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ESPECTÁCULO

De qué murió Ernestina Pais

 

La conductora murió en un accidente ferroviario en San Isidro. Antes había revelado su lucha contra el alcoholismo y la internación que atravesó en 2024.

 
Ernestina pais
Ernestina pais

(BUENOS AIRES).- “Llegó a consumir ‘llorando’, porque ya no se trataba de una elección, sino de una dependencia que necesitaba atención médica”. La frase, desgarradora en su crudeza, pertenece a Ernestina Pais y fue una de las confesiones públicas con las que la conductora intentó derribar los prejuicios que todavía rodean a las adicciones. Su muerte ayer 26 de junio de 2026, como consecuencia de un accidente ferroviario ocurrido en San Isidro, conmocionó al mundo del espectáculo y puso en primer plano una lucha personal que ella misma se había encargado de transformar en un mensaje de concientización.

La Justicia investiga las circunstancias del siniestro para determinar cómo se produjo un hecho que terminó de manera trágica. Mientras los peritos reconstruyen los instantes previos al impacto, colegas, amigos y una audiencia que la siguió durante más de tres décadas intentan asimilar una ausencia tan repentina como definitiva. No hubo tiempo para despedidas ni partes médicos que anticiparan el desenlace; la noticia atravesó la tarde con la velocidad de un rumor que pronto se volvió luto colectivo en las redacciones y los estudios de radio y televisión.

Pero la conmoción por el accidente no tardó en entrelazarse con la memoria de un capítulo que Ernestina Pais había elegido narrar sin eufemismos. Durante los últimos años, la conductora expuso con una honestidad poco frecuente en el medio el calvario que significó su adicción al alcohol, un problema de salud que se agravó de manera silenciosa durante la pandemia. En ese encierro obligado, según contó en distintas entrevistas, el consumo dejó de ser un refugio ocasional para convertirse en una rutina de la que no podía escapar sin ayuda profesional.

Esa ayuda llegó de la mano de su familia, que en 2024 tomó una decisión drástica e inevitable: impulsar su internación en una clínica especializada, donde permaneció alrededor de seis meses y medio. El proceso fue extenso y doloroso, pero con el tiempo ella misma reconoció que aquella determinación había sido el punto de inflexión que necesitaba para empezar a recuperar el control de su vida. Lejos de ocultar el tratamiento, lo asumió como un hecho que no debía avergonzarla y que, por el contrario, merecía ser contado para desarticular las miradas moralizantes que suelen caer sobre quienes padecen una dependencia.

Tras recibir el alta, esa experiencia íntima dejó de ser solo un capítulo de su historia privada para transformarse en una causa personal. Ernestina Pais se convirtió en una voz incómoda y necesaria dentro de una industria que durante años miró para otro lado o trató el tema con una liviandad cómplice. Sostuvo, con argumentos que revelaban tanto el conocimiento de quien transitó el problema como la lucidez de quien logra tomar distancia, que las adicciones debían dejar de ser vistas como una falta de voluntad y empezar a ser abordadas como un problema de salud mental. La distinción no era semántica: implicaba correr el eje de la culpa individual para exigir un sistema de contención que, en la Argentina de los recortes y las urgencias, llega siempre a destiempo.

Por eso, además de ser recordada por sus trabajos en la televisión y la radio, la conductora deja planteada una discusión que trasciende cualquier homenaje formal.

Su trayectoria pública no estuvo exenta de los vaivenes propios del medio, pero en su última etapa había conseguido algo que pocas figuras logran: darle un sentido colectivo a un sufrimiento que durante años transitó en soledad.

El mismo reclamo que hizo en sus entrevistas —más acceso a tratamientos y políticas públicas que acompañen a quienes atraviesan este tipo de enfermedades— queda ahora flotando como una asignatura pendiente para una sociedad que llora su muerte repentina pero que todavía no termina de escuchar del todo a sus vivos.