de barrio y construyeron una identidad distinta dentro de la música tropical.
La muerte encontró a Gilda cerca del éxito, aunque todavía esperaba alcanzar la masividad. La cantante preguntaba con frecuencia cuándo se volvería popular y su entorno le respondía: “Cuando canten tus canciones en la cancha”. Con el tiempo, esa frase se volvió una realidad: sus temas fueron adaptados por las hinchadas y se transformaron en himnos populares en todo el país.
El micro destruido a la vera de la ruta se convirtió en un santuario cubierto de flores, muletas, cartas de agradecimiento y oraciones. Gilda pasó de ser una cantante prometedora de la movida tropical a convertirse en una figura de devoción para millones de personas. Sus seguidores le rezan, le piden milagros y le rinden tributo, una dimensión que excedió el alcance habitual de una carrera musical.
Las canciones de Gilda sostuvieron ese legado durante las tres décadas posteriores a su muerte. Su obra sumó películas, libros, discos póstumos y cientos de millones de reproducciones en plataformas digitales, con clásicos como No me arrepiento de este amor, Fuiste, Se me ha perdido un corazón y Corazón Valiente. A 30 años del accidente, Miriam Bianchi sigue presente como Gilda: una cantante que desafió los límites de la cumbia y convirtió su repertorio en parte de la memoria popular argentina.
